domingo, 7 de junio de 2015

Feliz Día del Periodista

Texto: Silvina Quintans

Margaret Bourke-White sobre el Crysler Building
Hace ya 21 años, cuando recién empezaba a estudiar la carrera de periodismo en TEA, una profesora nos pidió que escribiéramos sobre nuestro primer Día del Periodista.  A mí me pareció rara la consigna: el periodismo es un oficio y nosotros –los estudiantes- apenas habíamos hecho un par de ejercicios de taller  y de gramática.

La verdad es que no recuerdo qué fue lo que respondí en aquel  momento. El camino y las motivaciones de cada uno son muy personales y a veces no pasan simplemente por el ánimo de comunicar o por el rimbombante objetivo de encontrar la verdad.

La curiosidad es el móvil del periodismo. Hay una frase algo despectiva, pero que a mí me viene seguido a la cabeza: “el periodismo es un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad”.  Los periodistas nos largamos a veces a explorar como podemos ese océano interminable que puede estar muy lejos, o en aquello que vemos todos los días.

El periodismo está ahora en una etapa fascinante. Las nuevas tecnologías permiten un ida y vuelta que antes no existía.  Los blogs, las redes sociales, internet permiten producir y encontrar información al instante sobre cualquier tema. Hay una democratización de la información, de los que la producen y los que la reciben. Tal vez en el futuro el lugar del periodista lo ocupe cada ciudadano que tenga algo para decir.

Mientras tanto, a mí me gusta volver una y otra vez sobre un librito muy chico que tiene un nombre más que elocuente: “Los cínicos no sirven para este oficio”,  del  cronista polaco Ryzsard Kapuscinski 

Allí dice cosas como esta:

"No puede ser periodista (...) el que desprecia a la gente sobre la cual escribe. No puede ser periodista  el que cree en la objetividad de la información, cuando el único informe posible siempre resulta personal y provisional.  No puede ser periodista  el que no es curioso ni lo suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia."




viernes, 5 de junio de 2015

El día después - Ni una menos

Texto: Silvina Quintans



Solito, en una esquina, un hombre muy joven levantaba una pancarta. DETRÁS DE TODO GRAN HOMBRE … esta frase estaba tachada y luego la reemplazaba otra: AL LADO DE TODO GRAN HOMBRE HAY UNA GRAN MUJER. 

Eran casi las siete de la tarde sobre la avenida Rivadavia, y a varias cuadras de la manifestación,  la gente ya estaba desconcentrando. El joven levantó la pancarta un largo rato, y luego se encontró con dos mujeres, que presumo serían su hermana o novia, y su madre, les dio un abrazo y siguieron caminando. Cientos de imágenes como esta me vienen a la cabeza esta mañana, unas horas después del #NiUnaMenos.

La mujer con un bebé y su esposo que se pararon a mi lado con lágrimas en sus ojos, chicos a upa de sus papás, preadolescentes de mirada desafiante, las fotos de mujeres desaparecidas por la trata de personas, el grupo de hombres con  timbales y redoblantes que le ponía ritmo a la esquina de Callao y Bartolome Mitre, una columna de hombres y mujeres encapuchados de negro, las estatuas vivientes con su porte plateado levantando la pancarta de ni una más, Flor de la V con un gorrito tratando de pasar desapercibida, el subte con su letrero luminoso niunamenos, las marquesinas del gaumont con la leyenda  niunamenos.

Hubieron globos violetas, tambores, consignas, aplausos, bailes, fiesta y hasta un dron que planeaba sobre nuestras cabezas.

 La manifestación atravesó género, clases sociales, partidos políticos, religiones y fronteras. Todos unidos bajo el mismo grito contra la violencia. La sociedad se despertó, necesitaba unirse bajo una misma consigna. Al fin una causa que une la grieta, que convoca en vez de separar, como si todos necesitáramos algo que nos uniera. Una buena causa, juntarnos contra la violencia.

Recordé entonces la pregunta de mi hijo el bochornoso día del clásico cuando los jugadores de Boca se negaron a acompañar a sus compañeros de River, y pensé que ahora tenemos algo para mostrarles. Un mensaje diferente.

Confieso que en un primer momento me chocó la gran movilización de columnas políticas y los micros como si fuera un acto partidario. Pero a medida que avanzaba la tarde, la convocatoria se hizo cada vez más amplia y entendí que es bueno que los partidos se movilicen por esta causa.  Partidos políticos de distintas banderas –muchas veces opuestas- convivían en el mismo espacio y cantaban sus consignas. Ninguno pudo capitalizar la marcha con fines políticos porque la concurrencia fue masiva y muy variada. .

Asociaciones sindicales, organizaciones sociales, ONGs, la Casa del Encuentro, la APDH, Missing Children, la Fundación María de los Angeles, son algunas de las que crucé en el camino.

Chicos con guardapolvos y uniformes de los centros de estudiantes, una columna de la policía de Avellaneda, tanto hombres como mujeres vestidos con sus uniformes. Y, sobre todo, ciudadanos independientes: señoras bien vestidas,  señoras más modestas, hombres de remera, hombres de traje, famosos escondidos en la multitud, ejércitos de hombres, mujeres y chicos que bajaban por las calles transversales con sus cochecitos, portafolios o cartelitos pintados a mano.

