viernes, 29 de julio de 2016

CON AMIGOS ASÍ... (A propósito del "boludeo" y de las campañas publicitarias por el "Mes del Amigo"

Columna de Silvina Quintans para Radio Continental.

Hoy es el último día de lo que algunos, empeñados en estirar los réditos económicos del 20 de julio, han dado en llamar “Mes del amigo”.

La definición de amigo fue cambiando con los años. Y así como las redes sociales modificaron el concepto, la publicidad llevó la definición a límites que jamás hubiéramos sospechado.

¿Podríamos llamar amigo a alguien que te baja del auto y te larga a pata a la madrugada en la soledad de la Costanera?¿O a un grupo de sádicos que te atan a un poste, te arrancan los pelos del pecho de raíz, y después se mandan a mudar dejándote ahí atado?

Parece que sí, porque según la propaganda de una bebida alcohólica “donde hay amigos, hay boludeo”. Así que a respirar hondo, bancársela y sonreir.

Y eso no es todo: en la misma línea, otra publicidad de un servicio de internet,  tiene como protagonista a un joven bromista  que, según él mismo asume, a veces se pone pesado. Este muchacho tiene la feliz idea de  ridiculizar a un “amigo” excedido de peso viralizándolo en las redes sociales con la cola de una ballena. Si alguien quería saber de qué se trata el cyberbullying, esta propaganda lo ilustra. Y para que quede bien claro, se ve luego a un grupete de chicos de escuela primaria riéndose a carcajadas de la imagen trucada del gordito. Pero, se entiende que todo vale porque son amigos, o, como dice más adelante,  “no nos reimos de vos sino con vos”

El bromista sigue con su carrera desenfrenada de provocaciones y a otro lo hace pelearse con la novia para que se pueda juntar con los muchachos.

Un paréntesis aquí: para estas propagandas el Dia del Amigo parece ser patrimonio exclusivo de estos grupos de amigotes. La única presencia femenina es la de esta mujer desquiciada que destruye a palazos una tablet porque el muchacho se quiere juntar con sus amigos, como si ella no tuviera vida propia y viviera obsesionada con retenerlo a sol y a sombra. Se sabe que las mujeres somos brujas, no tenemos amigas, vivimos pendientes de cada paso de nuestro hombre, carecemos de sentido del humor y no somos capaces de comprender los sutiles códigos del “boludeo”.

Si quedara alguna duda sobre la intención de estas campañas, aquí va la voz autorizada de los “creativos” (dicho esto sin ironía) que idearon una de ellas: “Creemos que un amigo es quien te da un corto en la nuca, es quien cita constantemente a tu hermana, remarca al máximo tus defectos físicos y se lleva una sonrisa a cambio. Ser amigo de alguien es poder explotar toda la impunidad que te da la confianza”,

Y ahí viene el slogan: “Si hay amigos, hay boludeo”, o, si se quiere ser más preciso,  “si hay amigos, hay bullying”.


Yo paso, gracias, para amigos así, prefiero una tarjeta con una frase cursi, un oso de peluche o la vieja publicidad de los 80 en la que aparecía un grupo de amigos y amigas tocando el piano, cantando, soñando. “Mis amigos son unos bolas, pero son mis amigos”, decía el remate.




lunes, 25 de julio de 2016

Dormir en la vereda

Texto: Silvina Quintans

Desocupados, Antonio Berni, 1934
A Ramón se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de Carolina.

-          Soy de lágrima fácil –se disculpa-. Ella, en cambio, no llora nunca.

Ella lo mira, en silencio, sus ojos fuertes sostienen la mirada. Dice que no sabe llorar, que no le sale como a él. Acaba de salir de la carpa improvisada en la Plaza del Congreso donde se resguardan del frío y guardan sus pocas pertenencias.  Julieta[i], de un año y medio, sonríe y se agarra de la pierna de su mamá.

-          Con Carolina pasamos muchas cosas juntos, es una compañera de oro. Yo no estaría aquí si no fuera por ella. Cuando vivíamos en el Chaco a veces no teníamos para comer, pero siempre salíamos adelante. Todavía no teníamos a los chicos, soñábamos con tener esta familia. Allí no había trabajo y decidimos venir a Buenos Aires. Ella siempre me dio fuerza, es optimista, yo soy un poco llorón.

