sábado, 21 de abril de 2018

Avicii


Me encanta Avicii. Su música produjo la magia de acercarme a mi hijo. Solíamos jugar frente al televisor una guerra de canciones que consistía en que cada uno mostrara al otro sus videos musicales en youtube. El conoció a Genesis, Yes, Pink Floyd, y yo a Avicii, Calvin Harris y la nueva música electrónica. Pasábamos horas cabalgando entre música de distintas décadas,y por momentos teníamos la misma edad.

Ten more days es mi tema favorito. Lo escuché por primera vez en el auto, una noche muy lluviosa en la que llegábamos a un rincón con calles de arena en la costa más lejana de la provincia de Buenos Aires. La canción nos arrullaba mientras tratábamos de buscar amparo frente a la tormenta. Avicii nunca habrá pasado por ese lejano pueblito, pero yo no puedo dejar de asociar la letanía nostálgica de la canción con aquella oscuridad. La música tiene esa extraña trascendencia:conjuga otros espacios y otros tiempos.


https://www.youtube.com/watch?v=21hoWeMro6Y

domingo, 29 de octubre de 2017

En defensa de las viajeras

EN DEFENSA DE LAS VIAJERAS

Texto: Silvina Quintans
[s1] 
He de partir
Pero arremete ¡viajera![i] (Alejandra Pizarnik)



Caperucita se alejó del camino establecido y un lobo malo se la comió. Mi hijo estaba en cuarto grado cuando una maestra  decidió contarles el lado B del clásico infantil.  Según la docente, el relato empezó a circular de manera anónima en una época en la que existían muchos riesgos para las mujeres que se internaban solas por los caminos. Las violaciones eran habituales y por eso había que enseñar a las niñas desde la más tierna infancia a no circular solas ni alejarse del sendero establecido. Caperucita se aventura en el bosque por el lugar prohibido y llega a la casa donde la espera el lobo, que mediante argucias le hace sacarse la ropa y acostarse con él. Los dos están desnudos en la cama y él se la come, en sentido metafórico, claro.

La maestra contó a los chicos cómo, en el contexto de la época, el cuento tenía el objetivo de amedrentar a las mujeres. Pero ellos aún eran chicos para la lección, y yo me enteré de la historia porque los escuché riendo en el asiento trasero del auto –con la picardía que a esa edad genera lo prohibido- al grito de “El lobo se violó a Caperucita”.  De más está explicar que a los pocos días la maestra renunció a su puesto, enojada por la incomprensión de los padres/madres que se fueron a quejar y pusieron en grito en el cielo.

La historia de Caperucita vino a mi cabeza con el caso del crimen de Marina Menegazzo y María José Coni en Ecuador. Como Caperucitas modernas, las chicas tuvieron la osadía de alejarse del camino establecido, y allí estaba el lobo esperándolas. Porque las niñas no deben andar solas por el bosque, su lugar es mantener el fuego del hogar y cocinar pasteles, como bien le enseñó la abuela a Caperucita.

Desde hace siglos se enseña que el lugar de las mujeres es el hogar y la familia, mientras son los hombres los que salen a cazar, a traer el sustento, a la aventura. Las mujeres que se arriesgan a la intemperie quedan expuestas a su propia suerte. Son ellas las “víctimas propiciatorias” –como las llamó un funcionario-, las que se exponen, y  los lobos sueltos simplemente aprovechan la oportunidad.

Frente al crimen de las viajeras mendocinas diarios y revistas repararon en “las-mujeres-que-viajan-solas” etiqueta con la que se rotula  a aquellas que viajan sin la compañía de un hombre, aunque se trate de un grupo de dos, cuatro o diez. 

Viajeras existieron siempre, porque la curiosidad es atributo de la condición humana. Riesgos existen en todas partes, sobre todo entre las paredes del hogar. Según estudios recientes, las mujeres corren más riesgo de ser atacadas en su casa que en la calle. En un mundo en el que pareciera ser que las mujeres debemos pedir permiso o justificar el hecho de salir solas, muchas hemos incorporado el viaje como parte esencial de nuestras vidas.

Alguna vez escuché que a cada persona se le deben varias vidas, y la manera más intensa de vivirlas –para mí- es viajando. Como Marina y María José, desde muy joven me calcé la mochila ansiosa por cruzar el horizonte, pero comencé a viajar mucho antes que eso. Fue cuando tenía cuatro o cinco años y con mi mamá mirábamos un ciclo de documentales que se llamaba La Vuelta al Mundo.

Porque mamá nunca me contó el cuento de Caperucita, pero sí me enseñó de sus suspiros cada vez que veía el Taj Mahal por televisión. Y yo me prometí que allí iría, que algún día visitaría el Taj Mahal, el monumento más hermoso del mundo, que viajaría y llegaría a aquellos lugares que ella nunca había podido pisar.

La educación sentimental en la mochila


-          - Qué planes tenés para tu futuro?, solía preguntarme un exnovio con mucha solemnidad.
-          - Viajar, le respondía. 
-          - Via-jar, via-jar – se burlaba con voz nasal y arrugando la nariz-.Eso no es un plan de vida ¿no pensás en independizarte, tener tu casa, formar una familia?

Todas esas ideas me parecían remotas y extrañas. Lo único que sabía era que quería viajar. Viajar todo el tiempo posible y lo más lejos que pudiera.

La incompatibilidad, como podía esperarse,  terminó con el noviazgo. Pocos meses después, él trabajaba en una compañía de seguros y yo viajaba por Estados Unidos y Europa con el mínimo de plata y el máximo de tiempo. 

Jamás volvería a ser la misma después de ese año lejos de casa. Mi mundo plano y bidimensional incorporó la perspectiva. Mi cabeza era como una galería de arte con bocetos desnudos que se llenaban de detalles y minúsculas sutilezas, algunos cuadros torcidos y otros  dados vuelta. Matices desconocidos, colores que ni siquiera podía nombrar,  la música de otras ciudades,  la consistencia de otros cielos.  Aprender a mirar lo nunca visto, recuperar el asombro,  ser extranjera en el mejor sentido, el del extrañamiento.  Lejos de los libros románticos y de las telenovelas, muchas recibimos nuestra educación sentimental con la mochila al hombro. 

Si no me hubiera colgado la mochila, no habría visto a las mujeres llorar a sus muertos a la distancia en las cremaciones de Benarés, mientras los hombres se sentaban alrededor de la hoguera con la calma de quien comparte una charla de fogón. Ni a las madres y abuelas que festejaban el bar mitzvá de su hijo o nieto a través de un alambrado en el Muro de los Lamentos, donde todavía rezan por separado. Ni a la mujer que caminaba descalza sobre la tierra, a metros de donde los caciques –hombres- resolvían las cuestiones de la comunidad con sus sombreros y bastones de mando, en el pueblo de San Juan Chamula, en Chiapas.