Consignas, muchas consignas. Anoté solo algunas de ellas:

NI SUMISA NI DEVOTA, TE QUIERO LIBRE
NO NACI MUJER PARA MORIR
EL AMOR ROMANTICO DISMINUYE TU AUTONOMÍA
EL MACHISMO MATA
MUJER BONITA ES LA QUE LUCHA
CUANDO UNA MUJER AVANZA NINGUN HOMBRE RETROCEDE
EL UNICO QUE PUEDE DARLE PATADAS A UNA MUJER ES SU HIJO ANTES DE NACER
NO ME ACOSES PUEDO SER TU HIJA (UNA CHICA DE UNOS 12 O 13 AÑOS)
DISCULPEN LAS MOLESTIAS, NOS ESTAN MATANDO
VIOLENCIA NO ES AMOR
YO DECIDO CON QUIEN ME VISTO Y CON QUIEN ME DESVISTO.


¿Si la marcha fue histórica? Sin dudas, porque es la primera vez que la sociedad se levanta contra la violencia machista, que se despierta por una causa común que nos une a todos. NiUnaMenos.

#NiUnaMenos

Por Silvina Quintans - Columna emitida por Radio Continental


Todavía hay mucha gente, tanto mujeres como hombres, que se definen machistas como si fuera un motivo de orgullo. ¿De qué hablamos cuando mencionamos la  “violencia machista”?.  Hablamos de una estructura social que supone una preponderancia de los hombres sobre las mujeres. Una cultura que se manifiesta en distintas costumbres de la vida cotidiana, y que empieza con algo tan sencillo como la división de roles en los juegos de la infancia. Según esta cultura,  las mujeres somos  princesas débiles, pasivas, destinadas al cuidado de la casa, nuestro destino es esperar al príncipe y satisfacer sus demandas. El hombre es activo, independiente, protector,  proveedor, dotado para ejercer la autoridad.


“Ningún pibe nace machista”, leí en estos días, y pensé en estos modelos que nos van horadando la cabeza desde chicos.

Aunque las mujeres hayamos invadido las universidades y los puestos de trabajo, muchos prejuicios ligados a esta cultura siguen vigentes. La cultura que se denuncia es el caldo de cultivo de la desigualdad , del menosprecio cotidiano que en casos extremos termina en femicidio pero que empieza en situaciones cotidianas.

¿Cuántas de nosotras nos avergonzamos ante alguna grosería que nos gritaron por la calle?

¿Cuántas revisamos cómo íbamos vestidas para provocar semejantes expresiones callejeras ?

¿Cuántas veces no nos vestimos como nos gustaría para no causar “una impresión equivocada”?

¿Cuántas veces confundimos los celos con el amor?

¿Cuántas veces nos hicieron sentir que no estábamos capacitadas para el trabajo o para ganar más porque somos mujeres?

¿Cuántas veces nos hicieron creer que lo mejor para una mujer es escuchar y callarse?

¿Cuántas veces nos dijeron que contestar o confrontar no es para damas?

Esta tarde marcharemos

Para que Aixa pueda salir de su casa sin temer a la cuadrilla que la intimida en la puerta gritándole groserías.

Para que Agustina entienda que amor no es compartir su clave de FB o sus mensajes de whatsapp con su novio y que los celos no tienen nada que ver con el amor.

Para que Susana pueda salir a la calle vestida como a ella le gusta sin tener que rendirle cuentas a nadie.

Para que Marcela entienda que no tiene que abandonar su trabajo, sus amigas o a su familia para demostrar su amor o para que la quieran.

Para que dejemos de pensar que lo mejor para una mujer es la sumisión o el silencio.

Para que la justicia empiece a dictar sus fallos con una mirada libre de prejuicios caducos.

Para que  entendamos que no es no y que las mujeres jamás provocan una violación.

Para que empecemos a entender que las víctimas no son las culpables.

Para que  nadie vuelva a justificar que se asesine, viole  o golpee  a una mujer por cómo estaba vestida, porque salió sola de su casa, o porque “algo hizo” para provocar .

Podría seguir, pero la única solución es ir tomando conciencia de que muchas de las cosas que nos parecen naturales no lo son, y empezar a educar para la igualdad.

Y el párrafo siguiente está dedicado a los hombres. Porque ellos son imprescindibles en esta marcha.  Queremos marchar junto a ellos. 

Marcharemos junto a  aquellos que nos acompañan y que se animan a cambiar sin dejar de ser hombres por eso

Marcharemos junto a aquellos que cambian pañales

A los que esperan a sus hijos en la puerta de la escuela

A los que comparten el cuidado de hijos y de sus padres ya viejitos

A los abuelos que leen a sus nietos, los llevan a la plaza, los pasean en cochecito, se sientan con ellos a jugar en el suelo

A los que salen con sus amigos y cuidan a los chicos para que nosotras también podamos salir con nuestras amigas.

A los que no les temen a las ollas y sartenes

A los que se animan a mostrar el afecto

A los que nos escuchan en lugar de reclamarnos que callemos

A los que nos alientan para que progresemos y se alegran de nuestros logros

Vamos a caminar todos juntos en esta marcha.

Porque es responsabilidad de todos que no haya Niunamenos.  Vamos a marchar por María Soledad Morales, Adriana y Cecilia Barreda, Carolina Aló, Natalia Melman, Liliana Tallarico, Fabiana Gandiaga, María Marta García Belsunce, Paulina Lebbos, Nora Dalmaso, Houria Moumni, Cassandre Bouvier, Rosana Galliano, Wanda Taddei, Angeles Rawson, Melina Romero,  Lola Chomnalez, Daiana García, Andrea Castana, Gabriela Parra, Chiara Páez . ..

 Por todas ellas y por todas las mujeres que murieron en la indiferencia y el olvido. Ni un femicidio más, ni una vida menos. Ni una menos.


