martes, 30 de junio de 2020

Diccionario de la cuarentena - Cuarentena


Texto y diccionarios: Silvina Quintans


En estos días empezamos a incorporar palabras a nuestro vocabulario que rara vez utilizábamos antes de la pandemia. La propuesta es rescatar los términos nuevos o las nuevas acepciones que tomaron viejos vocablos. Empezaremos por el más obvio y trillado: cuarentena


La RAE define así una de sus acepciones: Aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales.

La palabra cuarentena es de origen latino y se traduce como cuatro veces diez, es un concepto que ya se utilizaba en la Biblia, entre los griegos y los romanos en los siglos V y VI AC. Sin embargo, la cuarentena se origina formalmente en el siglo XIV, en Italia, como una medida para controlar las epidemias de peste negra que azotaban a Europa y que obligaban a los barcos y personas que provenían de Asia a esperar 40 días (“Quaranta giorni”, en italiano) antes de entrar en las ciudades.  También era el tiempo durante el que se aislaba a los enfermos, de aquella época proviene la máscara veneciana del médico de la Peste, esa temible imagen de nariz larga y ganchuda, donde se insertaban hierbas aromáticas y paja a modo de filtros, artesanales precursores del barbijo.

La historia de las cuarentenas llega hasta el siglo XX. Hace 50 años, cuando regresaron los astronautas del Apolo XI de la luna, se los sometió a una estricta cuarentena en el Laboratorio de Recepción Lunar desde el 24 de julio hasta el 10 de agosto, es decir, 17 días.  Ni bien amerizaron en Hawaii les calzaron las escafandras, los rociaron con lavandina y los enclaustraron en un recinto móvil hermético para luego confinarlos en un laboratorio. La idea era evitar que supuestos gérmenes traídos desde la Luna pudieran contaminar la Tierra.  

Vuelvo al diccionario de la RAE, encuentro otra de las definiciones de cuarentena y me pone la piel de gallina: Tiempo de 40 días, meses o años.  CUARENTA DÍAS, MESES O AÑOS, y ya pasamos con creces los cuarenta días.  
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Los miembros de la RAE , entre otras cosas, están estudiando cómo transformar en verbo el término cuarentena. ¿Hablaremos de cuarentenar, cuarentenear y encuarentenar? Mientras tanto, roguemos para que en algún momento incluyan el verbo desencuarentenar y nos den una luz de esperanza. 

Saltamos entonces al diccionario de refranes: no hay mal que dure 100 años , ni cuerpo que lo resista. No sé si es un consuelo o una cruel premonición.

miércoles, 17 de junio de 2020

Contracrónicas de cuarentena - Joggings, calzas, barbijos y corpiños

Texto: Silvina Quintans

A veces las redes sociales logran que nos sintamos menos solos. Cuando leí este tuit sentí una comunión de sentimientos, una revelación, casi una epifanía:

-Marie Kondo y tu puto orden, quiero recuperar toda la ropa de entrecasa que regalé.

Ayer en una de estas charlas virtuales con las que nos consolamos de tanto encierro, una amiga que suele andar muy elegante, confesó que desde que empezó la cuarentena alterna entre dos pantalones de jogging maridados con Crocs, ese calzado noble y feo que cabalga entre la ojota y el queso gruyere. El gran acontecimiento fue que se compró un tercer jogging verdoso para incorporar una variante. 

Uno de los pocos rubros que florecen durante la cuarentena es el de los pijamas y la ropa de entrecasa. Las grandes marcas archivaron por el momento la alta costura para remplazarla por “equipos” (palabra muy cara al mundo de la moda) para estar en casa. Debe haber gente que invierte en este rubro, sobre todo las famosas, que decidieron retratarse en pijama en sus redes sociales, como si se pudiera ser glamoroso después de tres meses de cuarentena. Pero lo cierto es que para el común de los mortales la ropa de entrecasa no es otra cosa que buzos, remeras y joggings viejos confinados en el fondo del placard, si es que lograron salvarse de las garras de Marie Kondo.

El jogging y la calza, esas prendas tantas veces menospreciadas, se convirtieron en nuestra segunda piel durante la cuarentena.  Otra prenda de cuarentena es el barbijo, accesorio que reclama su cuota de glamour. Y si no pregúntenle a Dolores Barreiro que no escatimó onda ni precio: 13.500 pesos.
Pero en esta fiesta de  joggings, calzas, pijamas y barbijos, hay una prenda que quedó confinada: el corpiño.  

-        -   Che, se acuerdan del corpiño?, tuiteó alguien en la red del pajarito
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Miles de mujeres confesaron que aprovecharon la cuarentena para librarse de esa tortura de telas, ganchos, elásticos y aros que comprimen y levantan. Si en los 60 quemaban corpiños como signo de liberación, hoy alcanza con dejarlo en el cajón o reciclarlo como barbijo.

Ni hablar de los jeans –prenda incómoda si las hay para andar de entrecasa- del maquillaje, de los tacos altos, de los trajecitos o minifaldas que también quedaron colgados.  

¿Qué nos depara la "nueva normalidad"? ¿Veremos legiones de joggings y calzas en las salas de espera, los edificios públicos, los teatros y las oficinas? ¿Volveremos a ese instrumento de tortura llamado push up? ¿Caminaremos erguidas sin necesidad de hacer equilibrio sobre tacos y plataformas?

Habrá que hacer frente a tanta incertidumbre, pero mientras tanto, nada de andar retrocediendo en chancletas.



martes, 16 de junio de 2020

Contracrónicas de cuarentena - Las pelusas debajo de la cama

Texto: Silvina Quintans

Joven barriendo de Francisco Goya
La cuarentena ha dado resultados sublimes para algunos. Shakespeare escribió Macbeth y sus bellísimos  sonetos durante sucesivas cuarentenas, Newton descubrió las leyes de la gravedad, Frida Kahlo empezó a pintar después de tener el accidente en el tranvía que la dejó en cama durante meses y Banksy armó una obra de arte con graffitis en su propio baño.

Pero no todos somos tan excelsos. Yo tengo que confesar que envidio a todos aquellos que usan la cuarentena para devorarse la biblioteca, agotar el catálogo de Netflix o dejar la casa impecable.

 Hay cierta exigencia de productividad ligada al tiempo en casa. El razonamiento sería así: ya que no voy a salir tengo que aprovechar el tiempo y aprender carpintería, hacer los cursos gratuitos que pusieron on line las universidades más prestigiosas del mundo, retomar hobbies que había largado hace años, mantenerme en forma, cocinar rico, sano y barato, escribir una novela o encarar todas esas actividades que tenía postergadas o, como se dice ahora, procrastinadas.

Y estamos los demás: los que no nos podemos concentrar. Los que no pudimos encarar los arreglos de la casa ya sea por falta de tiempo o de ganas, los que miramos los libros acumulados como una epopeya más desafiante que escalar el Everest, los que lejos de comer más sano, arremetemos contra la heladera para calmar la ansiedad.