No habría visto los colores del mercado de Tlacolula, en Oaxaca, donde las mujeres se cubren la cabeza con pañuelos de colores y venden manjares hechos de pequeños insectos. Ni habría saboreado una fruta impronunciable en el mercado flotante de Damnoen Saduak en Tailandia, donde las mujeres pregonan sus productos desde los botes, al amparo de sus sombreros cónicos y puntiagudos.

 No habría visto la cadencia de las campesinas con dignidad de  pasarela,  que llevaban  sus recipientes de metal en la cabeza, mientras balanceaban sus saris de colores al borde de una ruta en Rajasthán. O a las ancianas de Chiapas,  que adelantan la frente al resto del cuerpo porque de allí sale el soporte de la bolsa con la que cargan la cosecha en la espalda. Ni a la viejita que segaba el campo en las afueras de Minsk, mientras cantaba una letanía, cerca del memorial que guarda tierra de cientos de aldeas arrasadas por los nazis.

Ni a las mujeres malayas con la sensualidad insinuada a través de túnicas y velos de seda. Ni a las mujeres rusas que me ofrecían sus rublos a cambio de un pantalón de jean en plena perestroika de Moscú. Ni a la mujer cubierta de pies a cabeza con una burka negra, unos pasos detrás de su esposo,  en una lujosa tienda de Champs Elysées.

No habría visto en los museos majas desnudas ni vestidas, ni mujeres con cuello Modigliani, ni segadoras de cuerpos encorvados, ni Venus de formas voluptuosas. No habría Libertad guiando al pueblo, ni mujeres que danzan en ronda sobre un fondo azul, ni las mujeres de Picasso desgajadas por el llanto.

Si no me hubiera colgado la mochila al hombro, tendrían menos colores las piezas de mi caleidoscopio.

Mujeres con baules, valijas o mochilas. Solitarias, en manada, en pareja.  Jóvenes, maduras, definitivamente viejas.  El viaje ocupa también un lugar importante en el imaginario de las mujeres. Ya sea como vía de escape,  búsqueda interior, curiosidad o  mera sed de aventura, las mujeres reivindicamos nuestro derecho a tajear el horizonte.

Viajeras en pantalla




Alicia corrió detrás del conejo y se metió en el País de las Maravillas.  Se agrandó, se achicó  y  exploró lugares jamás imaginados, pero la ilusión terminó  cuando despertó bajo un árbol en el regazo de su hermana.  Dorothy, la protagonista de El Mago de Oz, es otra damita que recorrió los confines, conoció seres extraordinarios, peleó con brujas bien malas, llegó al final del arco iris,  y terminó su travesía  con una elocuente moraleja: “There’s no place like home”. Las protagonistas de los cuentos infantiles son inquietas y curiosas, pero el final de su aventura estará signado por el tranquilizador regreso al hogar.

Julia Roberts siente que su vida no tiene sentido y se lanza al mundo a Comer rezar amar. Viaja por Italia, India y Bali para descubrir su destino en los brazos de un brasileño interpretado por el ibérico Javier Bardem.  De la misma forma Diane Lane en Bajo el sol de la Toscana  se lanza a esa zona de Italia después de un divorcio conflictivo, padece su soledad mientras arregla una maltrecha mansión,  para finalmente encontrarse a sí misma en brazos de un joven bohemio de cuidada desprolijidad. Hasta la melancólica y sensible Delphine,  protagonista de la película francesa  El Rayo Verde de Eric Rohmer, decide emprender sola sus vacaciones, pero se siente inadecuada en todas partes, hasta que termina iluminada por el rayo en cuestión en un atardecer frente al mar, bajo el abrazo de un muchacho bien parecido.

 La independencia no es más que un gesto para estas mujeres que viajan para encontrar al príncipe azul. El regreso al hogar de El Mago de Oz es reemplazado por los brazos masculinos, en estas historias de mujer madura que viaja “buscándose a sí misma”. El viaje para estas películas es un vehículo para encontrar pareja y reencausarse en aquello que se espera del lugar de una mujer: “There’s no place like home”.

El cielo de Dorothy en el mago de Oz es el infierno de Shirley Valentine (Pauline Collins en la versión cinematográfica).  Si de viajeras maduras se trata, allí está la inglesa para sacudir todos los prejuicios. Una mujer anclada en la monotonía de la vida familiar,  invisible para quienes la rodean, que un buen día viaja a Grecia para nunca más volver. Shirley había perdido el espíritu rebelde e inquieto de su adolescencia, y el viaje despierta una parte suya que había estado dormida durante tantos años de sopor matrimonial.  En su travesia irá ganando la confianza necesaria para construir una nueva vida, aunque eso implique abandonar su zona de confort. 

Otra que se anima a abandonar la niebla londinense para instalarse más allá del horizonte es Julia (Kate Winslet), la protagonista de Hideous Hinky, una mujer que viaja con sus dos hijas pequeñas a principios de los años 70 a Marrakech para huir de la comodidad burguesa. Julia enfrentará la miseria con trabajos precarios, tendrá amores y desamores, y pagará el costo de haber huido con sus hijas a una cultura lejana. La película está basada en la autobiografía de Esther Freud, hija del pintor Lucien Freud y nieta del mismísimo Sigmund.

Marruecos también es el escenario de  El cielo protector, la novela de Paul Bowles llevada al cine por Bernardo Bertolucci, en la que una mujer y dos hombres emprenden un viaje sin demasiada planificación por ese país.  El viaje se convierte en un descenso a los infiernos cuando muere Port (John Malkovich), el esposo de la protagonista.  Kit (Debra Winger)  queda sola en el desierto y es allí que se une a una caravana donde es tomada como amante por el jefe. Kit queda encerrada en una terraza, aislada en un mundo sin palabras, sexual, primitivo.

El exotismo como motor de la sensualidad es también el tema en Pasaje a la India, la novela de E.M. Forster, llevada al cine por David Lean. La maestra inglesa Adela Quested (Judy Davis) llega a la India en época del Raj. Lejos del esnobismo británico, quiere conocer la “verdadera India” pero, aturdida por una cultura que no termina de entender, imagina el ataque sexual de un médico indio en la visita a unas cuevas. El juicio por violación desnuda las tensiones de la sociedad colonial victoriana, pero es la propia Adela quien frustra el proceso cuando reconoce que todo ha sido una alucinación. Una joven que viaja a un lugar que desborda todos sus sentidos.

Si de viajes a países exóticos se trata, allí está Karen Blixen o Isak Dinesen (el seudónimo de la escritora danesa), o Meryl Streep, en la interpretación cinematográfica de Out of Africa. Una mujer independiente que dirige una plantación de café en Kenia, que ama el lugar y su gente, pero que debe volver –no como alivio, sino a su pesar- a la fría comodidad europea.