Audio radial:
http://www.continental.com.ar/escucha/llevatelo/ni-una-menos-por-silvina-quintans/20150603/llevar/2790398.aspx

domingo, 31 de mayo de 2015

Chicas Muertas

Entrevista a Selva Almada por Silvina Quintans


“Estamos en verano y hace calor, casi como aquella mañana del 16 de noviembre de 1986 cuando, en cierto modo, empezó a escribirse este libro, cuando la chica muerta se cruzó en mi camino. Ahora tengo cuarenta años y, a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Solo una cuestión de suerte” [i]

Esto dice la escritora Selva Almada en su libro Chicas muertas,  donde indaga en los crímenes nunca esclarecidos de tres mujeres jóvenes del interior del país en la década del ‘80. El primer caso es el de Andrea Danne, que  murió en su cama el 16 de noviembre de 1986 en un pueblo cercano a San José,  Entre Ríos.  El segundo corresponde a María Luisa Quevedo, una adolescente que trabajaba como mucama en una casa de familia, y que apareció muerta en un terreno inundado de Roque Saenz Peña, Chaco, el 11 de diciembre de 1983. El tercer caso es el de Sarita Mundín, una joven madre que había sido prostituta,  y que fue vista por última vez el 12 de marzo de 1988 en Córdoba, cuando salió con su amante. Un año después,  un esqueleto apareció enganchado en un árbol a orillas del río Tcalamochita.

Cuerpos mutilados, vejados, descartados.  En tiempos en los que aún no se hablaba de femicidios ni de violencia de género,  los cuerpos de Andrea, María Luisa y Sarita, interpelan desde la injusticia y el olvido. Sus nombres preceden a una larga lista:  María Soledad Morales, Adriana y Cecilia Barreda, Carolina Aló, Natalia Melman, Liliana Tallarico, Fabiana Gandiaga, María Marta García Belsunce, Paulina Lebbos, Nora Dalmaso, Rosana Galliano, Wanda Taddei, entre muchos otros.
Las crónicas periodísticas suman historias atroces todos los días, incluso mientras editamos esta entrevista:  Angeles Rawson, Melina Romero,  Lola Chomnalez, Daiana García, Andrea Castana, Gabriela Parra, Chiara Páez.  No existen cifras oficiales, pero durante 2014 la ONG Casa del Encuentro relevó 277 femicidios, uno cada 30 horas.

El libro se interna en las profundidades de una cultura que, entre el calor, los silencios y las morosas siestas de la tarde, estalla en pequeños gestos cotidianos. Los celos de Cachito, que “dos  por tres la puteaba a su novia porque se pintaba o usaba ropa ajustada o la veía hablando con otro muchacho”, la mujer que entregaba el sueldo completo al esposo para que se lo administrara, “la que no podía ver a su familia porque al marido le parecían poca cosa”, “la que tenía prohibido usar zapatos de taco porque eso era de puta”.

Selva Almada transita diferentes registros: lo poético, lo ensayístico, lo periodístico, lo autobiográfico y hasta lo místico. No se trata de un capricho sino de una necesidad, de una urgencia.  La autora no escatima recursos para retratar desde todos los ángulos el trasfondo de desvalorización y desigualdad que desemboca en violencia.  Si recuerda fragmentos de su propia vida, si nos lleva a sus recuerdos, o si transita casi sin rumbo en busca de alguna pista de aquellas vidas truncadas, es porque, como dice ella misma, no ser una de aquellas chicas “es solo una cuestión de suerte”.

Chicas muertas está nominado al premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón, España,  como mejor libro de crónica. El concurso se definirá en el próximo mes de julio.

¿Por qué elegiste el título Chicas muertas?

Selva Almada: El libro lo tuve en la cabeza durante muchos años, empecé a pensarlo en 2008. En el 2010 recibí una beca del Fondo de las Artes para hacer el trabajo de campo, así que en ese año hice las entrevistas, recopilé diarios, leí los expedientes, pero el libro recién lo escribí en el verano de 2014. Tenía las entrevistas, fotocopias de cómo los diarios habían tratado los casos en ese momento, tenía fotocopiadas partes de los expedientes  y tenía fotos, había compilado el material. Cada tanto me planteaba cómo iba a escribir el libro, desde dónde lo iba a escribir. Empezaba borradores y los abandonaba.  A todos estos intentos siempre los llamaba “lo de las chicas muertas”, lo empecé a llamar así domésticamente. Releyendo uno de los expedientes,   vi que se usaba esa figura en la búsqueda de sinónimos por parte de la justicia. Cuando se les acababa “occisa”, “difunta”, “víctima” y ya no sabían cómo llamarla,  aparecía “la chica muerta”. Así me fue seduciendo la idea de que el libro se llamara así. Me parecía un poco brutal al principio, pero también me parecía que era la verdad,  que no había que buscar subterfugios ni metáforas para hablar de lo que quería hablar.

El libro cuenta tres historias de femicidios pero también muestra la cultura que dio lugar a estos crímenes. ¿Empezaste la investigación para mostrar esa cultura o  buscando a los culpables de aquellos crímenes?