Sin embargo, las inquietudes a veces también afloran aunque no levanten demasiado vuelo. En estos días me sorprendí a mi misma buceando en las profundidades de internet para explorar un artículo titulado  “Por qué se acumula la pelusa en las casas”

Una pregunta con una respuesta desoladora: la pelusa es un destino inevitable. El secreto de la 'supervivencia' de las pelusas está en los movimientos que hay en la casa. Cuanto más nos movemos, más pelusas. Es una masa de pelos, polvo, piel muerta, telarañas y  fibras que se acumula en los rincones por arte de la atracción electrostática.

Cuando termine la cuarentena no habré escrito los sonetos de Shakespeare, no habré pintado los autorretratos de Frida Kahlo, no habré encarado la novela que tengo inconclusa desde hace tantos años, pero al menos podré contemplar las pelusas acumuladas debajo de la cama y asumirlas con la resignación del que sabe que enfrenta un destino imposible de torcer, en este caso gracias a la atracción electrostática, expresión que ya mismo estoy incorporando a mi diccionario de la cuarentena.



lunes, 4 de mayo de 2020

Contracrónicas de cuarentena - Vidrieras desteñidas

Texto y fotos de Pompeya: Silvina Quintans



Anoche salí a dar la vuelta al perro. Salgo a la medianoche, cuando la calle está desierta y solo circula alguna bicicleta con repartidores.  Cuando se acerca algún vecino correa en mano, tratamos de enfilar hacia el otro lado, y si el encuentro resulta inevitable, tironeamos de las correas para que ni los perros puedan cruzarse.

La manzana donde vivo suele tener mucha vida en las calles, pero hoy se parece a un pueblo fantasma. Hay un record de peluquerías que cerraron hace un mes, una tradicional panadería que ataja clientes con alcohol en gel, un supermercado poblado de estantes vacíos, un bar que cerró hasta nuevo aviso, un exclusivo restaurante que reemplazó sus platos gourmet por la venta de pollos, huevos y milanesas crudas, y una veterinaria que ahora vende barbijos a pedido. Las estrategias de supervivencia son de lo más variadas.

Mi rincón preferido es un negocio de ropa que desde hace décadas es posta obligada para todas las mujeres del barrio. Tiene prendas lindas, variadas y a buenos precios. Ninguna mujer, cualquiera sea su edad y talle, sale con las manos vacías de ese lugar. Anoche, mientras paseaba el perro,  me detuve a mirar la vidriera, que habitualmente se renueva cada semana y suele estar un paso delante de la temporada. 

Pero ayer los maniquís todavía vestían mangas cortas y ropa gastada por el sol que denunciaba la ligereza anacrónica del verano. Desde hace más de un mes que nadie pasa por allí, los maniquís sudan en sus ropas abandonadas, y los carteles todavía anuncian horarios de atención que ya no existen. Un cataclismo los ancló a un presente ya gastado. Nada más triste que una vidriera desteñida. 


La imagen me recordó a un lugar que conocí hace un año en Italia. Pompeya era una ciudad pujante con quince mil habitantes, hasta que un día del agosto del año 79 DC, la erupción del volcán Vesubio petrificó en un instante las avenidas, mercados, viviendas y templos. Las ruinas de Pompeya aún están allí, con sus anchas calzadas por las que se desplazaban los carruajes, sus templos, tabernas y hasta lupanares.  En el siglo XIX, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli creó una técnica de relleno en yeso sobre los cuerpos encontrados en las ruinas, que logró recuperar con gran precisión el último instante de vida de las personas sorprendidas por la erupción. Algunas de estas escenas quedaron fosilizadas: una madre que intenta  proteger a sus hijos, gente que se cubre la cara para protegerse de las cenizas, un perro atado que no pudo huir, alguien aferrado a sus ahorros, una pareja de enamorados en un abrazo eterno. La ciudad entera congelada en ese instante.

El perro tironea, dejo la vidriera y enfilo para casa. Está fresco y espero que pronto alguien se apiade de los maniquís y los cubra con un saquito, una chalina, alguna bufanda, algo que recuerde que el tiempo pasa y que el frío acecha.




sábado, 2 de mayo de 2020

Contracrónicas de cuarentena - La aldea y el mundo


Texto y retrato de globo terráqueo: Silvina Quintans


Hace un par de días, me llegó un mail con un servicio que jamás había pedido,  pero que terminé incorporando a mi vida con cierto resquemor. Se trata de una función de Google llamada Timeline, que merced a la geolocalización activada en el celular, cada mes envía un estado de cuenta de cuántos kilómetros recorriste,  cuánto caminaste, por dónde anduviste y qué lugares nuevos conociste.  

La primera vez que lo recibí fue a fines de 2019, con un resumen anual y un mapamundi.  Se me infló el pecho cuando me enteré de que había caminado 408 kilómetros, pero el orgullo duró hasta que mi hijo me asestó un certero golpe aritmético: “mamá, eso es un kilómetro por día”. La aplicación, empero, está diseñada para levantar el ego: señala que visité 35 ciudades y que, de acuerdo a la cantidad de kilómetros recorridos, el año pasado di media vuelta al mundo.  

Ayer llegó el resumen de marzo y abril 2020, donde la curva se aplana –expresión tan de moda en estos días- y da un promedio de un kilómetro caminado en un mes, es decir, 33,3 metros por día. Busco consuelo en aquello de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Mi aldea: los dos mercaditos de enfrente, la verdulería de la esquina, los balcones de los vecinos, la vuelta a la manzana con el perro a medianoche. El mundo: un par de idas a la radio, trámites médicos para mis padres, y una salida a PAMI que fue una réplica del turismo de aventura.

Mirar la aplicación hacia atrás es como contar plata delante de los pobres. Hace apenas un año iba a caminar al parque, acababa de llegar de un viaje, disfrutaba de cenar con mis amigas o de sentarme sola en mi café preferido.  La tecnología me viene a mostrar cómo se acortó el horizonte en el último mes. Ahora cuenta los pasos de la cama al living, y  recordará que el mundo, que creíamos tener en la palma de la mano, todavía es ancho y ajeno.


Audio Radio Continental: https://ar.radiocut.fm/audiocut/columna-silvina-quintans-yendo-cama-al-living-en-cuarentena/

miércoles, 29 de abril de 2020

Contracrónicas de cuarentena - Las manos rasposas

Texto y guantes gastados: Silvina Quintans


Tengo las manos rasposas. A fuerza de darle a la lavandina, al trapo de piso, a la limpieza minuciosa de las superficies, las manos quedaron hechas una lija. A eso se suma el alcohol, los jabones y los ungüentos que les propino varias veces al día al ritmo del cumpleaños feliz.

Tal vez sea por eso que se rebelaron y me confesaron que no dan más. Así no hay crema que aguante, se quejan, y me advierten que ya les cuesta percibir la suavidad del pelaje cuando acarician al perro y que les da lo mismo agarrar un trapo con lavandina que deslizarse sobre una chalina de seda.

Les prohíbo que se acerquen a mi cara, pero ellas se rebelan. ¿Por qué no podemos hacerlo si llevamos toda una vida rascando narices, frotando ojos y peinando cejas?, me preguntan. Trato de ponerles límites,  pero no me hacen caso. Para contenerlas,  mientras hago las tareas de la casa las cubro con guantes. Ahí me convierto en la mujer maravilla, le hago frente a todo: desde sacarle la pelusa acumulada a la escoba hasta estrujar el trapo después de limpiar los desechos caninos. Nada me detiene cuando me pongo los guantes: me siento impune, puedo vencer el asco, la aversión y todas mis manías obsesivo-compulsivas. Pero cuando me los saco y las veo tan vulnerables y rasposas, me vuelve la culpa. 