El frío aprieta en esta noche de mayo frente al edificio del Congreso, donde se debaten las leyes y el destino del país. 

-          Nos quisieron llevar debajo de la autopista, no querían que la gente nos viera. Afeamos el paisaje,  pero no tenemos dónde ir. Aquí por lo menos estamos más seguros.

Ramón y Carolina se instalaron con su familia en la plaza hace un par de meses, cuando cerró el restaurante donde él trabajaba de parrillero. El se quedó sin sueldo y sin plata para pagar el hotel donde vivían. Les cobraban $ 8500 por un par de habitaciones sin baño ni cocina. El doble de lo que costaría el alquiler de un departamento. Sin sueldo ni garantías, de un día para otro quedaron en la calle.

-          Nunca pensé que estaría en esta situación. La gente que critica a aquellos que viven en la calle no tiene idea de lo que es no tener un baño, una comida caliente, abrigo, una cama. Aquí yo me despierto varias veces durante la noche porque tengo miedo de que vengan a robarnos. El frío tampoco permite dormir.

Los días son difíciles en la intemperie.  Les tocaron semanas enteras de lluvia: humedad en el suelo,  en las frazadas, en las entrañas. La ropa mojada, una constelación de objetos transpirados.
Sus hijos, salvo la beba, nunca dejaron de ir al colegio.  Bien peinados y con ropa limpia, nadie sospecha que viven en situación de calle. Los chicos rogaron a sus padres que no avisen en la escuela lo que están viviendo.

-          Ud. sabe cómo son los pibes, se burlan de los que tienen la piel oscura, son extranjeros o les falta plata. Ni hablar si vivís en la calle. Por eso prefirieron no decir nada.

Ramiro está en primer año y según su papá “pinta para genio”. El sonríe con timidez mientras sostiene en brazos a la beba y juega con ella. Martina, la de 9, adora leer. Va guardando todos los libros que le regala la gente adentro de una mochilita, y prometió que cuando tengan una casa va a armar una biblioteca para tenerlos a mano. La mayor tiene quince, nunca descuidó los estudios, aunque también ayuda con el cuidado de la beba.

-          Yo estoy muy orgulloso de mi familia, es lo más valioso que tengo. Nos mantenemos unidos.  Para mí lo más importante es que no pierdan la educación. Van a jornada simple a la escuela porque también quiero que pasen tiempo con nosotros.  Veo que hay gente que deja a sus hijos en la puerta por la mañana y los buscan a las cinco de la tarde. Nosotros pasamos tiempo con ellos, revisamos la tarea, conversamos, los acompañamos. Aun en estas circunstancias, nunca dejamos de comer juntos.

Las pertenencias de Ramón, Carolina y sus hijos caben en una especie de iglú hecho con bolsas de plástico.  El nos cuenta que adentro tiene un mueblecito que compró para mirar televisión.  Es una de las pocas cosas que le quedan de cuando tenía un hogar, y lo guarda para cuando vuelva a estar bajo techo.  La humedad fue corroyendo todo lo demás, incluso la ropa que quedaba dentro de una valija.
.- No acepto dinero de nadie. Solo quiero volver a trabajar

Un canal de televisión contó la historia hace unos días. Su carpa y el drama de su familia, que hasta entonces parecían invisibles, se corporizaron como si hubieran sido tocados por una varita mágica.  En pocas horas empezó a llegar la ayuda.  Y allí estábamos un grupo de madres del colegio de mi hijo, conmovidas por la historia que habíamos visto en televisión, dispuestas a ayudar en lo que necesitaran. Mientras charlábamos en la puerta de la carpa, varias personas se acercaron con la misma idea. Una mujer llegó en bicicleta con hojas de carpeta para la escuela. Otra acercó una bolsa con ropa de marca. “Ramón, vi su historia en televisión, Ud. es un gran ejemplo para sus hijos”, le dice antes de volver al auto último modelo mal estacionado. Según nos cuentan, una mujer se ofreció para dar clases particulares de francés a Ramiro, porque es la materia que más le cuesta.