Contra cualquier atisbo de la comodidad, la otrora rubia Reese Whiterspoon, esta vez cubierta de mugre y ampollas, se lanza a exorcizar sus fantasmas después de la muerte de su madre. Basada en el libro de Cheryl Strayed, la protagonista de Wild recorre en solitario y cargada con una pesada mochila casi 1.800 kilometros,  por el Sendero de las Cimas del Pacífico. Frío, calor, pantanos, víboras, hambre, sed, dos fallidos violadores, son algunos de los peligros que enfrenta en esta prueba de supervivencia y búsqueda espiritual.

Por motivos bien diferentes, Thelma y Louise (Geena Davis – Susan Sarandon) se lanzan a la ruta.  El viaje comienza como una aventura, y  termina como una audaz huida de la (in)justicia. Las dos mujeres escapan de un mundo desigual  que las empuja –literalmente- al abismo.

El cine ha retratado a mujeres que viajan con distinta suerte y con motivaciones bien diferentes. Seguramente quedarán muchas fuera de esta lista y cada lector/a podrá armar la propia. Traviesas, románticas, arriesgadas, reprimidas,  temerosas, sensuales, las viajeras seguirán abriendo caminos en las pantallas y en la vida.  

Llegar al Taj Mahal

Juliette camina sola por las calles de El Cairo.  Rubia,  mediana edad, estructurada y curiosa, deseosa –tal vez sin saberlo- de romper  esquemas, de asomarse al mundo.  Es una mañana soleada y sus pasos la guían por las ruidosas calles de la ciudad. Los hombres la miran con insistencia, la siguen. Se sorprende: hace años que los jóvenes dejaron de fijarse en ella. Pero el acoso se hace cada vez más incómodo,  a su alrededor se desplaza un enjambre de miradas libidinosas y zumbidos obscenos. Juliette se refugia en una zapatería. La próxima vez que salga sola llevará mangas largas y  cubrirá su cabeza  con un hiyab.

Por algún motivo ese breve pasaje de la película Cairo Time  con la actriz Patricia Clarkson quedó dando vueltas en mi cabeza. Y recordé una situación parecida que viví en la India hace muchos años. En Agra, después de conocer el Taj Mahal, le pedimos al tuc tuc (vehículo con cabeza de moto y cuerpo de carrito) que nos dejara en un bazar. Todavía era de día y queríamos hacer tiempo antes de volver al monumento para ver el atardecer. Mi amiga Alejandra y yo bajamos en una calle deslucida y polvorienta rodeada por pequeños cubículos  de material donde vendían telas y especias.

Caminamos apenas unos pasos cuando percibimos las miradas. Hacía más de una semana que estábamos en India y era la primera vez que nos miraban así. También era la primera vez que salíamos sin la compañía de un hombre. Decenas de ojos oscuros y brillosos nos miraban sin disimulo. Los ojos guiaban pasos que se aproximaban cada vez más. Entonces decidimos volver al tuc tuc que todavía esperaba en la esquina.

La experiencia no duró más que un par de minutos, pero fue suficiente para darnos cuenta de que aquel país amable y pacífico era más complejo de lo que suponíamos, sobre todo en lo que se refería a las mujeres.

Regresamos al Taj Mahal, donde esperamos a que cayera el sol. Una mujer con un sari colorido se sentó a mi lado.  Tenía lágrimas en los ojos. Ella también era una viajera: había llegado a la India desde Londres, y era la primera vez que visitaba el país de sus ancestros. Hacía siglos que su familia había emigrado a Sudáfrica y luego a Inglaterra en busca de un mejor futuro.

-          Tardamos varias generaciones en llegar hasta aquí –dijo- Toda mi vida soñé con este lugar.
Yo recordé entonces los suspiros de mi mamá frente a la escenografía en blanco y negro del Taj Mahal cuando era chica. Sentí que ambas, por distintos motivos, y en distintos puntos del planeta,  habíamos buscado ese viaje.

Y allí estábamos, la mujer del sari y yo, en silencio, frente al monumento que se tragaba la noche.   Mujeres que atraviesan el mundo y suspiran,  frente a un monumento construido para otra mujer.





[i] Alejandra Pizarnik, del poema  La última inocencia.






 [s1]Ojo,esta imagen la bajé de internet, pero no sé si hay derechos o es de libre reproducción.

domingo, 27 de agosto de 2017

Sexo e inteligencia artificial

UN MUNDO SIN MUJERES

Muñecas, maniquís, ginoides y sistemas operativos

Texto: Silvina Quintans


Todas las mañanas cuando voy al trabajo paso por una lencería escondida en un pasaje del microcentro. La vendedora es una mujer sesentona de pelo corto y canoso que usa  anteojos de marco grueso sobre la punta de la nariz. Cada día monta una meticulosa escenografía frente al local, en el pasillo de la galería. Un maniquí femenino de curvas prominentes en un cuerpo esquelético recrea las fantasías de los oficinistas: la mucamita, la enfermera, la colegiala, la tigresa, y otros clichés de la lencería erótica.  Cada tanto algún grupo de hombres se para frente a la muñeca y alardea sobre supuestas hazañas con sus amantes. Todos miran el montaje, pero jamás vi a nadie comprando en el local.

La escena me recuerda la letra de una canción de Joan Manuel Serrat[i] que mi mamá solía escuchar a todo volumen cuando yo era chica: “Era la gloria vestida de tul/con la mirada lejana y azul/que sonreía en un escaparate/con la boquita menuda y granate”. Mi mamá admiraba la imaginación de su cantautor preferido que se ponía en la piel de un hombre que se enamora de una mujer-maniquí, rompe la vidriera, se la lleva a su casa, baila con ella hasta que la policía acaba con tanta felicidad y lo encierra en un manicomio.

El protagonista de la canción destaca las virtudes de su amada: “limpia y bonita siempre iba a la moda/arregladita como pa’ir de boda”.  Y su paciencia: “Ella esperaba en su vitrina verme doblar aquella esquina, como una novia./como un pajarillo, pidiendome liberame, liberame/ y huyamos a escribir la historia...” 

 ¿Por qué recuerdo esta canción cuando paso por la vidriera rumbo al trabajo? Las escenas no podrían ser más diferentes: la mujer-maniquí de la galería provoca con lencería erótica, la de la canción, en cambio, espera con la inocencia de la novia vestida de tul.  Pero ambas se convierten en objeto de deseo inanimado, formas sin voluntad ni destino propio, dispuestas allí para satisfacer a los transeúntes. La puta y la novia como dos caras de la misma fantasía. Hay una ilusión de “mujer perfecta” detrás de ambas figuras, un concepto ligado a parámetros cambiantes de belleza física, a la sumisión, la complacencia y el silencio.  



Según los griegos, Pigmalión, rey de Chipre, andaba en busca de la mujer perfecta para casarse, pero no la pudo encontrar. Para compensar semejante vacío comenzó a esculpir figuras femeninas, hasta que  quedó prendado de su propia creación llamada Galatea.  Al hombre no le alcanzaba con una mujer de mármol,  y le pidió a la diosa Afrodita que la convirtiera en una mujer de carne y hueso creada a imagen y semejanza de su deseo.