En el último mes y medio me convertí en policía de mis propias manos. Vigilo cada objeto que tocan: el picaporte de la entrada, el botón del ascensor, la manija de la bolsita que me entrega la verdulera, el teclado de la compu, el paquete de fideos que retiro de la estantería. Me convertí en la madre castradora de mis manos, me empeciné en esterilizar todo aquello que tocan.

Ahora están demandantes, piden atención, reclaman cremas de marca como hijos malcriados. Hace pocos días se deprimieron porque el Dr. Fauci, el capo de la infectología en Estados Unidos, amenazó con que nunca más podrían estrecharse con otras manos. Eso las desanimó, no les gusta andar solas por la vida, así que ya encontraremos la manera, cuando todo esto termine, de que vuelvan a tener compañía.

Mientras tanto, les advierto que no se agranden, que se olviden del poema de Neruda que las compara con las alas de una paloma dorada. Por ahora, y hasta que consiga un buen suavizante, seguirán con su destino de papel de lija.


Audio radial: https://ar.radiocut.fm/audiocut/columna-silvina-quintans-manos-se-rebelan-en-cuarentena/

Contracrónicas de cuarentena - Anteojos


Texto y anteojos destruídos: Silvina Quintans



Perdí los anteojos justo una semana antes de que comenzara la cuarentena. Unos de marco colorado, preciosos, que me había mandado a hacer un par de meses, porque con los anteriores ya no veía nada. Trato de reconstruir los últimos movimientos, de pensar dónde habrán huido y recuerdo que la última vez que los vi fue hace un mes en una visita a mi mamá que estaba internada en un hospital de la colectividad italiana. Se quisieron quedar allí, abandonaron su cajita de plástico rojo y se fueron para nunca más volver.  Tal vez me estén escuchando y decidan regresar a casa, los recibiré con los brazos abiertos.

Las personas de cierta edad necesitamos lentes distintos para mirar de cerca y de lejos. Los que perdí eran los indispensables: los que sirven para leer, estudiar, trabajar. Volvieron entonces a mi vida los anteojos que había descartado por deformes, rayados y viejos. Y así ando a tientas hasta que las ópticas salgan de la cuarentena.

Pienso en las personas que tienen problemas graves de la visión, que pierden autonomía sin los anteojos y no pueden manejarse solas. En el país hay 4500 ópticas que están pidiendo a las autoridades que evalúen su actividad como esencial para aquellas personas que pierden o rompen sus anteojos. Están evaluando un protocolo con condiciones de higiene para retomar sus actividades.

Hay un cuento de Edgar Allan Poe llamado Los anteojos. En él un joven  vanidoso termina casándose con su tatarabuela por resistirse a calzarse los lentes. “En la velada musical, mi necia obstinación en no usar lentes fue lo que me impidió descubrir su edad”, se queja el protagonista. Finalmente todo había sido un engaño, el casamiento ficticio, pero el joven aprendió su lección y acepta resignado: “se terminaron para mí las cartas de amor, y jamás volverá alguien a verme sin mis anteojos”

Espero no cometer un error tan grueso como el del protagonista del cuento. Mientras tanto, me ilusiono con que mis divinos anteojos de marco colorado decidan dejar la caja de objetos perdidos en la que seguramente estarán refugiados, o que el gobierno se apiade de quienes andamos a tientas y se decida a habilitarnos las ópticas.



Nota: Un día después de leída la nota un decreto habilitó las opticas como servicio esencial. No pude recuperar aún mis anteojos, pero tengo la esperanza de encontrar un par nuevo tan precioso como los de marco colorado. 


lunes, 27 de abril de 2020

Contracronicas de cuarentena - El budín esponjoso

Texto y budín de zanahoria: Silvina Quintans



Al lado de mi casa hay una rotisería que desde hace muchos años trabaja muy bien. Sus platos tienen el sabor de la comida casera y muchas de las personas del barrio que viven solas o no saben cocinar suelen comprarle todas las noches. Hace un par de días, el dueño se quejaba porque con esto de la cuarentena a todo el mundo se le dio por cocinar: “Aunque parezca mentira, entre mis clientes del barrio estoy vendiendo menos”.

Los días de cuarentena son propicios para probar con la cocina. Somos muchos los novatos que de pronto nos sorprendemos mirando el Gourmet, cazando recetas en Instagram, buscando ingredientes y utensilios que jamás habíamos escuchado nombrar.  Allí estamos, intentando que fluya una nueva habilidad que hasta ahora se nos había negado.

Privados de nuevos horizontes, empezamos a explorar la alquimia de la cocina y nos maravillamos frente a la capacidad de la materia para convertirse en otra cosa. Un grano de trigo en un pedazo de pan, un atado de espinaca en una tarta colorida, una papa en un plato de ñoquis. Aunque no siempre el resultado es ideal: también surgen fideos pegoteados, milanesas crudas, budines aplastados,  y ni hablar de hacer un caramelo para el flan, que en casa costó un bowl de cerámica y una cuchara que quedó incrustada en el mazacote de azúcar quemada.

En estos días releí el cuento El budín esponjoso, de la escritora argentina Hebe Uhart, en el que una nena se ilusiona con cocinar un budín de esos que brillan en las cajas de los productos. El cuento es breve,  está situado en tiempos de la cocina económica, que funcionaba a leña.  Para evitar el incordio de poner en marcha semejante artefacto, la madre lleva a su hija al galpón, enciende un calentador, y le pide que vierta la preparación en una olla. Le encomienda muy especialmente que no abra la tapa del recipiente hasta que ella vuelva. La nena no puede con su curiosidad y la levanta con un palo. La torta queda convertida en una masa apelmazada y poco elegante, que lleva a la protagonista a una reflexión contundente:


  - Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable

El final del cuento es trágico:  

-Yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

Tal vez le sirva de consuelo a la nena, muchos adultos seguimos condenados a esa lógica inevitable

Audio radial con Roberto Moldavsky: https://ar.radiocut.fm/audiocut/columna-silvina-quintans-budin-esponjoso/

Contracrónicas de cuarentena - Barbijos y máscaras venecianas

Texto y fotos: Silvina Quintans



Las estatuas de Buenos Aires amanecieron este lunes con las bocas tapadas. No fue un acto de vandalismo sino una acción deliberada del gobierno de la ciudad,  ansioso por predicar con el ejemplo,  mientras anunciaba que a partir del miércoles habrá que salir con barbijos o “tapabocas” so pena de cuantiosas multas.  Los barbijos tienen que ser caseros, así que olvidemos el gesto mezquino de ir a saquear el stock de las farmacias, porque los profesionales están reservados al personal de salud.