S.A.: Por supuesto que yo tenía la fantasía de encontrar algo, pero suponía que eso no iba a suceder porque habían pasado  30 años desde aquellos femicidios. Si ni la policía ni la justicia  habían llegado a ninguna conclusión, resultaba fantasioso que yo pudiera descubrir algo.  Eso no era, además, lo que me animaba a escribir el libro. Me animaba rescatar la memoria de esas chicas.
 El disparador fue el caso de Andrea Danne, la chica de Entre Ríos. Cuando hablaba con gente de mi generación sobre el tema,   tenía que insistir bastante para que se acordaran. No entendía cómo se habían olvidado de algo que yo tenía grabado como si hubiese sucedido ayer, cómo se habían olvidado de que habían matado a esa chica y que nadie había ido preso por ese asesinato.
 Leí una nota en una revista sobre los veinte años del  caso María Soledad. El periodista había ido a Catamarca y  contaba que mucha gente había olvidado el caso, que los chicos que iban a la misma escuela  a la que había ido María Soledad,  no sabían quién era. Me impacta el olvido: las asesinan, no tienen justicia, lo cual es volver a matarlas, y después viene también el olvido como otra manera de matarlas.
Lo que animó el espíritu del  libro, si no encontraba al culpable,  era por lo menos que se reconstruyeran esas historias, contar quién era cada una, en qué circunstancias fueron asesinadas, y contar que no se hizo nada con eso. Contar cómo la gente siguió viviendo,  cómo los amigos y familiares tuvieron que resignarse,  y cómo en sus pueblos hay que escarbar bastante para que alguien se acuerde de algo tan atroz como  el asesinato de una mujer joven. En el caso de Andrea,  su historia tiene  ribetes misteriosos: fue dentro de su casa, una puñalada en el corazón, es todo muy simbólico. ¿Cómo puede ser que hoy no nos acordemos de algo que conmocionó tanto a toda una sociedad?.

El caso de Andrea Danne sucede dentro de la casa. Estos casos muestran una realidad inquietante y es que muchas veces  la violencia no está en la calle sino dentro del propio hogar. El hogar deja de ser un lugar seguro y de contención.

S.A.: El caso de Andrea sucedió cuando yo tenía 13 años y siempre me impactó mucho. Cuando empecé a ser más grande pensaba que de chica me habían enseñado “cuidado con los extraños”, “no te subas a un auto”, “no hables si no lo conocés”, “no pases por una obra en construcción”. El peligro siempre estaba en  “el afuera “, y en ese sentido,  el asesinato de Andrea fue la revelación de que el peligro también está dentro de tu casa.
Hoy en día seguís escuchando esa idea del asesino de mujeres de las series norteamericanas, un loco que un buen día empieza a matar,  y no se toma conciencia de que en la mayoría de los casos no es ningún loco de afuera sino el vecino, el exmarido, el novio, el hermano, el padre; es decir,  un hombre al que la víctima conoce,  y quien tiene o ha tenido su confianza.  En el caso de Angeles Rawson era el portero, un tipo al que ella conocía desde los seis años.  En la mayoría de los casos el culpable está relacionado con la víctima, y sin embargo seguimos fomentando esa idea de que es el afuera, alguien desconocido. En el 95% de los casos no es alguien desconocido, sino alguien a quien la mujer conoce.

El libro está  ambientado en zonas rurales, en lugares más bien claustrofóbicos donde casi todo el mundo se conoce. Pero también hay femicidios en las grandes ciudades. ¿Ves alguna diferencia entre los femicidios en zonas rurales y los que se cometen en ciudades?

S.A.: El tema atraviesa el país a lo largo y a lo ancho. Yo tomo esto en la geografía que atraviesa mis novelas, mi obra de ficción donde trabajo las zonas rurales. El primer caso fue el de Andrea, después apareció el de María Luisa y el tercero sí lo fui a buscar y dio la casualidad que eran chicas de pueblos chicos en la misma época. No tomé casos de ciudades porque surgieron así,  pero no porque crea que no sucedan o tengan características diferentes. Creo que tienen las mismas características, sobre todo porque el patrón es el mismo, siempre es alguien cercano.  La única diferencia es que los que suceden en la ciudad tienen más repercusión porque le quedan más cerca al periodismo. En el caso Angeles Rawson, por ejemplo, los canales están todos cerca de la zona del crimen. Era muy simple mandar un periodista, una cámara. Pero además también era una chica que podía ser la hija de cualquiera de clase media. En ese caso hubo una identificación de la clase media, no era alguien del conurbano como luego sucedió con Melina Romero,  de quien se habló de si usaba piercings, si era bolichera, si había dejado el colegio, etc. .  Angeles  Rawson reunía las características de la hija que todos queremos tener. La identificación fue inmediata por la extracción social.

Vos contás en el libro algunas situaciones muy impresionantes que están relacionadas con la cultura machista. Hacés referencia a una suerte de “tradición” en algunos lugares a la que le llaman “hacer el becerro”

S.A.: Eso me lo contó uno de los entrevistados a raíz del caso de Andrea Danne. Se trata de una práctica que era muy común en San José, Entre Ríos, en la década del  80. Una chica de Salta también me contó lo mismo. La práctica consistía en levantarse a una chica y luego llevarla para que todo el grupo la “disfrute”. El caso María Soledad es un ejemplo muy claro, el que la lleva a la fiesta y la entrega es el tipo con el que ella salía, el Tula.

Los casos que contás en el libro sucedieron hace más de treinta años, pero surgieron de una cultura que todavía está vigente.  El libro tiene el gran valor de contar situaciones más sutiles que hablan de una concepción determinada de las mujeres.

S.A.: Todo es parte de la misma trama, de vez en cuando –lamentablemente según las estadísticas cada 30 horas- la cosa llega al extremo máximo que es el femicidio. Pero antes, todos los días de tu vida,  en algún momento pasaste por una situación, que no está ni cerca de lo que pasaron estas chicas, pero que uno tiende a naturalizar: me tocaron el culo en el colectivo, mi novio no me deja tal cosa. Situaciones que ninguna mujer puede decir que nunca las atravesó y que son pequeñas, pero que contribuyen a armar este entramado que después sostiene aquello que es muchísimo más grave que es el femicidio. Para empezar a pensar el problema hay que pensar en eso: no es cuando está muerta, es todo lo anterior que todos los días todas las mujeres atravesamos en algún momento. Cuando apareció el cuerpo de Daiana García, estaba de moda el “Je suis Charlie”, “Je suis …”. Con un amigo decíamos que lo más honesto sería que todos dijéramos “Yo soy el asesino de Daiana” porque en realidad el asesino no surgió por generación espontánea, no es un paracaidista ni un extraterrestre. Es uno como nosotros.