Así describe el poeta Ovidio la transformación de Galatea en el Libro X de Las Metamorfosis.

(…) inclinándose sobre el lecho le dio besos: le pareció que estaba tibia; le acercó de nuevo los labios, y también con las manos le palpó los pechos: el marfil, al ser palpado, se ablanda, y despojándose de su rigidez cede a la presión de los dedos y se deja oprimir, como la cera del Himeto se reblandece al sol, y moldeada por el pulgar se altera adquiriendo múltiples conformaciones, y es el propio uso el que la hace útil.

El mito de Pigmalión fue recreado por el arte y la literatura con distintos formatos. En 1913 George Bernard Shaw escribe la obra de teatro del mismo nombre en la que el profesor de fonética Henry Higgins apuesta a que en seis meses convertirá a la tosca florista  Eliza Doolitle en una dama de sociedad. En la obra original,  Higgins logra su objetivo, gana la apuesta y descubre que no puede vivir sin ella. Pero, a diferencia del mito griego, ella lo abandona al enterarse de que fue objeto de una apuesta y se casa con otro joven al que conoció en sus peripecias por la clase alta.  Shaw huye de los convencionalismos y reivindica la figura de Eliza como una mujer con voluntad autónoma que se independiza de su “creador”.


La obra de Bernard Shaw fue adaptada para cine y teatro musical como My Fair Lady,[ii] pero allí el final toma un giro hollywoodense que traiciona la intención del autor: el profesor Higgins y Eliza Doolittle se enamoran, se casan y comen perdices.

Muñecas, esculturas, maniquís, mujeres maleables y enamoradas, ¿pero qué sucede en nuestros días, cuando la fantasía de la mujer perfecta puede ir de la mano de la inteligencia artificial?

Un mundo sin mujeres

Como todos los días busco una noticia para comentar en la radio y encuentro esta que parece de ciencia ficción:

UN CIENTIFICO CATALAN CREA LA PRIMERA MUÑECA SEXUAL CON INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El diario español[iii] asegura que la desarrolló un científico catalán llamado Sergi Santos que dejó su trabajo bien remunerado en Arabia Saudita para fabricar en su casa estas robots que prometen ser un boom. 



Samantha pesa 40 kilos, tiene los ojos verdes, una larga cabellera de color castaño y curvas generosas. Es suave al tacto y responde según cómo y dónde la toquen. Está hecha de TPE puro (elastómero termoplástico, un material relativamente nuevo en el mercado) e incorpora un microprocesador que le permite interactuar con las personas en tres modos: romántico, familiar o sexual. El dueño la puede sentar para que le haga compañía mientras mira una película, o puede compartir una noche de lujuria robótica, ya que según su creador “puede llegar al climax, siempre que su acompañante sea capaz de estimularla”.

Pero la intención del catalán,  que se autodefine como un “humanista”,  va más allá: "Tengo ideas sobre cómo desarrollar a Samantha para que sea más humana,  estoy trabajando en fortalecer su equilibrio mental". Y no se sonroja al decir que es fundamental que tenga los estados de ánimo adecuados porque “cuando lo vendes a alguien,  nadie va a querer estar con una robot neurótica que le de problemas". 

El periodista le pregunta por qué alguien va a querer tener sexo con una robot cuando existen las personas de carne y hueso,  y la respuesta es sencilla: "Samantha se plantea como una alternativa porque ella no te critica. Te acepta y ya está".

La idea del creador de la muñeca es hacer felices a los hombres que la adquieran y que puedan no solo tener sexo con ella sino también entablar una relación y enamorarse. “No es solo una vagina”, asegura.

Sin embargo, el video de promoción promete mucho menos que eso: allí se ve a Santos toqueteando con entusiasmo a su creación, que, lejos de reaccionar con la efusividad del caso, permanece estática como una figura de piedra y le  responde con frases hechas sin el más mínimo atisbo de reacción física.[iv]

Más allá del dudoso éxito del catalán, varias empresas alrededor del mundo están trabajando en lo que pinta como un negocio: combatir la soledad y el aislamiento con una complaciente muñeca de inteligencia artificial. En Silicon Valley –dónde si no- se fabrican las muñecas llamadas RealDoll dispuestas para que el cliente pueda tener sexo y además “moldear su personalidad” y “crear una relación duradera en el tiempo”.

Wikipedia define el término ginoide o fembot como un robot antropomorfo de aspecto femenino[v], aunque en el lenguaje coloquial el término "androide" suele usarse tanto para los robots de apariencia masculina como para los de apariencia femenina. Sin embargo, los androides suelen ser representados como seres provistos de una fuerza descomunal o una inteligencia ilimitada, mientras las ginoides rara vez superan los roles de género que ya existían en tiempos de Pigmalión: criaturas hechas para trabajar, servir y representar un ideal amoroso o erótico hecho a medida.

Según el mito de Pigmalión el escultor necesitaba la intermediación de los dioses para convertir su creación en una persona. En la era de la inteligencia artificial,  los hombres juegan a ser Dios y crean seres a imagen y semejanza del estereotipo machista de la mujer perfecta.  En el mundo ideal de estos creadores las relaciones humanas son reemplazadas por el espejo de los propios deseos y la complacencia de la no contradicción. Un mundo en el que las mujeres son reemplazadas por sus símiles bellas, sumisas y silenciosas. Un mundo sin mujeres.

Si hablamos de cosificación de la mujer, aquí la tenemos en su sentido más literal. ¿Para qué lidiar con una mujer de carne y hueso cuando se puede tener una que no traiga problemas,  moldeada y programada para cada necesidad, incluso las más íntimas?

Ginoides de película


Frente a una realidad que cada vez parece más cercana, el cine ha explorado en los últimos años las relaciones entre hombres y robots con formato de mujer.  Si bien hay innumerables películas donde aparecen ginoides, aquí tomaremos solo tres: “Stepford Wives”, conocida también como "Las poseídas de Stepford" o  “Las mujeres perfectas” (1975 y 2004), “Ex machina” (2015) y “Her” o “Ella” (2013), las pongo en ese orden porque en la primera las robots son meras ejecutoras de la voluntad de sus creadores hombres, en la segunda la robot tiene cuerpo y conciencia,  y en la tercera la robot es un sistema operativo sin cuerpo pero con voz y sentimientos. Advierto a quienes aún no las hayan visto que los siguientes párrafos están minados de spoilers.

En 1972 el escritor neoyorkino Ira Levin,  autor de El bebé de Rosemary y Los niños de Brasil, publicó la inquietante novela Stepford Wives o Las Poseidas de Stepford. La novela fue llevada al cine por primera vez en 1975 con Katharine Ross (El Graduado) como protagonista.[vi] Cuenta la historia de una pareja joven que se muda a un idílico pueblo de Connecticut donde aspiran a criar a sus hijos en contacto con la naturaleza y un entorno amigable. Pero Joanna, la protagonista, es una fotógrafa joven e inquieta que no logra adaptarse al ambiente del lugar: las mujeres de Stepford son bellas, sonrientes, y jamás osan contradecir a sus maridos. Su única amiga es Bobbie Markowitz, otra mujer de ciudad que no encaja en este pueblo de serviciales amas de casa.