Entonces resulta que de un día para otro, nosotras, las que huíamos en la hora de actividades prácticas, las  que implorábamos el socorro de nuestras abuelas a la hora de coser un botón, nos topamos frente a frente con complejos instructivos que en muchos casos exigen ese aparato en vías de extinción llamado máquina de coser. Y allí estamos, hurgando en los placares entre sábanas y remeras viejas, tratando de ensartarnos una gomita en la oreja y pelándonos las pestañas buscando un tutorial que nos exima –Dios nos libre- de la dichosa máquina de coser.

Las redes se poblaron de gente que saca provecho de servilletas de papel, rollos de cocina, filtros de café, bolsas de aspiradora, bufandas y hasta corpiños viejos. Y están los que fabrican escafandras con botellas o radiografías viejas, y los que arrancan los elásticos de los joggings en desuso. Tanta creatividad al servicio de esa nueva palabrita que pasó a formar parte de nuestras vidas: el mal llamado “tapabocas”, ya que, como bien me aclararon los oyentes, debería tapar nariz, boca y barbilla.

La idea de detener la enfermedad con una barrera física no es nueva. Desde la  peste bubónica que en el siglo XIV se llevó las vidas de un tercio de la población de Europa - unos 25 millones de personas-,  se idearon formas más o menos ingeniosas para evitar el contacto.

Una de las máscaras venecianas más famosas es la del Médico de la Peste, rescatada luego por la comedia del arte, actualmente en venta como adorno de carnaval. Se trataba de médicos ad hoc –muchas veces eran ciudadanos sin estudios reconvertidos en médicos- que iban con una vestimenta especial a atender a los enfermos de peste. Lucían sombrero de ala ancha, capa de cuero encerada, botas y una máscara que cubría los ojos, la nariz y la boca con una larguísima nariz en forma de pico. En esa nariz se ponía paja para filtrar los microorganismos y hierbas aromáticas que aventaban enfermedades y  malos olores. La nariz también servía para no acercarse demasiado al paciente;  llevaban además un bastón para castigar al enfermo y para mantener lejos a los curiosos.

Quinientos años después , aún pensamos en máscaras como barreras para protegernos del mundo. El escudo de una tela como respuesta a la fragilidad. 


Contracronicas en cuarentena - Oda a la lavandina


Texto y lavandina: Silvina Quintans


Todo hogar tiene sus olores: el aroma de la comida recién hecha, de la ropa lavada, la leña si tienen una chimenea. En estos días el olor a hogar es el olor a lavandina. El vaho de la lavandina al abrir la puerta de calle da sensación de protección, como cuando éramos chicos y nos sentíamos a salvo al cantar piedra libre. 

La lavandina es hipoclorito de sodio, también conocida como lejía en España, cloro en otros países como Chile y México. Desde hace años este noble producto con su envase de plástico amarillo con manija  se había convertido en el patito feo de la estantería. Su reinado había cedido ante una oferta cada vez más sofisticada  de líquidos, cremas y aerosoles destinados a rincones cada vez más específicos. Spray para vidrios, desengrasante para cocinas, crema perfumada para los baños, brillo mate natural para los pisos.

Ahora la lavandina volvió a su reinado y debería cotizar en bolsa. Dificil encontrarla en los estantes que solia frecuentar. Tuvimos que aprender a diluirla: un pocillo de café (100 ml) en un balde con 10 litros de agua,  una cuchara sopera (10 ml) en 1 litro de agua.  La lavandina es ermitaña, le gusta andar sola. Cualquier compañía de otro producto de limpieza le viene mal, tan mal que si la mezclamos con detergente, por ejemplo, libera gases con efectos tóxicos. Ni hablar de mezclarla con amoníaco, juntos son potencialmente letales. Ni siquiera acepta la compañía del vinagre, otro producto noble y modesto.

Tampoco le gusta que la toquen, te exige un buen par de guantes.  Y ni hablar de cuando se enoja y te salpica en estado puro, capaz de convertir la más sofisticada de las telas en un trapo manchado y descolorido. Solita y al aire, le gusta andar, ventilándose por los ambientes.

Algún día los hogares volverán a oler a flores, a sahumerios, a lavanda, a vainilla. Mientras tanto, la lavandina seguirá siendo la reina del hogar, modesta y sudorosa luchadora contra el enemigo invisible.


Audio de columna radial: https://ar.radiocut.fm/audiocut/silvina-quintans-y-roberto-moldavsky-sobre-barbijos-y-lavandina/

miércoles, 15 de abril de 2020

Las Vegas, entre las luces y el pecado


Texto y fotos: Silvina Quintans


1.- Sin City

Sin City, la llaman, y hace honor al nombre. El viernes por la noche en el Strip -la franja del Boulevard Las Vegas donde se concentran algunos de los hoteles más importantes del mundo-,  las chicas se calzan las plumas, se colocan dólares en el corpiño y salen a cazar clientes. En tiempos de #MeToo y Time´s Up, en  Las Vegas todos redoblan la apuesta. Hay camiones con enormes publicidades que ofrecen “Girls direct to you”,  y hay hombres en las esquinas que susurran “strip club, strip club”, como los arbolitos que ofrecen dólares en la calle Florida. Un hombre joven está a punto de entregar un folleto de oferta de sexo a mi hijo de 18, pero me ve y se lo guarda en el bolsillo.  Nada más sagrado que una madre.   

En Sin City, mezclados como la biblia y el calefón, los muñecos de Mickey y Goofy confraternizan con las chicas de la noche que llevan los pechos al aire y alas de mariposa en la espalda. Intercambian risas, admiran las aguas danzantes del hotel Bellagio y, cuando termina el espectáculo, se van caminando de la mano.

 “Thunder from down under” (Trueno desde allí abajo), se llama el espectáculo de strippers para público femenino que se publicita en los carteles en las calles con cuatro muchachos fornidos con el torso descubierto. Mis hijos adolescentes adoraron la sutileza de la metáfora.

Tres hombres y una mujer nos atajan a la salida de una escalera mecánica con enormes pancartas: “JESUS SAVES YOU FROM HELL” ,  “ABORTION IS MURDER, YOU DESERVE HELL”. Es sábado a la noche,  la multitud en el Strip es tan compacta que apenas permite avanzar, parece una oportunidad inigualable para captar fieles. La voz en el micrófono repite como una letanía: “You are sinners, get away from hell, Jesus saves you, refrain from fornication, gambling, pornography and sodomy” (Son todos pecadores, aléjense del infierno, Jesus salva, absténganse de la fornicación, el juego, la pornografía y la sodomía). La multitud los esquiva con indiferencia, hasta que pasa un grupo de borrachos grandotes y tambaleantes que con una risotada les gritan a la cara: “FUCK JESUS”.


2.- No hay Greta Thunberg que valga


Si hay algo más ruidoso que un casino, son varios casinos. Y Las Vegas consiste en una sucesión ininterrumpida de estos lugares en los que las voces se ahogan en el ruido de las máquinas, donde nunca hace frío ni calor, y jamás es de día ni de noche. El mundo envasado en unas pocas cuadras.   

Una colilla se consume al lado de una maquina tragamonedas que quedó vacía. Su dueño debe haber amenizado sus horas de juego con el humo del cigarrillo. En Sin City, como en ningún otro lugar de Estados Unidos, está permitido fumar.  