¿Cuál es el rol de la pobreza en estas situaciones de violencia?

S.A.: Los tres casos que tomo son chicas de clase media baja, pero no creo que sea exclusivo de las clases bajas. Me parece que en las clases altas hay mecanismos que permiten el ocultamiento y las mujeres de clase baja son más vulnerables. Violencia de género hay en todas las clases.

¿Hay diferencias entre los casos que contás en el libro de los 80 y los de esta época?.

S.A.: Ahora se da más difusión a los casos en los que mata el marido, el novio o exnovio, mientras antes no trascendían el ámbito familiar. Era una trageida que sucedía a la familia, en cambio hoy eso también es noticia y ya no como una cosa que compete a esa familia sino como algo social. Esa idea de que no es algo que pasó a una familia, sino que nos está pasando a todos.

Una de las fuentes del libro son las notas periodísticas. ¿qué pensás sobre cómo el periodismo trata estos casos? ¿cómo los trataba entonces y cómo los trata ahora?

S.A.: Yo creo que el periodismo tiene que reflexionar bastante sobre el tema. Cuando apareció el cuerpo de María Luisa, en el 83, todos los días tenían que poner un recuadro sobre el caso. Como no había novedades porque no avanzaba la investigación, se hizo un culebrón donde aparecían sospechosos que no eran, o  alguien señalaba como asesino a alguien a quien tenía bronca.
Hoy todavía sigue sucediendo, pero hay excepciones. Un referente de lucidez y honestidad es Página 12, que siempre trató desde otro lugar estos temas,  con la seriedad y reflexión que merecen. Estoy casi segura de que es el primer diario que utilizó la palabra femicidio.  Algunas cosas cambiaron: ya no se habla de crimen pasional sino de femicidio, pero se siguen haciendo culebrones,  como en el caso Angeles,  donde se culpaba al padrastro por su cara, o a qué tribu pertenecía. Lo de Melina Romero fue vergonzoso, después de eso, lo de Daiana García, -la chica que fue asesinada  después de ir a una entrevista de trabajo-  donde se opinaba sobre el short que usaba, o por qué iba a buscar trabajo a las ocho de la noche. Todavía hay mucha lengua suelta sobre un tema que merece reflexión y madurez. La prensa todavía tiene mucho que hacer al respecto.

Vos hablabas de las fuentes del libro: revisaste expedientes, entrevistaste familiares, viste fotos, visitaste las locaciones. Pero algo que llama la atención es la presencia de una vidente.

S.A.: Cuando se me acabó la plata de la beca , no podía viajar o continuar investigando, porque los casos eran en el interior. Por entonces leí un libro de un cronista chileno llamado Francisco Mouat que se llamaba El empampado Riquelme,  el libro me gustó mucho y me pareció muy osado que el periodista usara como fuente a una vidente. Me acordé además de series de televisión donde se consulta a adivinas para resolver casos policiales.  Tenía un amigo que consultaba a una tarotista y le pedí que me contactara.
Le conté a la tarotista sobre el proyecto, y ella, que es una mujer muy lectora, se entusiasmó con la idea de tirar las cartas a las chicas. Más allá de las revelaciones que pudieron aparecer o no en las cartas, ella me ayudó a encontrar relaciones entre las tres historias. Hasta ese momento para mí lo único que tenían en común era la época en que habían sucedido  y que nunca se habían resuelto.  Ella insistía mucho con ciertas preguntas: por qué escribía sobre tres mujeres que habían sido asesinadas, cuál era la fascinación, qué tenía yo con esas historias, qué me identificaba. Tal vez por eso hayan surgido muchas cuestiones autobiográficas en el libro. En ese sentido las charlas y sesiones fueron muy enriquecedoras.
No pensaba poner ese material en el libro, pero a mi editora, Ana Laura Pérez, le encantó. Yo me sentía insegura, no vengo del periodismo y eso me causaba un poco de zozobra, me preguntaba cómo  podía ser mirado este libro por periodistas de investigación, y encima ponía a una tarotista. Pero ella me convenció de que el personaje tenía que estar y tenía que ser un personaje literario. Escribí una primera versión del libro y se la pasé a María Moreno con la misma duda de si lo tenía que sacar. María me dijo que tendría que aparecer más, que la estaba poniendo poco, y ahí terminó en la segunda versión terminó siendo la Señora un personaje más del libro. Termina convirtiéndose en un personaje literario.  Es un lujo que me pude dar porque no soy periodista.

El libro cabalga entre  lo autobiográfico, lo literario y lo periodístico…

S.A: Eso también fue algo con lo que no terminaba de dar en los borradores, yo sentía que si iba a escribir una crónica tenía que ser todo lo periodística que yo pudiera sin ser periodista. Pero Ana Laura me hizo ver que lo interesante de la crónica era que yo no era periodista. Aceptar la limitación de no ser periodista me dio libertad para escribir con las herramientas que yo conozco que son las de la literatura, no lo puedo hacer de otra manera.
A sangre fría, de Truman Capote,  es un libro que me encanta y cuando pensé en este libro fue un referente. Fui varias veces a releer partes para imbuirme un poco de esa atmósfera.