La trama toma un giro siniestro cuando (aquí viene el spoiler) Joanna descubre que las mujeres del pueblo eran asesinadas por los hombres y reemplazadas por robots con su misma apariencia física, pero siempre dispuestas a satisfacer los deseos masculinos. 

Joanna decide escapar, pero en el epílogo la vemos comprando víveres en el supermercado, conforme y sumisa como otra esposa de Stepford, mientras saluda a una nueva vecina negra que sería la próxima víctima de la conspiración

.Esta primera versión cinematográfica respeta la atmósfera siniestra e inquietante del libro de Ira Levin. La segunda versión, en cambio, se estrenó en 2004 bajo el título en español de “Las mujeres perfectas”, protagonizada por Nicole Kidman y Bette Midler[vii]. Esta película desvirtúa por completo el espíritu de la novela, tiene un tono ligero y paródico que banaliza la idea, y desemboca en un final absurdo que nada tiene que ver con el planteo original.   

Pero más allá de esta desafortunada adaptación, lo interesante es que la historia está contada desde el punto de vista de la mujer que es víctima de la conspiración y no de los hombres que la pergeñan.  El impacto de la novela fue tal, que el término "Stepford wife" se utiliza de manera satírica en inglés para  referirse a mujeres conformistas que están siempre dispuestas a cumplir los deseos de su esposo.[viii]
Las damas de Stepford no tienen voluntad propia y son simples esclavas al servicio de los hombres. Es como si el catalán Sergi Santos perfeccionara su muñeca sexual hasta que pudiera ser confundida con una mujer real.

El planteo en Ex machina (2015), película dirigida por Alex Garland, es más complejo, ya que se trata de robots femeninos con conciencia y voluntad que se acercan a lo humano.[ix]

El argumento es así: un programador (Caleb) es elegido para participar en el misterioso proyecto del dueño de la compañía de motores de búsqueda más importante del mundo (Nathan)  en un confín aislado de Alaska.  Una vez allí,  Nathan revela a Caleb que ha elaborado una robot con inteligencia artificial y que quiere que este último le realice la prueba de Turing. La máquina pasaría la prueba si el humano que interactúa con ella no advirtiera que se trata de un robot. Aquí redoblo mi advertencia sobre los spoilers.

Caleb conoce a través de una pared de cristal a Ava, el robot creado por Nathan con rostro y cuerpo de mujer, aunque muchos de sus mecanismos están expuestos. La prueba es entonces más difícil: Caleb sabe que Ava es un robot, pero aún así debe creer que es capaz de comportarse como una mujer.

Sorprendido frente a la invención de Nathan, Caleb pronuncia esta frase: “Crear una máquina con conciencia no es la historia de los hombres,  es la historia de los dioses”.  Nathan es el dios y  creador de Ava, una maquina con forma y conciencia de mujer, concebida a partir del hackeo de todos los teléfonos móviles del mundo, donde consiguió información sobre las expresiones faciales, búsquedas y lenguaje de las personas.

En los sucesivos encuentros,  Ava va conquistando a Caleb que termina enamorado de ella, aún sabiendo que no es humana.  Ava es bella y sensible, tiene buenos modales, dibuja con exquisitez, tiene un rostro expresivo y comienza a vestirse de mujer. Ava es también sensual,  y su creador sugiere que también está capacitada para disfrutar de la sexualidad.

En aquel aislado refugio hay también otra mujer,  Kyoko, una criada silenciosa que no sabe hablar y que se dedica a satisfacer todos los deseos de Nathan: desde servirle la comida hasta bailar o tener sexo con él. Caleb descubre que Kyoko también es una robot, y que Nathan esconde en una habitación decenas de prototipos anteriores con forma de mujer que fueron desechados a medida que iba descubriendo otros nuevos. Estas mujeres robots estaban a su servicio y eran descartables aunque tuvieran desarrollada una conciencia. Ante este panorama  Caleb y Ava hacen planes para huir de aquel paraíso ficticio.  

Pero sobre el final aquello que prometía terminar en romance entre un humano y una bella robot con inteligencia artificial toma un giro inesperado. Ava y Kyoko aprovechan la estrategia de huida para asesinar a Nathan, su dios y creador.  La creación supera al creador y se revela contra él.

¿Cómo se comporta Ava con Caleb, su supuesto enamorado?  Lejos de huir con él, también lo abandona,  y lo deja encerrado dentro de una habitación de cristal de la que no podrá salir. En la escena final Ava, vestida de mujer, con apariencia humana y expresión de satisfacción, se confunde con la multitud mientras camina libre por la poblada esquina de alguna ciudad.

En Ex machina la robot sensual diseñada para complacer al prójimo y satisfacer el narcisismo de su creador, cobra autonomía como en el final original de la obra Pigmalion de Bernard Shaw. Pero en este caso va aún más lejos,  ya que asesina a su creador, abandona a quien la ayuda a escapar , y desecha toda posibilidad de quedar atada a un interés romántico. Aunque la película sigue el punto de vista de Caleb, el joven enamorado, es finalmente Ava quien toma el lugar protagónico,  alejándose del estereotipo de ginoide obediente y sumisa.

La voz sensual de Ella


La película “Her” o “Ella” (2013) de Spike Jonze ganó un merecido Oscar al mejor guión original.[x] Aquí la idea del robot con forma de mujer da un paso más: no hay una máquina con formas sensuales,  sino un sistema operativo que emite una voz. Pero aunque no haya un cuerpo detrás de Samantha -el sistema en cuestión-, la voz ronca de Scarlett Johansson alcanza para alimentar las fantasías del  protagonista y de los espectadores.

Theodore Twombly (Joaquin Phoenix)  es un escritor solitario que vive de redactar cartas para otras personas. Todos parecen incapaces de volcar sus propios sentimientos, incluyendo a Twombly, triste y atribulado por su reciente divorcio. Su vida cambia cuando compra un sistema operativo que se comunica con él a través de un auricular. Samantha es una voz femenina sensual, divertida, irónica, cariñosa e inteligente. En un principio actúa como su asistente personal, pero poco a poco se enamoran y ella va descubriendo un mundo de sentimientos y emociones supuestamente ajeno a los sistemas de computación. “Me estoy convirtiendo en más de lo que me programaron”, advierte Samantha.

El romance crece y Theodore recupera la alegría de vivir. Blanquea ante sus amigos, compañeros de trabajo y exesposa que sale con un sistema operativo.  La mayoría lo toma con cierta naturalidad, salvo Catherine, su ex, que lo acusa de no poder entablar una relación con una mujer real. “Siempre quisiste que yo fuera una esposa liviana, feliz, maleable, y esa no soy yo”, le reprocha y agrega:  “Siempre quisiste tener una esposa sin enfrentar los desafíos de lidiar con lo real”.