Un chico con gorra y ropa deportiva se queda junto a la carpa. “Vengo a darle ánimo a la familia, yo también viví desde chico en situación de calle y me duele verlos así a ellos”

Apenas se emitió el informe, el sindicato gastronómico le ofreció trabajo a Ramón en su oficio y   consiguió un hotel para la familia. Una documentalista de la cadena Al Jazeera gestionó el dinero para el depósito de un departamento, y el sindicato se ofreció a otorgar la garantía.

Ramón nos recibe con todas estas buenas noticias, es su último día en la calle y está feliz de volver a trabajar. Se queja de la desidia de las autoridades, habla de los diputados y senadores que transitaron cada día a su lado sin mirarlo, de la solidaridad de la gente que se acerca desde que salió el informe en televisión.

Le preguntamos si necesita algo más. Carolina pide ropa para los chicos, pañales para Julieta, libros para la biblioteca que algún día armará Martina. Le cuesta pedir y recalca varias veces que no aceptan dinero. Ramón, ojos abrillantados,  nos dice que también necesita algo. Se acerca a cada una de nosotras y nos da un abrazo cargado de lágrimas. “Gracias por no dejarnos solos”, murmura.

A pocos metros de Ramón, otra carpa aloja a María Schoo, Licenciada en Historia del Arte y restauradora, que también quedó  en la calle con su marido contador público.  Al otro lado de la plaza, otras familias acampan junto a sus hijos que llegan de cartonear.  Todos ellos invisibles, la televisión tal vez nunca pase por allí.  [ii]





[i] Los nombres de todos los niños fueron modificados.

[ii] Según el informe presentado en mayo por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el 32,5% de los argentinos es pobre. En los últimos meses cayeron en la indigencia 315.000 personas y se sumaron 1.400.000 nuevos pobres.
Unicef presentó hace pocas semanas su primer informe multidimensional de pobreza infantil.  En diciembre de 2015 el 30% de los niños nacidos en el país eran pobres.  Esto se traduce en cuatro millones de niños, de los cuales 350 mil están en situación de pobreza extrema.

sábado, 9 de julio de 2016

BICENTENARIO



Columna de Silvina Quintans para Radio Continental

  Foto tomada de http://veronicamartorell.blogspot.com.ar
 En la película La Terminal,  Tom Hanks pasa meses sin poder salir del aeropuerto porque el país del que proviene desaparece por una revolución y su pasaporte pasa a ser papel pintado. Tom Hanks es lo que técnicamente se llama un apátrida y que la ONU define como  “cualquier persona a la que ningún Estado considera destinataria de la aplicación de su legislación.”

Una definición fría y técnica, pero que tiene efectos devastadores sobre 10 millones de personas en el mundo. Cada diez minutos nace un niño sin nacionalidad.

Un apátrida no puede viajar de un país a otro porque no tiene pasaporte. No puede votar. En muchos casos se les niega el acceso a la salud, a la educación, a la seguridad social o a la jubilación. No consiguen un trabajo estable y legal. 

Hace muy poco hablábamos aquí de la cantidad de indocumentados que existen en nuestro país. Gente que nació aquí, que pertenece a esta patria, pero que por distintas razones no accedió a su documentación, una situación comparable a la del apátrida,  en un estado que debería conceder los derechos de ciudadanía a todos los que nacen en él.  

La palabra “apátrida” nos hace pensar en la falta de patria. Y tal vez sea la primera forma de abordar una palabra que ha sido bastardeada muchas veces, utilizada de manera solemne, brutal o demagógica. Una palabra de la que abusaron, por ejemplo, los gobiernos militares. Cuando uno piensa en su negación, en la ausencia de patria,  en la situación del “apátrida”, toma conciencia del sentido de pertenencia y de los derechos que implica, aunque en muchos casos no se cumplan. 

Esta mañana me tomé el trabajo de buscar la palabra “patria” en el diccionario de la RAE. 1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.  

Esta última dimensión, la afectiva, es la que vibra en cada uno y la más difícil de definir. Porque en ese punto, el afectivo, cada uno habrá armado su propia patria. Para mí, allí está la mirada vidriosa de mi abuelo español cada vez que yo rendía un examen en la facultad, el orgullo por haber migrado a un país que le permitió a su nieta terminar la universidad, la patria está también en esa visión de la Cordillera que aparece de golpe cuando uno viene de horas de andar por las llanuras.  La idea de que uno se aleja un poco de la ciudad y lo esperan esas extensiones infinitas de tierra y de horizonte. La solidaridad, las puertas abiertas, las charlas de café, los amigos, la familia, el afecto, todo eso para mí es la patria, o debería serlo. 