No hay Greta Thunberg que valga aquí en Las Vegas. Las colillas se acumulan los ceniceros y  los negocios de comida despilfarran cubiertos, vasos y platos de plástico descartables que van a parar a los tachos de basura sin intención de reciclarlos. Eso sí: los sorbetes están en vías de extinción, y los hoteles ya no entregan esas gorritas de plástico que sirven para proteger el pelo en la ducha. Una gota de agua en el desierto.

El último día decidimos jugar en las maquinitas. Santiago elige una máquina enorme, con un búfalo cargado de luces. Ponemos diez dólares en la ranura, la máquina se pone hiperactiva: escupe sonidos, luces, parece una locomotora a vapor, suma créditos, nos felicita por la extraordinaria suerte. Vemos un número lleno de ceros, nos emocionamos. Este viaje está costando muy caro, el dólar está por las nubes y cada gasto es una fortuna para nuestros devaluados bolsillos. Pensamos en salvar el viaje. Se acerca una camarera, de esas que llevan colgada la caja con cigarrillos desde el cuello hasta debajo de los pechos,  como Mia Farrow en  Días de Radio. Es bonita, rubia, cara de estar de vuelta. Le preguntamos cómo interpretamos la cifra que acaba de aparecer en la pantalla. Nos mira con suficiencia: “cuarenta y nueve dólares y sesenta y seis centavos, honey”.

La empleada de la mesa de black jack descansa después de una noche intensa. Son las siete de la mañana y tiene la mirada pegada a la tele. En la pantalla el príncipe  Harry y Meghan Markle anuncian que decidieron abandonar la realeza para hacer vida de plebeyos. 

3.- Paris, Las Vegas



Me desperté de madrugada y corrí la cortina de la habitación.  El tejido de la Torre Eiffel colaba  las montañas rojizas del estado de Nevada que también parecían dibujadas a escala.

Qué se puede decir de esta obsesión por representar a escala todo lo que está fuera de “América”. ¿Apropiación cultural? ¿Afición al kitsch? ¿una forma de conquista? ¿el deseo de conocer otros horizontes sin correr el riesgo que implica la experiencia?. Escribo estas líneas en una callecita ficticia de París, sentada en una de esas terrazas donde se ve pasar a los transeúntes, bajo un cielo pintado que eterniza ese momento en el que no es de día ni de noche. Un cielo con algunas nubes, de un celeste algo pálido, una eternidad de amaneceres o atardeceres. Un lugar en el que el tiempo se mide por la cantidad de personas que transitan la vidriera.


La esfinge que adorna la entrada del Luxor Casino and Hotel de Las Vegas tiene la nariz completa y los colores intactos. Detrás de ella hay una pirámide espejada, más de cuatro mil habitaciones y las consabidas máquinas tragamonedas  que perturban el sueño de los faraones.

En el tercer piso de The Venetian Resort de Las Vegas una chica canta mientras rema sobre una góndola. Hay canales, puentes y callejuelas, parejas que viven el sueño del paseo en góndola, un patio de comidas con pisos de porcelanato que desemboca en un puente sobre los canales. También se puede atravesar el Rialto sobre cintas mecánicas que acompañan la pendiente. Más allá revive el Coliseo con sus techos y ventanas ciegas, y el Mirage, con su volcán en miniatura que escupe fuego y ruge cada media hora.

En el extremo Sur del Strip están las torres doradas del Mandalay Bay, con su iconografía birmana.  Aunque la antigua capital de Myanmar no está en la costa, el resort de Las Vegas la recrea con cuatro hectáreas de playas, un río, una cascada, piscinas termales y olas artificiales en medio del desierto del Oeste americano.

Este es el lugar en el que en 2017 se produjo el tiroteo más sangriento en la historia de Estados Unidos. Un contador millonario de 64 años, Stephen Paddock, disparó desde su habitación del piso 32 sobre una multitud que asistía a un concierto de música country. Cincuenta y nueve muertos y 851 heridos en apenas diez minutos. Tres años después, desaparecieron las medidas de vigilancia, la fiesta continúa y las luces tragaron los ecos de la tragedia.

4.- Vendedores de humo


En un pequeño local del otro lado de la autopista y de las luces rutilantes de The Strip, un hombre vende humo, literalmente.  Lo tiene guardado en una cajita y lo hace salir de entre sus dedos cuando desea. Dice que le llevó más de dos años crear el truco y pensó en cada detalle: el tamaño mínimo de la cajita, el material con el que destila el humo, los mecanismos escondidos para crear la ilusión.  El aparatito cuesta cien dólares y es la estrella del local donde vende decenas de trucos que -según él- compran los magos más famosos del mundo. 


En pocos metros cuadrados  se amontonan trucos, mazos de cartas y viejos videos de magia,  bajo vitrinas llenas de tierra, cables, una cafetera y un microondas en desuso. El hombre despliega todos sus secretos frente a mi hijo, que nos trajo hasta aquí porque es aficionado a la magia. Para convencerlo de las bondades del humo abre sus ojos claros, acomoda su melena desgreñada y repite el truco, pero esta vez lo acompaña con una historia, que, afirma, “funciona muy bien en los shows”. Saca entonces una tarjeta que destila humo de su bolsillo y larga el viejo chiste:“Mi esposa, como todas las mujeres, le saca chispas a la tarjeta de crédito”.

La gente se casa en Las Vegas, y, se sabe, lo que sucede aquí, se queda aquí. Al Norte de la ciudad, más allá del Strip, la ruta está poblada de “wedding chapels”. Las hay más o menos glamorosas, discretas o rutilantes, blancas como pasteles, rosadas, grisáceas y algo gastadas. Prometen la felicidad o simplemente la renovación de votos. La ciudad del pecado cree en el matrimonio, que aquí es otro gran negocio.

También cree en el divorcio y en los juicios por accidentes de tránsito, a juzgar por los infinitos carteles que promocionan estudios jurídicos al costado de la ruta. Entre las fotos de hombres con el saco al hombro, con los brazos cruzados o mirando a cámara en plano americano, puedo distinguir a una sola mujer en un cartel gigantesco. Verónica es joven, morocha y se produjo para la foto: maquillaje, flequillo, collar de perlas, escote, accidents, inmigration, divorce.