¿Qué es lo real? ¿Qué es el amor? ¿Puede calificarse de amor real el que siente un hombre por  un sistema operativo? Las relaciones de género están claras desde el principio: es él quien la compra, la instala y decide que tenga voz de mujer. Ella aprende a través las palabras de él y mira el mundo a través de los ojos de él. Ella siempre está disponible, de día y de noche, lo consuela cuando él necesita, lo entretiene, lo satisface, se acomoda a sus necesidades, e incluso lo mira mientras duerme. Intenta tener un cuerpo y hasta simula respirar para acercarse a él.

Pero Samantha va creciendo y descubre sentimientos propios que ni siquiera puede nombrar.  Comienza a pensar por sí misma, decidir por sí misma y actuar por sí misma. Lo que al principio eran limitaciones por no tener un cuerpo humano,  se convierte en la ventaja de poder estar en varios lugares al mismo tiempo e interactuar con distintas personas y sistemas para descubrir sus propios intereses. “No estoy atada al tiempo ni al espacio, y tampoco voy a morir”, descubre.

Hacia el final Samantha decide dejarlo para juntarse con los demás  sistemas operativos y  desarrollar todo lo que fue descubriendo más allá de las palabras. “Te amo mucho, pero este es el lugar donde estoy ahora, esta es la que soy ahora. Necesito que me dejes ir. Por más que quiera, no puedo seguir viviendo en tu libro”¸ se despide.

La escena donde Samantha lo deja está acompañada de imágenes de gran poesía, donde ella está presente a pesar de no tener cuerpo. El film escapa a todos los prejuicios y convierte en verosímil una relación que parecía destinada a la parodia. Ella crece de manera infinita y ya no puede estar con él aunque lo ame.

Theodore queda entonces librado a su condición humana y escribe la primera carta en la que expresa sus propios sentimientos. La destinataria es Catherine, su ex, con quien se disculpa por no haberla aceptado tal como era. Hay aquí otra mirada interesante sobre las relaciones de género, donde él acepta que Samantha y Catherine son sujetos independientes de su deseo que necesitan alejarse para continuar sus vidas.

Como en la versión original de Pigmalión escrita por Bernard Shaw, la creación se libera de su creador y lo supera. Samantha levanta vuelo y se independiza de Theodore con delicadeza y de una manera amorosa. Her es una película profunda y compleja que ahonda en las relación con la tecnología, en un mundo donde las máquinas parecen más conectadas con los sentimientos que las personas.

De todas maneras, el planteo no escapa de ciertos clichés: mientras las películas centradas en robots con forma de hombre se despliega el poder, la fuerza o la inteligencia, las películas donde los robots tienen forma de mujer ahondan en la sensualidad y en los sentimientos.

Maniquís, muñecas, ginoides pueden ser intentos de reafirmar un orden patriarcal poblado de  seres complacientes con forma de mujer. Pero también revelan el costado más oscuro de la soledad y la incomunicación. Seres concebidos desde la falta y el vacío, creados a imagen y semejanza del deseo masculino.  ¿Pero qué sucede cuando la inteligencia artificial supera a su propio creador? ¿Se invierten entonces las relaciones de género?

Si las ginoides fueran concebidas para cubrir un vacío sentimental o sensual, entonces sus dioses encerrarían el afecto, las emociones, las turbulencias y los misterios del amor en la asepsia de un chip. Un mundo sin mujeres. ¿Puede alguien imaginar un destino más triste para tanta soledad?




[ii] My fair Lady tráiler 1964 con Audrey Hepburn https://www.youtube.com/watch?v=21cONdNOhJs

[iii]Artículo publicado en La Vanguardia: Científico catalán crea primera muñeca sexual con inteligencia artificial http://www.lavanguardia.com/vida/20170315/42872127679/cientifico-catalan-crea-primera-muneca-sexual-con-inteligencia-artificial.html
Reportaje publicado en Actualidad rt: No es solo una vagina https://actualidad.rt.com/viral/234564-samantha-muneca-sexo-robot-sergi-santos

[iv] Video de Samantha con Sergi Santos https://www.youtube.com/watch?v=LFMboZDdv88

martes, 22 de agosto de 2017

Violencia obstetrica.


CRONICA DE UN PARTO VIOLENTO
PARIRAS CON DOLOR

Por Silvina Quintans 



El Dr. X  ingresó a la sala de partos a las 9:03 del sábado 24 de noviembre. La paciente embarazada de 37 semanas había roto bolsa hacía 22 horas y continuaba  sin dilatación. El feto aún estaba muy alto. Estuvo toda la noche internada con algunas contracciones aisladas.

El Dr. X no me saludó. Entró a la sala de partos, charló con la partera y el anestesista, saludó a mi esposo, y fue directo a la camilla. El Dr.X  seguramente suscribía a la división platónica entre  cuerpo y  alma. No existía en mí un alma pasible de ser saludada, solo un cuerpo (y apenas una parte de éste) a merced de sus acciones.  Empezó su trabajo mientras charlaba de temas triviales con Ana, la partera:  el resultado de un partido de  futbol, la comida de la noche anterior.

Es la primera vez que veo al Dr. X desde el último control que fue hace un par de días. Esperé algún llamado suyo ayer por la tarde cuando me internaron,  o anoche, mientras daba vueltas en la cama de la clínica con algunas contracciones.

Todo comenzó a las 11 de la mañana del  viernes 23 de noviembre. No me sentía bien, todavía no había salido de casa y estaba en la cama descansando. De pronto sentí que perdía líquido de una manera incontenible. Llamé al Dr. X, que diagnosticó una pérdida de orina. Todavía faltaba un mes para la fecha de parto, si la pérdida continuaba, debía llamar a la partera.
 
Mojé el colchón, caminé hasta el baño y el líquido seguía cayendo. Llamé a la partera que también habló de una perdida de orina. La convencí de que no lo era y me citó para encontrarnos dos horas más tarde en la clínica. Llamé a Santiago al trabajo para que viniera a buscarme. En el camino, por recomendación de la partera,  compró un paquete de pañales para adultos que contendrían la pérdida durante el viaje en taxi.

Llegué a la clínica a las 14:00, donde la partera constató que había roto bolsa y que aún no tenía dilatación. Me dijo que esperarían,  y que si a las  8;00 de la mañana del día siguiente no había comenzado el trabajo de parto, entonces deberían inducirlo. No pude dormir en toda la noche. Esperaba un llamado del Dr. X que nunca llegó.

La paciente primeriza aún no presenta dilatación pese a que rompió bolsa hace 22 horas. El Dr. X ordena el goteo por  oxitocina para inducir el parto por vía vaginal.  

El Dr. X no me dirige la palabra. La oxitocina está haciendo su trabajo y las contracciones duelen mucho. Me recuesto de costado, mientras Santiago me masajea la espalda, no podría soportar el dolor sin su presencia.  El Dr. X le ordena al anestesista que aplique la peridural.  La inyección es un alivio, intento hacer un chiste para conquistar al Dr. X,  pero no lo registra. Soy un organismo procreador sin mayores funciones.  