Como dice Borges: “Nadie es la patria, pero todos lo somos”. 

Y hay otra cita que me gusta mucho y que suelo recordar en estas fechas. Pertenece al escritor argentino Federico Jeanmaire, de un libro que se llama, precisamente, La Patria.

“A pesar de tantas porquerías que se han hecho a partir de su mal uso. Me gusta, todavía hoy, esta noche, la palabra patria. Me parece necesaria a la hora de unir algunas cuestiones. Imprescindible, casi (…). Estoy convencido de que se trata de algunas cosas, apenas, muy pocas, pero al mismo tiempo insustituibles. Cosas que llevamos clavadas, guardadas, amontonadas entre los pliegues del cuerpo. Y que se llevan con uno, siempre. A cualquier parte. A todas partes.”

viernes, 24 de junio de 2016

UN HOMENAJE A GRACIELA MANCUSO



Una nota musical, una canción, una voz: hay sonidos que despiertan un recuerdo olvidado. Yo tenía 13 o 14 años y cada noche me sentaba con los auriculares en el piso del living para celebrar un ritual.  Un ritual secreto, penumbroso, tan solitario como la nostalgia de la adolescencia.  El cable de los auriculares era un cordón umbilical que me unía a un mundo acuoso, cálido, uterino: el de la radio. Allí estaba la voz de Graciela Mancuso que me hablaba a mí, tan menudita, tan tímida, acurrucada en un rincón. Esa voz  exploraba mundos imaginarios, descubría músicas lejanas, notas que sonaban diferente. Una voz que me hacía crecer.

El programa se llamaba Experiencias e iba a de 22 a 2 por la FM de Continental.  Allí se podía escuchar una voz amiga y  música que no tenía aire en otros espacios.  Allí descubrí por primera vez los temas de The Wall, el disco de Pink Floyd que había prohibido la dictadura, o La vida secreta de las plantas, una obra maestra de Stevie Wonder. Cada media hora pasaban tres temas de “Música nacional contemporánea”, un género que antes de la Guerra de Malvinas casi no tenía espacio en las radios.  Por allí desfilaban desde Spinetta, Charly o León Gieco hasta Pastoral o Vivencia. 

Muchos de los que crecimos en la época de la dictadura intuíamos en los programas de Graciela Mancuso (Flecha Juventud, Experiencias, Sonrisas) un resquicio de libertad y creatividad. Una educación sentimental para adolescentes que nos congregábamos en un espacio imaginario guiados por la música. Un cuarto propio. La radio como refugio.

Esta mañana la muerte de Graciela Mancuso me devolvió los recuerdos olvidados y un sentimiento enorme de gratitud. La radio, ese lugar que con las vueltas de los años otra vez me ampara. Sin aquellas palabras y sin tanta música, no la habría descubierto. Gracias, Graciela.


SOLSTICIO DE INVIERNO 2016



Texto y foto: Silvina Quintans

 “Feliz solsticio de invierno”, desea una amiga de Facebook. Es una médica de Villa Pehuenia que atendió a Nico este verano, cuando estuvo internado unas horas  en un centro de salud por una gastroenteritis.  Charlamos un rato largo mientras goteaba el suero en el brazo de mi hijo. Me contó sobre las “veranadas”, cuando sale de recorrida para dar asistencia a las poblaciones trashumantes,  de la vida en la Cordillera, de las limitaciones, del invierno blanco. Imaginé las araucarias cubiertas de nieve, el olor de la leña, las montañas silenciosas, el lago rígido y congelado.  El amparo y el desamparo del frío.  Nico resucitaba de a poco al ritmo de la hidratación,  mientras nosotras seguíamos conversando.  La ventana devolvía los colores hirientes del verano. Seis meses después de aquel solsticio estival a los pies de la Cordillera, la misma médica me recuerda que el otro solsticio comienza en aquel rincón que alguna vez imaginé como mi lugar en el mundo.     