Al Norte de la ciudad, en ese paisaje chato y rojizo que se parece cada vez más al desierto, florecen las casas de empeño. Rick, su padre, su hijo y un empleado  barbudo y gordito llamado Chomlee se hicieron mundialmente famosos en un reality llamado El precio de la historia, donde regatean con los clientes el valor de objetos con memoria.  El lugar es mucho más chico de lo que parece en la tele,  y está abarrotado de turistas que pasan a mirar y no comprar. Hay vitrinas con joyas, baratijas, memorabilia de Elvis y los Beatles, monedas, juguetes, objetos inclasificables y unas paredes al fondo donde se amontonan presuntos cuadros de Dalí, Picasso, Chagall, algunos por apenas dos mil dólares y otros que suben a los diez mil o veinte mil.  Cerca de los Picassos hay una gigantografía de cartón en tamaño natural de Rick, para que los turistas saquen la selfie sin que él tenga la obligación de estar horas posando para los fans. Se lo ve sonriente, con la barba candado, la pelada lustrosa y una remera negra de Kawasaki con la leyenda “let the good times roll”.  Otro cartel junto a las cajas anuncia que los prestamos se dan al 13% de interés mensual, y un cartelito pegado afuera da la posibilidad de levantar la deuda durante la noche


Más al Norte, cerca de la antigua estación del Union Pacific que dio origen a la ciudad en 1905, está el Centro Histórico de Las Vegas, la zona esperanzada donde todavía brillan millones de luces para atraer a los visitantes que la abandonaron por el Strip. Hasta allí llegamos a uno de los pocos espectáculos gratuitos que ofrece esta ciudad: la Fremont Experience. La calle fue techada con la pantalla más grande del mundo: cuatrocientos metros de largo y 12 millones de luces LED que al caer el sol dan espectáculos de luz y sonido. La experiencia avasalla con las antiguas marquesinas de luces como monedas y el desfile de imágenes lisérgicas sobre nuestras cabezas. Hay algo de autenticidad en este esfuerzo luminoso por salvarse de la decadencia, homeless y turistas se agrupan para disfrutar de la parafernalia, algunos artistas callejeros intentan ganarse el pan,  y un excombatiente en silla de ruedas se exhibe como una estatua viviente con carteles en los que despotrica contra los musulmanes, pide ayuda social y apoya a Donald Trump.  

5.- Aftermath

En la entrada trasera (o salida) del Hotel París por el lado de los estacionamientos hay una escultura de bronce gris que se llama “Aftermath”, del artista J. Seward Johnson Jr., donde se ve a un empleado de limpieza barriendo los restos de una fiesta: latas de cerveza, chatarra retorcida, basura. El hombre atribulado,  desgreñado,  empuña un escobillón con resignación. 

El artista decidió mirar el lado B de Las Vegas, el trabajo de quienes sostienen tanto brillo, la chatarra que queda después de la fiesta. La escultura está instalada en su propia plataforma, sobre un piso lustroso, entre los locales de lujo de una calle ficticia que imita un barrio de París.  Un poco de realismo entre tanta ficción: aftermath según el Merriam-Webster significa consecuencia, resultado, o el período inmediato que sigue a un evento ruinoso.



lunes, 1 de octubre de 2018

Todas queríamos ser Jo March

Texto: Silvina Quintans

Reeditamos esta nota publicada en 2016 en el blog Damiselas en Apuros,  en homenaje a los 150 años de la primera edición de Mujercitas

TODAS QUERIAMOS SER JO MARCH


Mi abuela no sabía leer, y hacia el final de su vida había quedado ciega. Se sentaba en una silla de mimbre en la puerta de su casa, y sentía el ruido de la calle, el tren que pasaba a cada rato por las vías de aquella cortada que se había convertido en su lugar en el mundo.

La abuela solía preguntarme qué quería ser cuando fuera grande. Una vez le dije que quería ser escritora. Recuerdo su cara de perplejidad: ¿Qué es una escritora? ¿de dónde había sacado esa idea?.  

El 30 de septiembre se cumplieron 150 años de la publicación de Mujercitas. La vida de aquellas muchachas del siglo XIX dibujadas por la pluma de Louisa May Alcott (1832, Pensilvania -  1888, Boston, Massachusetts) forma parte de la educación sentimental de varias generaciones. Meg, bella y responsable, Beth, abnegada, frágil y sensible, Amy, coqueta e inquieta,  Marnee, la madre que siempre tenía la palabra justa. Pero si existía alguien a quien todas queríamos parecernos era a la intrépida Jo, quinceañera, aspirante a escritora, dispuesta a romper con todos los mandatos

Louisa May Alcott concibió al personaje como su alter ego. La autora fue una mujer independiente que militó contra la esclavitud y por los derechos de las mujeres, entre ellos el sufragio. Jamás se casó –un pecado para la época-  y vivía de la escritura. Escribió Mujercitas por encargo de una editorial que le pidió un libro para señoritas, género muy de moda en la época, algo así como una chick lit del siglo XIX. Louisa escribió lo que le pidieron, pero a su manera y basándose en su propia vida. Aunque los ojos del narrador están posados sobre Jo, la autora tiene una mirada generosa y compasiva sobre cada uno de sus personajes,  que crecen a lo largo del año en el que transcurre el libro.

Las guías para señoritas eran textos moralizantes que se usaban para adiestrar a las mujeres con el fin de convertirlas en buenas esposas y madres. Estos manuales reproducían estrictos códigos que indicaban desde cómo sentarse o comportarse en una reunión, hasta cómo mantener una conversación, o cuidar la piel para estar siempre radiante. El destino final de tantos modales era conseguir un buen marido y mantener un hogar armonioso.

Jo se opone a todos esos mandatos y al destino hogareño que auguran, como lo hizo la propia autora durante toda su vida. Y aunque su mundo parezca muy lejano del nuestro, a muchas nos sonarán frases dignas de estos manuales como “sentate bien” -es decir derecha y con las piernas cerradas-, o “nadie te va a querer si sos tan desordenada”, o “apurate a conseguir novio”, o “conservá a tu marido que ya no quedan hombres así”. Las revistas femeninas nos siguen disciplinando hacia modelos imposibles de alcanzar como los viejos manuales para chicas. La publicidad todavía nos conmina a mantener el hogar desinfectado y los pisos limpios y brillantes. Por eso muchas todavía reivindicamos la figura de Jo March.

Tribulaciones de una adolescente


Jo no era bella. Su belleza, en todo caso, estaba en su vitalidad y carácter. Al menos eso surge de la descripción que se hace en las primeras páginas:

Jo, que tenía quince años, era muy alta, esbelta y morena, y le recordaba a uno un potro; nunca parecía saber qué hacer con sus largas extremidades, que se le atravesaban en el camino. Tenía la boca decidida, la nariz respingada, ojos grises muy penetrantes, que parecían verlo todo, y se ponían alternativamente feroces, burlones o pensativos. Su única belleza era su cabello, hermoso y largo, pero generalmente lo llevaba descuidadamente recogido en una redecilla para que no le estorbara; los hombros cargados, las manos y los pies grandes y un aire de abandono en su vestido y la tosquedad de una chica que se hacía rápidamente mujer a pesar suyo
.
 Tampoco era elegante, ni estaba pendiente de su apariencia y arreglo personal. Privilegiaba la comodidad sobre la moda y le pesaba todo aquello que se entendía por femineidad a mediados del siglo XIX. No duda en ponerse un sombrero de ala ancha que todos consideraban ridículo para un evento social  al aire libre. Lo considera muy útil para no quemarse la cara, a pesar de que ninguna dama hubiera aceptado semejante atuendo.

Se burla de la coquetería de su hermana Meg, y recalca una y mil veces que no le interesa ser una señorita. Su manifiesto es en parte rebeldía hacia las convenciones que asocia con el mundo de los adultos,  pero también es resistencia a abandonar la infancia y su mundo libre de reglas.