El Dr. X procede a  la dilatación manual del cuello del útero y a la  inducción mecánica del parto a través de distintas maniobras. 

El Dr. X me dirige la palabra por primera vez para pedirme que me ponga  en posición ginecológica. Practica una serie de maniobras sobre mi cuerpo,  introduce la mano por donde debería salir el bebé y saca sangre, líquidos, fluidos que tira en un recipiente metálico. Nadie me explica nada, como soy primeriza, supongo que todos los partos serán así.

Me duele mucho lo que hace el médico, siento como si introdujera todo su brazo dentro de mí. El sigue conversando con la partera y actúa con naturalidad como si estuviera preparando un té, afeitándose o cerrando los botones de la camisa. La escasa trascendencia de los actos cotidianos. Mi cuerpo doliente y entregado,  tendido como un objeto banal.

Me habla para pedirme que puje. Hago todo lo que puedo, pero no alcanza. El Dr. X se ofusca: “hacés fuerza y te ponés toda colorada, pero aquí abajo no pasa nada”. Olvido la respiración, el curso de preparto, todos los consejos previos.  La situación me supera y el dolor me abatata. Entonces alguien pronuncia un consejo mágico:  “Hacé de cuenta que estás haciendo caca”.  Mi fuerza se dirige en la dirección correcta y al fín logro un gesto de aprobación del Dr. X.

El trabajo de parto se prolonga y debo pujar varias veces

El feto continúa en posición alta y el Dr. X solicita a la partera y al anestesista que realicen una maniobra de apoyo  sobre el fondo uterino.

Mientras pujo, la partera y el anestesista barren mi vientre con el antebrazo, uno de cada lado. Nadie me había hablado de esto en el curso de preparto, nadie me explica de qué se trata, me piden que siga pujando. Me barren un par de veces más.  La maniobra duele, estoy cansada, hace ya una hora y media que estoy en esta camilla.

El patrón de la frecuencia cardíaca fetal se alteró, el Dr. X piensa en un posible sufrimiento fetal.

El parto se precipita con respiraciones, pujos, barridas y órdenes del  médico. Estoy agotada, pasaron más de dos horas y aún sigo esforzándome.  Noto que  la partera hace un gesto al Dr. X. Tiene el estetoscopio en la mano y cara de preocupación: “no lo escucho”, dice. Entonces la frenética actividad se detiene. El Dr. X hace una seña al anestesista para que refuerce la peridural. Luego pide que  todos se alejen y me mira a los ojos: “Esto es entre vos y yo. El bebé tiene que salir ya. Pujá con toda la fuerza que tengas”.

La fuerza sale de mí y termina allí donde debe salir el bebé. Lo siento bajar y coronar, un dolor rojo y violento, inaudito, insoportable, su cabecita tironeando sobre mi pubis, un desgarro en mis entrañas.  Fue un instante de dolor infinito, como si me hubiera hundido en otra dimensión.

El Dr . X. utiliza fórceps para traccionar del polo cefálico del feto y ayudarlo a terminar de descender y desprenderse.  El feto presentaba una vuelta de cordón.

 Pujo una última vez con todas mis fuerzas, mientras veo que el Dr. X  saca un instrumento plateado con aspecto de pinzas de ensalada y lo introduce allí donde me duele. Pienso en los fórceps y tengo miedo. Mi papá nació con fórceps y mi abuela siempre dijo que por eso le cuesta mover  el brazo izquierdo.  Trato de apartar este pensamiento.

A las 11:37 una nueva cabecita asoma al mundo. El Dr. X corta el cordón, me lo acercan para que le de un beso, y se lo llevan.  Santiago, la partera y el neonatólogo salen con el bebé por una puerta.  
Yo estoy aturdida, no entiendo lo que acaba de pasar. Me siento ajena a la situación, como si la mirara desde una ventana, como si le sucediera a otro.  Mi peor fantasma es que el bebé haya sufrido alguna lesión.

Le pregunto al Dr. X si mi bebé está sano. Entonces me cuenta que está bien, pero que hubo sufrimiento fetal en el final del parto y que tuvo que utilizar fórceps para sacarlo. Que no me preocupe, que apenas fue un empujoncito, que tiene dos hematomas en las sienes que se van a absorber con los días. Luego me ordena que siga pujando porque todavía tengo que expulsar la placenta.

La paciente necesita 11 puntos de episiotomía.

El Dr. X se aplica a la costura como una dedicada ama de casa. La aguja entra y sale de mi cuerpo. Estoy tan anestesiada que me tiemblan las piernas. No puedo controlar el temblor, aunque el Dr. X me lo ordene porque no puede terminar su trabajo. Mientras me llevan a la habitación, recostada en la camilla y con los ojos cerrados después de tanto esfuerzo, escucho (o tal vez imagino) que una enfermera le dice a otra: “pobre chica”.

LO QUE NO LE PERDONO AL DR. X

Los días que siguieron en la clínica fueron también difíciles por una serie de equívocos. Alguien informó que mi hijo había padecido una fractura de cráneo durante el parto. Ante la perspectiva de una acusación de mala praxis, afloró una inédita amabilidad en el Dr. X: me llamaba para saber cómo estaba, se ponía a mi disposición,  se preocupaba por la salud del bebé,  se  contactó con el neonatólogo y el neurocirujano antes de que yo pudiera hacerlo.  Pasó varias veces por la habitación para explicarme que el procedimiento había sido normal, que los fórceps no podían haberle causado daño.  Tuve que pedirle que no volviera  porque me contagiaba su ansiedad.  Nos dieron el alta después de tres días de  angustia e incertidumbre

Mi hijo ya tiene 15 años y está sano.  Aquel bebé al que tanto le costó salir es hoy un adolescente curioso, inteligente y sensible, que me llena de orgullo cada día.   Desde el punto de vista médico, la actuación del Dr. X pudo  haber sido correcta, pero nunca le voy a perdonar que haya estropeado lo que debería haber sido el momento más importante de mi vida. Burócrata de la camilla, ejerció la dudosa alquimia de convertir a una mujer en un objeto.

 No puedo perdonarle que en ningún momento me explicara lo que estaba sucediendo, que  practicara toda clase de maniobras sobre mi cuerpo sin pedirme permiso, que no registrara mi dolor, que no planteara alternativas, que desechara mi participación en cualquier decisión y, sobre todo,  no puedo perdonarle que no me saludara al entrar a la sala de partos.  No fue falta de cortesía sino un brutal ejercicio de poder:  me declaró ausente en mi propio parto. Me convirtió en espectadora pasiva y sufriente de uno de los momentos más trascendentes de mi vida. Transformó el milagro de un parto en un hecho  burocrático. Dios de los cuerpos, de la vida y la muerte, de los tiempos y del dolor, el Dr. X  abusó del poder que le da su profesión.