Hoy fue un día más en la radio, salí al mediodía y regresé cuando empezaba a oscurecer. Decidí cambiar de camino para volver a casa y atravesar el Parque Rivadavia. El pasto seco, los árboles pelados,  la gente paseando perros, el olor del frío. En un rincón del parque que da sobre la calle Rosario hay dos araucarias gigantescas con hojas bellas y hostiles como puercoespines. Alguien decidió aislarlas con un cerco de cinta amarilla, como si pertenecieran a otra geografía. Presumo que fueron segregadas para evitar que el desprendimiento de sus ramas lastime a algún transeúnte. Esta tarde me detuve a mirarlas, tan altas, majestuosas, distantes. Alguien las trajo de lejos, las plantó, las vio crecer, y ahora las separa del resto como si fueran reinas desterradas. El invierno es la estación de la soledad.

Llego a casa y chequeo en el balcón los dos plantines de araucaria que trajimos de Pehuenia en el verano y que plantamos en macetas. Casi insignificantes, pinchudos, invadidos por una horda extrovertida de helechos. Se me ocurre que el invierno son estas hojas retraídas como agujas.
Ya es la noche del solsticio, la noche elegida cada año para buscar pequeñas señales, hilos invisibles que conducen los días, como si el sentido existiera. Trato de tejer un destino de araucarias, ramas que entrelazan solsticios con geografías. Durante varios años con un grupo de escritores y gente aficionada a las letras hacíamos el ejercicio de relatar este día corto y esta noche larga. El grupo que convocaba mi amiga y profesora Cecilia Sorrentino se disgregó y la costumbre se fue perdiendo. Todavía extraño la nocturnidad de aquellos relatos. Tal vez por eso me emocioné al leer esta mañana aquella frase:  “Feliz solsticio de invierno”. Como si necesitara las palabras para despertarme de tanto invierno.

martes, 14 de junio de 2016

BORGES SUBRAYADO

Columna de Silvina Quintans para Radio Continental



¿Qué se puede decir de Borges que no haya sido dicho?   Como no soy especialista en el tema, pero la fecha me trae muchísimos recuerdos ,  se me ocurrió volver sobre lo subrayado.

Volver sobre los libros subrayados es un ejercicio interesante porque arma un mapa íntimo de lectura en el que a veces nos desorientamos: ¿por qué habré subrayado esto?.¿En qué momento? La cuestión se acentúa cuando el libro es un grueso tomo de Obras Completas de Borges, que de completo no tiene nada porque después de que se editó  él siguió escribiendo, y tal vez nunca esté completo porque es un escritor inagotable. Un tomo que una no leyó de punta a punta,  pero fue leyendo en distintas etapas de la vida

Me reencontré con estos versos extraordinarios que debo haber subrayado en noches de insomnio y melancolía::
Mi nombre es alguien y cualquiera
 Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.

Sigo y  me topo con frases del libro Evaristo Carriego  que utilicé para un artículo que escribí hace  muchos años sobre la ruta del tango.

Antes era una orgiástica diablura, hoy es una manera de caminar.
Tal vez la misión del tango sea esa: dar a los argentinos la certidumbre de haber sido valientes, de haber cumplido ya con las exigencias del valor y el honor.

Sigo hojeando, me sorprende lo ecléctico del libro, lejos de la solemnidad con la que se lo asocia, Borges tenía mucho sentido del humor. Un humor irónico que requiere cierta complicidad y esfuerzo de quien lo lee.

En El arte de injuriar encuentro subrayada una frase: 

“El hombre de Corrientes y Esmeralda adivina la misma profesión en las madres de todos” . El uso de los verbos puede también ser una forma de injuria: cometer un soneto o emitir artículos.

En su lucidez descubre que la palabra Doctor puede significar una injuria  o una “aniquilación”.  “Mencionar los sonetos cometidos por el doctor Lugones  equivale a medirlos mal para siempre, a refutar cada una de sus metáforas. A la primera aplicación de Doctor, muere el semidiós y queda un vano caballero argentino que usa cuellos postizos de papel, se hace rasurar día por medio y puede fallecer de una interrupción en las vías respiratorias. Queda la central e incurable futilidad de todo ser humano.”