-          Deberías recordar que eres una señorita, le dice Meg
-          ¡No lo soy! Detesto pensar que he de crecer y ser la señorita March, vestirme con faldas largas y ponerme primorosa. Ya es bastante malo ser chica, gustándome tanto los juegos, las maneras y los trabajos de los muchachos. No puedo acostumbrarme a mi desengaño de no ser muchacho, y menos  ahora que me muero de ganas de ir a pelear al lado de papá y tengo que permanecer en casa tejiendo medias calceta como una vieja cualquiera –

En uno de los capítulos más conmovedores del libro,  vende en secreto su cabello –“su única belleza”, como define la madre- para enviar dinero a su padre que fue herido en la guerra. Su inesperado gesto conmueve a toda la familia, pero ella se muestra muy convencida de lo que hizo:

Será  bueno  para  mi  vanidad;  me  estaba  poniendo  demasiado  orgullosa de mi peluca. Mi cerebro ganará con quitarse ese peso de encima; siento la  cabeza  ligera  y  fresca,  que  da  gusto,  y  el  peluquero  dijo  que  pronto tendría  unos  bucles  como  los  de  un  muchacho  que  me  sentarían  muy bien y serán fáciles de peinar; estoy contenta; toma por favor el dinero y cenemos.

Por la noche, sin embargo, Meg la escucha sollozar en la cama. Llora como la nena que todavía lleva adentro y suspira por su cabello, su “única belleza”.

Jo detesta las limitaciones que le impone su condición de mujer, y muchas veces lo demuestra a través de sus modales opuestos a todo convencionalismo. Como toda adolescente que se precie, es impulsiva, cambia rápidamente su estado de ánimo y tiene dificultades para dominar su carácter. Su madre, la sabia Marmee, le da las herramientas para templar sus volcánicas reacciones.
Puede pasar largas horas aislada del mundo encerrada en la bohardilla entre sus libros, o patinar con desenfreno al aire libre en plena época de nieve sin cuidar la elegancia o la compostura. Su lugar no está en los bailes de sociedad, ni en los salones o tertulias.

Me quedaré sentada; a mí no me gustan los bailes de sociedad; no me divierte  ir dando vueltas acompasadas; me gusta volar, saltar y brincar

 Jo es una apasionada de la lectura y de la escritura. Escribe obras teatrales, inventa sociedades secretas, redacta diarios familiares siempre con la complicidad de sus hermanas y de su amigo y vecino Laurie. Su educación es informal y autodidacta.

La hermana menor, Amy, sí va a la escuela, pero la madre resuelve darle también educación domiciliaria cuando se entera de que su hija ha sido castigada y humillada en clase, una práctica extendida y aceptada en la época.

No apruebo los castigos corporales, y menos aún cuando se trata de niñas.

Jo es la encargada de entregarle al docente la carta con las razones por las que Amy no asistirá más a clase. Antes de retirarse del aula, Jo se limpia el barro de las botas en la estera de la entrada “como si quisiera sacurdirse el polvo del lugar”

Muchachas trabajadoras



Si bien todas las mujeres de la casa de los March –salvo Beth y la criada- detestan las tareas domésticas,  la madre les enseña a valorarlas de una manera muy original. En estos días en los que tanto hablamos del trabajo ingrato e invisible que realizamos las mujeres en la casa, la Sra. March decide mostrar su valor a través de lo que hoy llamaríamos un paro de mujeres.

Las hermanas manifiestan su deseo de jugar todo el día y librarse de las tareas domésticas durante las vacaciones. Lejos de sermonearlas,  la madre da rienda suelta a sus hijas para que lo hagan. La trampa está en que ella decide hacer lo mismo, y la casa termina por colapsar. En un rasgo de ironía de la autora, hasta el pájaro de Beth muere de inanición porque en el desorden se olvidan de alimentarlo. Las chicas aprenden que esas pequeñas tareas que nadie valora sirven para que los engranajes de la vida sigan funcionando.

Pero aprenden algo más: el valor del trabajo. El trabajo doméstico es necesario y debe ser respetado, así como el trabajo fuera de la casa es un camino para obtener autonomía. La familia March tuvo un pasado de tranquilidad económica, pero las cosas han cambiado. El padre perdió parte de su fortuna prestándosela a un amigo y ahora se marchó a la guerra, por lo tanto, las mujeres deben arreglarse solas para mantener la casa.

 A diferencia de las discípulas de los manuales de señoritas, que aspiraban a un buen matrimonio como sostén económico, las hermanas March realizan pequeñas tareas que permiten el sostenimiento económico de la familia. Meg trabaja como institutriz de una familia rica y Jo oficia de dama de compañía de su adinerada tía leyéndole todos los días.  Esa ocupación le permite ganar algo de dinero y devorar los libros de la biblioteca mientras su tía se queda dormida.

El trabajo pasa a ser fundamental para esta familia, que de algún modo reproduce la ética norteamericana y protestante. Pero el trabajo es, además, un camino hacia la autonomía y realización personal de las mujeres, según la propia Marmee enseña a sus hijas:

El trabajo es saludable y hay  bastante  para  todas;  nos  libra  del  aburrimiento  y  de  la  malicia,  es bueno para la salud y el espíritu y nos da mayor sentido de capacidad y de independencia que el dinero o la elegancia.

Hay también una dimensión solidaria de este trabajo que ayuda a sostener a esa comunidad de mujeres. Jo detesta leerle a su tía, una mujer rígida y malhumorada, tal vez el único personaje antipático de la novela. Es un trabajo que realiza para contribuir a la familia.

Pero el trabajo también tiene una dimensión de realización personal que hasta entonces era  negada a las mujeres. Por eso debe haber sido revolucionaria para la época la escena en la que Jo visita en secreto al editor de un diario y publica sus cuentos. Ella escribe con pasión y aspira a vivir en el futuro de la escritura, como lo hizo la autora.

Le  faltó  el  aliento  y  escondiendo  la  cabeza  en  el  periódico, derramó  algunas  lágrimas  ingenuas,  porque  ser  independiente  y  ganar las  alabanzas  de  las  personas  que  amaba  eran  los  deseos  más  ardientes de su corazón, y aquello parecía el primer paso hacia tan feliz meta.

Y aunque el interés romántico es uno de los ejes del libro, la energía de Jo está puesta en la escritura, la actividad que más la apasiona y también el medio económico con el que aspira a sostenerse y ayudar a su familia.

Solterita y sin apuro


Ya  no  se  dejan  fortunas  de  esa  manera -dice Meg refiriéndose a las fortunas heredadas - ;  ahora,  para  tener  dinero los hombres tienen que trabajar y las mujeres tienen que casarse. Es un mundo muy injusto

En el caso de la familia March, pobre y sin herencia a la vista, el panorama se amplía en lugar de estrecharse porque las chicas son alentadas a ser autónomas. Frente a la independencia económica, el matrimonio como medio para sobrevivir deja de ser la única opción para estas mujeres. El matrimonio, si llegaba, estaría ligado al amor y no al dinero.

 -Las muchachas pobres no tienen oportunidades, si no se hacen valer -suspiró Meg.
-Entonces seremos solteronas -repuso Jo seriamente.