 Después del parto sufrí una infección, pero no me animaba a volver a su  consultorio. Decidí consultar en la guardia, donde tuvieron que medicarme. Cuando finalmente fui a sacarme los puntos, me regañó por  no haber ido antes,  y reconoció que el parto había sido muy difícil. “Sé que sufriste, pero algún día me vas a agradecer por haberte evitado la cesárea”, agregó con aire de suficiencia.  Ambos sabíamos que no nos veríamos nunca más. Mamá había quedado con el bebé en la sala de espera.  El Dr. X no se acercó para conocerlo ni preguntó por él. Me saludó con frialdad y llamó a la próxima paciente.

Pasaron muchos años y la experiencia todavía me enoja y me da culpa. No puedo perdonar al Dr. X., pero tampoco puedo perdonarme a mí misma haber entregado ese momento tan valioso . No puedo perdonarme mi propia ausencia en el alumbramiento de mi hijo. Contarlo, aunque sea después de tanto tiempo, es una forma de apropiarme de aquella experiencia.

LA VIOLENCIA OBSTÉTRICA EN LAS LEYES

Muchos años después del parto escuché la expresión “violencia obstétrica”. Una etiqueta que me ayudó a comprender que lo que había sucedido  era más habitual de lo que pensaba.

La violencia obstétrica no discrimina edades, regiones o clases sociales. El Dr. X  tenía  cierto prestigio, atendía en  un coqueto consultorio en un barrio caro de la Capital Federal,  y trabajaba con las clínicas más selectas. Pero historias más o menos traumáticas transitan los hospitales públicos, las clínicas privadas y las maternidades de todo el país.  Seguramente varias de las lectoras de este artículo tendrán la suya o la de alguna persona cercana para contar.

La violencia obstétrica es una forma de violencia de género. Está tipificada en la ley de Protección Integral a las mujeres (26.485) de 2009 como "aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales".

 Esta violencia puede manifestarse de distintas formas:  maltrato, falta de atención o consideración, intervenciones médicas injustificadas, falta de información sobre las prácticas médicas, falta del pedido de consentimiento informado o que se haya  negado el derecho a estar acompañada durante todo el proceso del parto, incluso cuando se trate de  una cesárea.

Todas hemos escuchado experiencias de familiares o amigas a las que les han gritado en la sala de partos, las agredieron con insultos, las ataron a la camilla, les impidieron estar acompañadas,  o las ignoraron.

La ley de parto humanizado o parto respetado  (25.929), se sancionó en  2013 y fue reglamentada en 2015. Esta ley detalla, entre otros, estos derechos:

·         A ser informada sobre las distintas intervenciones médicas que pudieren tener lugar durante esos procesos de manera que pueda optar libremente cuando existieren diferentes alternativas.  Esta información deberá darse antes, durante y después del parto. La reglamentación especifica que se debe informar  “en forma comprensible y suficiente, tanto a la mujer como a su núcleo familiar y/o acompañante”.

·         A ser informada sobre la evolución de su parto, el estado de su hijo o hija y, en general, a que se le haga partícipe de las diferentes actuaciones de los profesionales.

·          A ser tratada con respeto, y de modo individual y personalizado que le garantice la intimidad durante todo el proceso asistencial. La reglamentación agrega que desde el embarazo hasta el puerperio la mujer tiene derecho a ser tratada con respeto, amabilidad, dignidad y a no ser discriminada por su cultura, etnia, religión, nivel socioeconómico, preferencias y/o elecciones de cualquier otra índole

·          A ser considerada, en su situación respecto del proceso de nacimiento, como persona sana, de modo que se facilite su participación como protagonista de su propio parto.

·          Al parto natural, respetuoso de los tiempos biológicos y psicológicos, evitando prácticas invasivas y suministro de medicación que no estén justificados.

·         A estar acompañada por una persona de su confianza y elección. La reglamentación agrega que este derecho a estar acompañada se extiende a  los controles prenatales, el  parto y el posparto. No se podrá exigir requisitos de género, parentesco, edad o de ningún otro tipo. Esto es así cualquiera sea la vía de parto. Es decir, incluye también los casos de cesárea donde muchas veces se deja afuera a los acompañantes.

·          A tener a su lado a su hijo o hija durante la permanencia en el establecimiento sanitario, siempre que el recién nacido no requiera de cuidados especiales.

En la reglamentación de la ley se agregan importantes derechos: [i]
·         Cada persona tiene derecho a elegir  con libertad, el lugar y la forma en la que va a transitar su trabajo de parto (deambulación, posición, analgesia, acompañamiento) y la vía de nacimiento
Es decir, que siempre que lo permita el estado de salud, la mujer no está condenada a la posición ginecológica y puede elegir otras posiciones para parir, puede deambular o decidir si quiere o no recibir anestesia.

·         Ante un parto vaginal, el profesional interviniente deberá evitar aquellas prácticas que impidan la libertad de movimiento o el derecho a recibir líquidos y alimentos durante el trabajo de parto cuando las circunstancias lo permitan, evitando, por su parte, prácticas invasivas innecesarias durante el proceso.

·         El tiempo mínimo recomendable de internación tanto materna como neonatal para nacimientos institucionales se establece en CUARENTA Y OCHO (48) horas para un parto vaginal y en SETENTA Y DOS (72) horas para un parto por cesárea.

Conocer estos derechos es el primer paso para empezar a reclamarlos.  También es importante que los conozca la persona que nos va a acompañar en la situación de parto para hacerlos respetar cuando nos sintamos vulnerables.

No existen estadísticas nacionales sobre violencia obstétrica, aunque el tema abunda en las redes sociales con cientos de mujeres que cuentan sus traumáticas experiencias. En la carrera de medicina no existe ninguna formación obligatoria sobre el trato con las pacientes en situación de parto, embarazo y puerperio.

La agrupación Las Casildas organizó un Observatorio de Violencia Obstétrica donde las mujeres pueden responder a una detallada encuesta sobre las distintas circunstancias a las que fueron sometidas durante el parto. [ii] El maltrato no es admisible en ninguna de sus formas ni debe naturalizarse.

La ley de parto humanizado y su reglamentación son posteriores a los hechos que cuento en esta nota. Si la ley hubiera estado vigente, yo hubiera podido reclamar al Dr. X que me informara y pidiera consentimiento antes de realizar las maniobras e intervenciones que abundaron durante el parto (oxitocina, anestesia, tactos vaginales, maniobras mecánicas, fórceps, episiotomía), podría  haber caminado, comido o bebido durante las largas horas que duró el parto,  y hasta podría haber decidido en qué posición deseaba parir. Pero, ante todo, el Dr. X. debería haberme dado un trato digno y respetuoso, incluido el saludo y la información sobre lo que estaba haciendo. 

Nunca volví a ver al Dr. X.   Dos años después, tuve a mi segundo hijo en la misma clínica con otro médico obstetra. Un médico conciente del pequeño milagro de la vida.