Borges se mete con la vida cotidiana, con el lenguaje de los argentinos, describe su barrio, los arrabales, los guapos y cuchilleros, pero cuando uno avanza en las páginas, se encuentra también con la Historia de la Eternidad, los laberintos, las bibliotecas, los espejos. Sobre los espejos, tengo subrayada una frase que habré marcado en un momento no demasiado optimista o de desilusión sentimental:  “los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de hombres.”

Sigo avanzando y  me encuentro con una frase que  me quedó marcada a fuego. Es la frase inicial del cuento  Las ruinas circulares: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. La primera vez que leí este cuento fue en la escuela y no pude sacarme de la cabeza la palabra unánime. A los periodistas nos reprimen con el uso de los adjetivos, por eso, cuando tengo alguna duda, me acuerdo del “unánime”. Borges no escribe “oscura noche”, ni “negra noche”, escribe “unánime noche”,  y eso es literatura: la maestría de colocar una palabra inesperada junto a otra que uno nunca  asociaría con la primera. Con ese adjetivo Borges reinventa la palabra “noche”:  hace que uno se detenga y la imagine más oscura y negra que cualquier otra noche.

En fin, salto a una pilita de libros que escribió después de las Obras Completas. Hay  un compilado de conferencias que se llama Siete Noches donde reflexiona: “Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario, es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin.”

Hasta aquí mi recorrido íntimo, desordenado y poco profesional, cada lector está invitado a subrayar sus propias páginas.


martes, 7 de junio de 2016

DIA DEL PERIODISTA 2016

Columna de Silvina Quintans para Radio Continental.


Este año se cumplen 20 desde que me recibí de periodista en TEA y sigo pensando que la curiosidad es el motor del periodismo. Hay una frase algo despectiva, pero que viene a cuento en este día: “el periodismo es un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad”.  Los periodistas nos largamos a veces a explorar como podemos ese océano interminable que puede estar muy lejos, o en aquello que vemos todos los días. A veces nadamos en él, a veces nos hundimos, a veces no llegamos a sumergirnos, pero hay tantos océanos que no alcanza la vida para explorarlos.

Y mientras nado como puedo, me gusta volver una y otra vez sobre un librito muy chico que tiene un nombre más que oportuno: “Los cínicos no sirven para este oficio”, del cronista polaco Ryzsard Kapuscinski .

No puede ser periodista el que cree en la objetividad de la información, cuando el único informe posible siempre resulta personal y provisional.  No puede ser periodista  el que no es curioso ni lo suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia.

Mucho del periodismo tiene que ver –o debería- con encontrar la dimensión humana de las historias. Todos tenemos algo para contar, hay que saber escuchar, mirar, ponerse en el lugar del otro. Y para eso el cinismo es una mala herramienta

Este año por primera vez se le dio el Premio Nobel de Literatura a una periodista que reivindica su oficio: la bielorrusa Svetlana Alexievich. El premio terminó de zanjar un debate eterno que excluía al periodismo de la literatura, como si se tratara de una hermana menor.

Svetlana cuenta historias pequeñas de personas que han sufrido la guerra, la devastación de Chernobyl, la caída del comunismo. Mira la guerra con microscopio, contando el alma humana, como lo hicieron los grandes escritores rusos como Dostoievsky o Tolstoi. Solo que lo que cuenta Svetlana no es ficción. Hizo un trabajo obsesivo y recopiló miles de voces que arman un coro en sus libros, que cuentan el dolor y la experiencia humana.

En su libro La guerra no tiene rostro de mujer dice: “Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma… El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El “cómo fue” no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano?¿qué ha visto y qué ha comprendido?”

Svetlana no escribe la Gran Historia sino la historia con minúscula, la de los pequeños hombres y mujeres con sus testimonios en carne viva.

En los diarios, en los portales, en las noticias, esas pequeñas historias van tomando cuerpo. La gente se apropia de ellas. Porque son importantes los números cuando hablamos de pobreza, pero duele cuando escuchamos a un papá que no puede mandar a su hijo a la escuela porque no puede pagar el boleto. Podemos hablar de violencia de género en números, pero al escuchar las historias de las víctimas y el testimonio desgarrador de sus familiares la noticia toma carnadura y otra dimensión.
Esa dimensión humana que excluye cualquier cinismo. Un funcionario puede hablar de números, estadísticas o promesas, pero allí están las historias reales para confirmar o desmentir. Las personas están detrás de esos números, el periodista no debe olvidarse de ellas.