Jo rompe aquí con el tabú de la soltería. Su madre, lejos de disuadirla, considera que el dinero no debe ser el móvil del matrimonio. Si bien la soltería no era vista como un estado deseable ni alentada por la familia, la Sra. March sorprende con la siguiente respuesta:

-Bien dicho, Jo; más vale ser solteronas felices que casadas desgraciadas o muchachas inmodestas a la caza de maridos -dijo decididamente la señora March -. Recuerden una cosa, hijas mías: su madre está siempre lista para ser su confidente, y vuestro padre para ser vuestro amigo; esperamos y con- fiamos que nuestras hijas, casadas o solteras, constituirán el orgullo y consuelo de nuestras vidas.

La desmitificación de la soltería sigue siendo una asignatura pendiente. Las mujeres solteras aún son estigmatizadas, burladas o descalificadas por su elección de vida. La idea de “solteronas felices” que esgrime la Sra. March en aquellos tiempos debió haber parecido un oxímoron. Su postura todavía resulta moderna: una madre que alienta a sus hijas a ser ellas mismas y a buscar  su camino.
Hace varios días que intento terminar esta nota, releo el libro, lo subrayo, tomo notas. Hay coincidencias que se parecen mucho al destino, porque mientras intento cerrar el texto la televisión repite una publicidad de vino dulce. “Fragmentos de Mujercitas”, anuncia un cartel y luego se escucha la voz en off de la Sra. March mientras se muestran los pasos que sigue una chica para convertirse en bailarina.

Procura ser algo espléndido, y asegurate asombrarlos a todos algún día.  Puede que seas pequeña, pero si te lo propones brillarás tan intensamente como el sol, si sientes que tu valor reside en ser algo meramente decorativo, tengo miedo de que algún día  pienses que eso es todo lo que realmente eres. Ve, aduéñate de tu libertad y descubre las cosas hermosas que surgen de ello. Si tienes tantos dones extraordinarios, ¿cómo podrías llevar una vida ordinaria?

Apago la televisión y cierro el viejo libro forrado de verde que guardo desde mi infancia. Recuerdo a mi abuela, sentada en la puerta de su casa, con tantos sueños inconclusos. Pienso en las libertades y en todos los libros que le fueron negados. 

Todas quisimos ser Jo alguna vez, aunque no lo supiéramos.

jueves, 30 de agosto de 2018

Crónica de la marcha por la universidad pública


Texto y fotos: Silvina Quintans


SOMOS LA PRIMERA GENERACIÓN DE UNIVERSITARIOS


                                         NO QUEREMOS SER LA ÚLTIMA

Eso dice el enorme cartel que llevan los estudiantes de  Universidad de Lanús.

“Mi viejo murió y mi mamá limpia casas por hora. Yo soy primera generación de universitarios, nadie en mi familia pudo estudiar, todos tuvieron que salir a trabajar de chicos. Estoy en segundo año de Ciencias Políticas, estoy muy contento, es una universidad muy buena, enseñan muy bien”, dice Federico mientras avanza con la bandera.

Esta historia es la de muchos de los jóvenes que marchan esta noche por Avenida de Mayo en defensa de la única herramienta que puede nivelar las oportunidades en un país cada vez más desigual.  La historia de Federico desmiente los dichos de la Gobernadora María Eugenia Vidal : “Nadie que nace en la pobreza hoy llega a la Universidad”.  La educación pública es la que abre la puerta a  los 38 mil alumnos del quintil más pobre de la población que cursan en las 14 universidades ubicadas en el Conurbano bonaerense, según un informe de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE). [i] En muchas de ellas más del 70% de los egresados son primera generación de universitarios. Pero aún si fueran ciertos los dichos de Vidal, sería motivo para redoblar el esfuerzo en educación superior de calidad y no una excusa para retacearla.

La marcha convocada por distintas organizaciones para defender las universidades públicas que padecen serios problemas presupuestarios y aún no han arreglado la paritaria docente que venció en febrero,  avanza como un río desde Congreso a Plaza de Mayo. Llueve fiero, sopla sudestada, se abren y cierran paraguas; hay antorchas, banderas, consignas, pancartas, bombos, orquestas, instalaciones y performances. Una de las más creativas es la del Grupo de Teatro “Las Estatuas” con sus figuras hieráticas que avanzan caracterizadas como alumnos y docentes sumidos en la pobreza. “Venimos a la marcha como grupo de teatro con vocación social y militante para defender la educación pública”, explica Diego, director del grupo,  sin perder la compostura de su personaje.


La competencia por la venta de pañuelos se desata en las esquinas. Cada vendedor tiene su stock de colores: verde por el  aborto legal, anaranjado por la separación de la iglesia del Estado. Hasta aquí, lo conocido, pero a la hora de defender la educación pública no hay acuerdo: hay quienes los venden blancos, rojos o  azules.  Nadie ofrece pañuelos celestes.

En la esquina del Teatro Liceo, un grupo de madres y padres desafía la lluvia y enarbola una bandera con la sigla MaPaC. Son las madres y padres autoconvocados del Colegio Nacional  Buenos Aires, una agrupación que se formó en 2016 ante un conflicto similar que  involucra a los alumnos de colegios que dependen de las Universidades Nacionales. El CNBA  está sin clases desde hace cuatro semanas, las familias se agruparon para defender la educación pública y el regreso de sus hijos a las aulas. Muy cerca de allí, lo Centros de Estudiantes de  escuelas secundarias desfilan y cantan sus consignas en lenguaje inclusivo.  En las mochilas todavía flamean los pañuelos verdes.

Laura, Secretaria General del Centro de Estudiantes de Ciencias Médicas de Rosario, está en quinto año de medicina y vino a manifestar desde su ciudad con un grupo de estudiantes. “Estamos sin  cursar y sin rendir desde hace un mes. Sin educación pública no hay futuro, necesitamos una respuesta urgente”

La oferta gastronómica de la marcha es variada: en la esquina de 9 de Julio y Avenida de Mayo, el humo de los choripanes esfuma el perfil de Evita dibujado sobre el edificio del Ministerio de Desarrollo Social. Cerca de Plaza de Mayo,  a la oferta clásica de panes y churros se agregan las hamburguesas veganas y los sándwich de lentejas y garbanzos.

Sobre la calzada avanzan columnas de partidos políticos, agrupaciones gremiales, estudiantiles, universitarias y carteles con consignas

MAS EDUCACION MENOS CLERO
LAS LUCHAS JUSTAS NO SE ABANDONAN HASTA QUE SE CONQUISTAN
CURSO SIN CALEFACCION, MIRA SI NO VOY A MARCHAR POR LA LLUVIA

“En la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA hace tres meses que estamos sin gas. Hay una reducción notable del presupuesto con incidencia en la parte de investigación. No se pagan subsidios para insumos,  reactivos y equipos importados. No se puede sostener la investigación con la falta de estos elementos. No están pagando los subsidios y becas para estudiantes que concursaron hace un año. Muchos están pensando en irse del país o  buscando trabajos que no tienen que ver con aquello para lo que se formaron”, informa el Dr. Daniel Tomsic, profesor de  Fisiología del comportamiento animal de la carrera de Biología.

Muy cerca de allí,  un chico con pañuelo verde enarbola una pancarta con una frase de Paulo Freire: LA EDUCACION NO CAMBIA EL MUNDO, CAMBIA A LAS PERSONAS QUE VAN A CAMBIAR EL MUNDO.