Cambiemos de libro. Te convocaron a escribir un prólogo de Código Rosa,  que cuenta historias relacionadas con el aborto. ¿Qué significó para vos escribir sobre este tema?

S.A.: En mi adolescencia nos pasaban una película que se llamaba “El grito silencioso”, que nos había causado una impresión tremenda  a todos, tanto  varones como mujeres. El video fomentaba una posición antiabortista incentivando la culpa y el miedo.  El pueblo del que yo vengo, Villa Elisa –Entre Ríos- es muy católico, muy conservador. Todas las historias que siempre habíamos escuchado de abortos eran terribles y siempre estaba ligado al asesinato. Abortar era igual a asesinar, y este video venía a reforzar  esa mitología, por llamarla de algún modo, que nos metían desde chicas en la cabeza. La que abortaba era mala, estaba cometiendo no solo un acto ilegal sino que además era una cuestión de conciencia, de culpa y de moral.  Durante toda mi adolescencia yo  fui antiabortista,  ya que vi ese video cuando tenía 13 años. Entre los 15 y los 16 empezaron a circular historias de abortos de chicas que iban a la escuela conmigo. Siempre asociadas a las clases más pudientes, la que abortaba lo hacía en una clínica, en condiciones sanitarias óptimas. Seguía siendo malo abortar,  pero había mujeres que podían hacerlo y no se morían, mientras para las de clase media baja -como yo- o pobres, abortar era sinónimo de poder quedarse ahí, en el proceso, en el acto.  Al ir a la facultad y al salir del pueblo empecé a pensar el tema desde otro lugar, yo termino el prólogo diciendo qué bien que me hubiera hecho leer un libro así cuando  era chica.








[i] Selva Almada, Chicas Muertas, Literatura Random House, Buenos Aires, 2014

viernes, 15 de mayo de 2015

Vergüenza

Por Silvina Quintans

A propósito de la violencia en el partido Boca-River del 14 de mayo de 2015



Los veo llorar. No lloran de tristeza ni de emoción.  Lloran sin ganas de llorar. Me impresionan los ojos congestionados, las espaldas coloradas, las caras irritadas. Siento bronca, dolor, vergüenza ajena, y, yo también, ganas de llorar.  Siento todo esto a pesar de que para muchos no estoy calificada para opinar: no entiendo nada de futbol, no comparto sus códigos ni sus cánticos.  

Mis hijos juegan al futbol, mi marido es un apasionado. Los aliento porque me gustan los valores del deporte: la solidaridad de equipo, la resistencia a la adversidad, la constancia, el esfuerzo, la camaradería, los firuletes que dibujan las jugadas. Pero esta noche, como muchas otras,  el futbol es violencia con formato de espectáculo.

 Los jugadores sufren y nadie se anima a suspender el partido.  El relator especula con que no pueden seguir jugando “porque sería dar ventaja deportiva a uno de los equipos”. Podrán acusarme de no entender nada de futbol, pero  desde mi distante ignorancia entiendo que la “ventaja deportiva” es lo de menos, que no se puede continuar con un juego donde se han roto todas las normas, y que es más importante la salud de los jugadores que los puntos o la ventaja deportiva. Nadie debería salir a la cancha después de semejante barbarie. Continuar sería convalidarla.

Las heridas de los jugadores duelen, es como si todos los defectos de esta sociedad violenta se concentraran dentro de esas llagas. Y cuando nada podía ser peor, escucho los cánticos, los festejos, la picaresca de la hinchada. Esa picaresca tan celebrada por aquellos que se palmearán la espalda y festejarán con risitas cómplices cuando pase el temblor. Aquellos que no dudan en tildar de “folclore” actos que en cualquier otro ámbito serían barbarie. 

Y allí aparecen los jugadores de Boca, en el centro del campo, aplaudiendo la “viveza” de los agresores. Aplaudiendo el “coraje” del que se agazapa tras el anonimato de las masas. Los imagino con su voz gruesa de hinchas felicitándose a las risotadas porque dejaron ciegos a los jugadores de River.

Ser ciego no es metáfora, aunque bien podría serlo.

Ciega debió estar la policía y la seguridad que no detectó los ejecutores de semejante estupidez.

Ciegos parecían los relatores y dirigentes que ignoraban el atropello y seguían especulando con que continuara el partido.

Ciegos el técnico y los jugadores de Boca que en lugar de solidarizarse con las personas agredidas tomaban su posición en el campo de juego con gesto amenazante y el pecho inflado

Pasan los minutos, la cosa se pone cada vez más tensa. El público se ha retirado y los jugadores siguen en el centro de la escena. Las familias, los trabajadores, los oficinistas salen cabizbajos, mientras un grupito de energúmenos sigue cantando consignas vacías desde una de las tribunas. Los jugadores esperan entre la incertidumbre y el desamparo, sin romper la lógica –absurda a esta altura- de locales y visitantes.

Mi hijo se pregunta por qué no pueden salir. ¿Los de Boca no pueden acompañar a los jugadores heridos de River, mostrarles alguna clase de solidaridad o comprensión? Difícil explicar semejante grado de mezquindad.  

Recuerdo el juego de pelota de los mayas y de los aztecas.  Verdaderas batallas donde se dirimían los conflictos sociales, que a veces terminaban en sacrificios humanos.

Chicos, apaguemos la luz. Es hora de dormir.


Nico se despierta esta mañana angustiado. Lo primero que me pregunta es si los jugadores salieron de la cancha juntos o separados.

martes, 10 de junio de 2014

La condena de ser bella


Requiem para Remedios, la bella, personaje de Cien Años de Soledad.