El periodismo sigue siendo un océano de centímetros de profundidad, pero también una manera de tomarle el pulso al mundo.

sábado, 4 de junio de 2016

¿Por qué volver a marchar por #NiUnaMenos

Columna de Silvina Quintans para Radio Continental.


Los cambios culturales a veces son imperceptibles, pero avanzan de manera inexorable. En los últimos años reemplazamos la poco feliz expresión “crimen pasional” por femicidio, hablamos de “acoso callejero” en lugar de piropos, empezamos a entender que la víctima de abuso no es culpable por cómo estaba vestida, ni por salir de noche, ni por viajar sola. Ser machista pasó de ser un orgullo a ser un estigma poco deseable. Pero todavía quedan muchas asignaturas pendientes.

Esta mañana el conductor de un noticiero pontificaba por televisión que era injusto que sólo se hablara de violencia de género cuando se trata de una mujer o de una persona travesti o trans. “¿Qué pasa cuando el agredido es un hombre?¿No es también violencia de género?”, se preguntaba. El planteo se replica en un estudio hecho por la UNTREF: el 71% de los encuestados consideró que violencia de género es “el maltrato recibido tanto por mujeres como por hombres por igual”.

Por supuesto que cualquier manifestación de violencia hacia un hombre debe ser condenada, sea quien fuera el agresor o agresora, pero no se trata de violencia de género sino de violencia a secas. La violencia contra las mujeres se da en otro contexto, en una sociedad desigual que en la vida cotidiana considera que no tenemos los mismos derechos que los hombres. Esa cultura de la desigualdad la convierte en violencia de género. Porque esa mujer es considerada una posesión de su pareja, un objeto a ser tomado y desechado (lamentablemente muchas veces de manera literal), un cuerpo allí dispuesto para que se le diga cualquier cosa, se lo toque o agreda.

El día que esa desigualdad termine, el día que termine la brecha salarial entre mujeres y hombres, el día que tomemos las mismas responsabilidades en las tareas domésticas, el día que accedamos  a los mismos puestos de poder,  el día que se reparta el cuidado de los niños y personas mayores, el día que una mujer pueda salir a la calle vestida como se le ocurra sin temor a que le digan cualquier cosa, el día que vivamos en una sociedad de pares, entonces dejaremos de hablar de violencia de género para hablar de violencia a secas.

Hay algunas costumbres que distan de la violencia física, pero que forman parte de una cultura de la desigualdad que empieza desde los juegos infantiles donde las nenas deben ser bonitas, calladitas y sumisas,  y los varones fuertes, agresivos y poderosos. Hace poco una famosa tienda española tuvo que dar marcha atrás con unas remeras para bebés que decían: “Inteligente como papá” en celeste. Para ellas, en rosa,  la leyenda era: “Bonita como mamá”.

¿En cuántas casas de familia solo se levantan las mujeres a la hora de poner los platos o sacar la mesa?, ¿en cuántas reuniones las mujeres quedamos charlando en la cocina, y los hombres se sientan en el living?. ¿Cuántas veces se le dice a un nene que llora como una nena?, ¿cuántas veces se nos tilda de exageradas, locas, demasiado emocionales, o se minimizan nuestros puntos de vista?.
Pequeñas escenas de la vida cotidiana, muchas veces bienintencionadas, de las que poco a poco vamos tomando conciencia. Ir desarmando estas estructuras va a ser un trabajo largo, pero va a dar sus frutos:  la educación es fundamental para que nuestros hijos e hijas no reproduzcan modelos de desigualdad.

Por eso debemos marchar esta tarde junto los hombres, que fueron muchos en la marcha del 3 de junio de 2015 y hasta se animaron a armar su propia marcha desfilando con polleras contra la cultura patriarcal.

Desarmar prejuicios, reinventar modelos, erradicar viejas estructuras. Es mucho lo que queda por hacer, pero el primer paso es tomar conciencia. Por eso hoy salimos de nuevo a la calle. #NiUnaMenos.