Texto: Silvina Quintans



 
 
Salía de la radio cuando llegó la noticia de la muerte de Gabriel García Márquez. Me encargaron preparar una semblanza para el día siguiente. Difícil tarea, porque había leído sus libros cuando era muy joven,  y no había vuelto a leerlos.  Apenas llegué a casa desempolvé  una vieja edición de Cien Años de Soledad, con la tapa poblada de rectángulos azules que encerraban estrellas, lunas, soles y campanas.

Adentro, un viejo boleto de colectivo –de los tiempos en los que los choferes todavía cortaban papeles dentados con números capicúa- me recordó las tardes adolescentes en las que volvía a casa de la escuela con el libro bajo el brazo y con un apunte en el que intentaba enhebrar la compleja genealogía de la familia Buendía.

Aunque me empeñaba en recordar los detalles de la novela, sólo venía a mi memoria un personaje secundario llamado Remedios, la bella: una mujer etérea que no muere sino que se eleva en el momento en que cuelga unas sábanas en el jardín.  

¿Por qué sólo retenía a  este personaje entre tantos otros?¿Por qué de todas las guerras, amores y odios de la novela sólo recordaba la escena de la ascensión de Remedios, la bella?
 Volví a las páginas del libro para develar el misterio.  Me concentré en los pasajes en los que aparece el personaje, y descubrí  muchas razones por las que Remedios, la bella, merece su pedestal en la memoria.   
Empecemos por el final: Remedios, la bella, no muere como los demás personajes del libro. Transita de lo doméstico a lo místico con total naturalidad. Se eleva en una escena inolvidable.

 “Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
— ¿Te sientes mal? —le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario —dijo—, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo la serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó  las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y que pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.

Pasaron muchos años, pero la imagen religiosa de esta mujer que se eleva a los cielos en medio de una escena tan doméstica como el tendido de ropa, me sigue conmoviendo.
Un final místico para un personaje que, como define el narrador, “no era un ser de este mundo”.  Un final extraordinario para quien nunca se ató al peso de lo cotidiano.

Pero este no era el único motivo que había amarrado el personaje a mis recuerdos.  Corrían los años de la dictadura, yo cursaba el colegio secundario en una escuela muy estricta, y nos habían criado en la creencia de que las mujeres tenían destino de putas o santas.  Remedios era una santa, pero no una santa cualquiera: una santa rebelde, aunque su pureza le impidiera tomar conciencia de su propia rebeldía. 

Para los hombres, Remedios, la bella, respondía a un ideal –ciertamente misógino-  de la mujer perfecta (aunque su perfección resultara asesina).   Una mujer que pasa como una exhalación, que seduce con su aroma impregnado en el aire, que desborda sensualidad sin quererlo, que es deseada sin desearlo, que deslumbra con su belleza  despojada de cualquier artificio. Una mujer silenciosa, natural, que desconoce la maldad.  Casta, pura, hermosa, inocente hasta la fatalidad, virgen matadora

Los hombres la adoraban por su perfección. En cambio,  nosotras, adolescentes en plena dictadura, adorábamos a Remedios, la bella, por sus imperfecciones. 

Llegó a los veinte años sin aprender a leer y escribir, sin servirse de los cubiertos en la mesa, paseándose desnuda por la casa, porque su naturaleza se resistía a cualquier clase de convencionalismos. 

Como nosotras, adolescentes que despuntábamos nuestras primeras rebeldías, Remedios, la bella, dormía sin culpas, comía a deshoras y se resistía a toda disciplina. 

Le daba lo mismo comer en cualquier parte, y no a horas fijas sino de acuerdo con las alternativas del apetito. A veces se levantaba a almorzar a las tres de la madrugada, dormía todo el día, y pasaba varios meses con los horarios trastrocados, hasta que algún incidente casual volvía a ponerla en orden.

 Remedios, la bella, se vestía y se peinaba como le venía en gana, sin rendir cuentas a nadie. Era inmune a cualquier imperativo de la moda.

Se estancó en una adolescencia magnífica, cada vez más impermeable a los formalismos, más indiferente a la malicia y la suspicacia. No entendía por qué las mujeres se complicaban la vida con corpiños y pollerines, de modo que se cosió un balandrán de cañamazo que sencillamente se metía por la cabeza y resolvía sin más trámites el problema del vestir, sin quitarle la impresión de estar desnuda, que según ella entendía era la única forma decente de andar por la casa. La molestaron tanto para que se cortara el cabello de lluvia que ya le daba a las pantorrillas, y para que se hiciera moños con peinetas y trenzas con lazos colorados, que simplemente se rapó la cabeza y les hizo pelucas a los santos.

La desnudez, para Remedios, la bella, era la única manera de ser decente. Una desnudez de la que, según nos habían enseñado en la escuela, las mujeres debíamos avergonzarnos.
Nuestras madres habían conocido los anticonceptivos y el flower power, pero mantenían vivos los viejos mandatos[s1]  con el mismo empeño que  sacaban brillo a los bronces y mantenían los pisos resbaladizos a fuerza de cera y patines. Nosotras, en cambio, las que crecimos bajo sus caricias y sus sombras, renegábamos de la monotonía de las tareas domésticas. Igual que Remedios, la bella, cuya familia se empeñaba en “salvarla para el mundo” interesándola en “los asuntos elementales de la casa”

“Los hombres piden más de lo que tú crees”, le decía (Ursula) enigmáticamente. “Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees”. En el fondo se engañaba a sí misma tratando de adiestrarla para la felicidad doméstica, porque estaba convencida de que una vez satisfecha la pasión, no había un hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia que  estaba más allá de toda comprensión (…) Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión simple de que era boba. “Vamos a tener que rifarte”, le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres”

Para las mujeres que la rodeaban, Remedios, la bella, era “boba”, como toda mujer que careciera de habilidades para la vida doméstica o desdeñara el matrimonio. 

Sin embargo, sus supuestos “defectos” no impedían que los hombres sucumbieran a sus pies, ni que el patriarca de la familia la considerara dotada de una sagacidad fuera de lo común. 

Parecía como si una lucidez penetrante le permitiera ver la realidad de las cosas más allá de cualquier formalismo. Ese era al menos el punto de vista del coronel Aureliano Buendía, para quien Remedios, la bella, no era en modo alguno retrasada mental, como se creía, sino todo lo contrario “Es como si viviera de regreso de veinte años de guerra”, solía decir.

Remedios, la bella, era, entonces, mucho más que la versión femenina del “buen salvaje”. Al menos así la veía el coronel Aureliano Buendía, quien  “seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás”

En Macondo, no obstante, las mujeres se dividían entre “útiles” y “bobas”. Las primeras estaban destinadas al matrimonio; las segundas estaban condenadas a la soltería.[i]

Y aquí viene el punto más interesante: a Remedios, la bella, no le molestaba ser soltera. El casamiento no era su meta. Había rechazado a los mejores candidatos de la comarca, y avanzaba sola por la vida.  Deseada pero nunca amada,  Remedios, la bella, no sucumbía al brillo del dinero, la estirpe o la comodidad. 

Cuando el joven comandante de la guardia le declaró su amor, lo rechazó sencillamente porque la asombró su frivolidad. “Fíjate qué simple es”, le dijo a Amaranta. “Dice que se está muriendo por mí, como si yo fuera un cólico miserere”. Cuando en efecto lo encontraron muerto junto a su ventana, Remedios, la bella, confirmó su impresión inicial.
-Ya ven – comentó – Era completamente simple. 

¡Quién pudiera prescindir así del amor!, pensábamos en aquellos tiempos, y soñábamos con viajar, con volar sin horizontes, sin anillos calzados en el cuello. Remedios, la bella, rompía con todos los estereotipos del amor romántico que nos habían inculcado.

La soledad, sin embargo, era el precio de su libertad.  Su condena era, precisamente, aquello que la definía: la belleza. Una belleza que formaba parte de su esencia (por eso el adjetivo es inseparable de su nombre), tan atractiva como letal. Su hermosura, como dice el narrador, era “una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro de la candidez”

La belleza es peligrosa. Un ideal que quema cuando uno se acerca. Esa belleza perturbadora,  para Remedios, la bella,  no era un arma, ni una herramienta que manipulara en su beneficio, sino  una emanación de su ser de la que ni siquiera era consciente.

 “Mientras más pasaba por encima de los convencionalismos en obediencia a la espontaneidad, más perturbadora resultaba su belleza increíble y más provocador su comportamiento con los hombres (…)  Inconsciente del ámbito inquietante en que se movía, del insoportable estado de íntima calamidad que provocaba a su paso, Remedios, la bella, trataba a los hombres sin la menor malicia y acababa de trastornarlos con sus inocentes complacencias.”

 La belleza la condenaba a la soledad de los altares y pedestales, del acercamiento trivial, de la admiración distante.  Como si esa cualidad deslumbrante y única disipara toda posibilidad de encontrar el amor.

“Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo y simple como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie”

¿Qué hubiera sucedido si alguien la hubiera amado? ¿Hubiera levantado vuelo al amparo de sus sábanas? ¿Hubiera echado raíces y sucumbido a la vida doméstica?

Alguna vez García Márquez explicó la fuente de inspiración de la famosa escena de la ascensión: “Había una chica que correspondía exactamente a la descripción que hago de Remedios la bella. Efectivamente se fugó de su casa con un hombre y la familia no quiso afrontar la vergüenza y dijo, con la misma cara de palo, que la habían visto doblando unas sábanas en el jardín y que después había subido al cielo.[s2] ».

Para nosotras, las adolescentes del libro bajo el brazo, ella seguirá levitando donde aún pueden alcanzarla los pájaros de la memoria. Aquellos pájaros que nunca verán una perfección tan imperfecta como la de Remedios, la bella.




[i]Nota al pie o recuadro:
[i] Muchos años después de la publicación de Cien años de soledad, García Márquez publicó un polémico artículo titulado “Las esposas felices se suicidan a las seis”, donde se refería a las tareas domésticas. (El País, 24 de febrero de 1982. http://elpais.com/diario/1982/02/24/opinion/383353209_850215.html). 

Allí elogiaba la “naturalidad y eficacia”  de las mujeres para mantener el orden en la casa, cosa que, según admitía, él  “no haría por ningún dinero ni ninguna razón de este mundo”. Y luego se sinceraba: “Nada es más difícil, más estéril y empobrecedor que la logística de la casa. Una de las cosas que más me intrigan y que más admiro en este mundo es cómo hacen las mujeres para que nunca falte el papel en los baños”
Este dudoso halago fue cuestionado de manera brillante por Griselda Gambaro en otro artículo publicado dos semanas después que se tituló: “Sobre esas mujeres que no se suicidan”.
Si esa era la concepción de García Márquez del lugar de las mujeres, con Remedios, la bella hizo una excepción. El personaje carece de esa supuesta cualidad práctica que el autor atribuye a las mujeres. No tiene ningún interés en el mantenimiento de la casa. Imposible imaginarla calculando los metros de papel higiénico faltante en los baños.