lunes, 1 de octubre de 2018

Todas queríamos ser Jo March

Texto: Silvina Quintans

Reeditamos esta nota publicada en 2016 en el blog Damiselas en Apuros,  en homenaje a los 150 años de la primera edición de Mujercitas

TODAS QUERIAMOS SER JO MARCH


Mi abuela no sabía leer, y hacia el final de su vida había quedado ciega. Se sentaba en una silla de mimbre en la puerta de su casa, y sentía el ruido de la calle, el tren que pasaba a cada rato por las vías de aquella cortada que se había convertido en su lugar en el mundo.

La abuela solía preguntarme qué quería ser cuando fuera grande. Una vez le dije que quería ser escritora. Recuerdo su cara de perplejidad: ¿Qué es una escritora? ¿de dónde había sacado esa idea?.  

El 30 de septiembre se cumplieron 150 años de la publicación de Mujercitas. La vida de aquellas muchachas del siglo XIX dibujadas por la pluma de Louisa May Alcott (1832, Pensilvania -  1888, Boston, Massachusetts) forma parte de la educación sentimental de varias generaciones. Meg, bella y responsable, Beth, abnegada, frágil y sensible, Amy, coqueta e inquieta,  Marnee, la madre que siempre tenía la palabra justa. Pero si existía alguien a quien todas queríamos parecernos era a la intrépida Jo, quinceañera, aspirante a escritora, dispuesta a romper con todos los mandatos

Louisa May Alcott concibió al personaje como su alter ego. La autora fue una mujer independiente que militó contra la esclavitud y por los derechos de las mujeres, entre ellos el sufragio. Jamás se casó –un pecado para la época-  y vivía de la escritura. Escribió Mujercitas por encargo de una editorial que le pidió un libro para señoritas, género muy de moda en la época, algo así como una chick lit del siglo XIX. Louisa escribió lo que le pidieron, pero a su manera y basándose en su propia vida. Aunque los ojos del narrador están posados sobre Jo, la autora tiene una mirada generosa y compasiva sobre cada uno de sus personajes,  que crecen a lo largo del año en el que transcurre el libro.

Las guías para señoritas eran textos moralizantes que se usaban para adiestrar a las mujeres con el fin de convertirlas en buenas esposas y madres. Estos manuales reproducían estrictos códigos que indicaban desde cómo sentarse o comportarse en una reunión, hasta cómo mantener una conversación, o cuidar la piel para estar siempre radiante. El destino final de tantos modales era conseguir un buen marido y mantener un hogar armonioso.

Jo se opone a todos esos mandatos y al destino hogareño que auguran, como lo hizo la propia autora durante toda su vida. Y aunque su mundo parezca muy lejano del nuestro, a muchas nos sonarán frases dignas de estos manuales como “sentate bien” -es decir derecha y con las piernas cerradas-, o “nadie te va a querer si sos tan desordenada”, o “apurate a conseguir novio”, o “conservá a tu marido que ya no quedan hombres así”. Las revistas femeninas nos siguen disciplinando hacia modelos imposibles de alcanzar como los viejos manuales para chicas. La publicidad todavía nos conmina a mantener el hogar desinfectado y los pisos limpios y brillantes. Por eso muchas todavía reivindicamos la figura de Jo March.

Tribulaciones de una adolescente


Jo no era bella. Su belleza, en todo caso, estaba en su vitalidad y carácter. Al menos eso surge de la descripción que se hace en las primeras páginas:

Jo, que tenía quince años, era muy alta, esbelta y morena, y le recordaba a uno un potro; nunca parecía saber qué hacer con sus largas extremidades, que se le atravesaban en el camino. Tenía la boca decidida, la nariz respingada, ojos grises muy penetrantes, que parecían verlo todo, y se ponían alternativamente feroces, burlones o pensativos. Su única belleza era su cabello, hermoso y largo, pero generalmente lo llevaba descuidadamente recogido en una redecilla para que no le estorbara; los hombros cargados, las manos y los pies grandes y un aire de abandono en su vestido y la tosquedad de una chica que se hacía rápidamente mujer a pesar suyo
.
 Tampoco era elegante, ni estaba pendiente de su apariencia y arreglo personal. Privilegiaba la comodidad sobre la moda y le pesaba todo aquello que se entendía por femineidad a mediados del siglo XIX. No duda en ponerse un sombrero de ala ancha que todos consideraban ridículo para un evento social  al aire libre. Lo considera muy útil para no quemarse la cara, a pesar de que ninguna dama hubiera aceptado semejante atuendo.

Se burla de la coquetería de su hermana Meg, y recalca una y mil veces que no le interesa ser una señorita. Su manifiesto es en parte rebeldía hacia las convenciones que asocia con el mundo de los adultos,  pero también es resistencia a abandonar la infancia y su mundo libre de reglas.

-          Deberías recordar que eres una señorita, le dice Meg
-          ¡No lo soy! Detesto pensar que he de crecer y ser la señorita March, vestirme con faldas largas y ponerme primorosa. Ya es bastante malo ser chica, gustándome tanto los juegos, las maneras y los trabajos de los muchachos. No puedo acostumbrarme a mi desengaño de no ser muchacho, y menos  ahora que me muero de ganas de ir a pelear al lado de papá y tengo que permanecer en casa tejiendo medias calceta como una vieja cualquiera –

En uno de los capítulos más conmovedores del libro,  vende en secreto su cabello –“su única belleza”, como define la madre- para enviar dinero a su padre que fue herido en la guerra. Su inesperado gesto conmueve a toda la familia, pero ella se muestra muy convencida de lo que hizo:

Será  bueno  para  mi  vanidad;  me  estaba  poniendo  demasiado  orgullosa de mi peluca. Mi cerebro ganará con quitarse ese peso de encima; siento la  cabeza  ligera  y  fresca,  que  da  gusto,  y  el  peluquero  dijo  que  pronto tendría  unos  bucles  como  los  de  un  muchacho  que  me  sentarían  muy bien y serán fáciles de peinar; estoy contenta; toma por favor el dinero y cenemos.

Por la noche, sin embargo, Meg la escucha sollozar en la cama. Llora como la nena que todavía lleva adentro y suspira por su cabello, su “única belleza”.

Jo detesta las limitaciones que le impone su condición de mujer, y muchas veces lo demuestra a través de sus modales opuestos a todo convencionalismo. Como toda adolescente que se precie, es impulsiva, cambia rápidamente su estado de ánimo y tiene dificultades para dominar su carácter. Su madre, la sabia Marmee, le da las herramientas para templar sus volcánicas reacciones.
Puede pasar largas horas aislada del mundo encerrada en la bohardilla entre sus libros, o patinar con desenfreno al aire libre en plena época de nieve sin cuidar la elegancia o la compostura. Su lugar no está en los bailes de sociedad, ni en los salones o tertulias.

Me quedaré sentada; a mí no me gustan los bailes de sociedad; no me divierte  ir dando vueltas acompasadas; me gusta volar, saltar y brincar

 Jo es una apasionada de la lectura y de la escritura. Escribe obras teatrales, inventa sociedades secretas, redacta diarios familiares siempre con la complicidad de sus hermanas y de su amigo y vecino Laurie. Su educación es informal y autodidacta.

La hermana menor, Amy, sí va a la escuela, pero la madre resuelve darle también educación domiciliaria cuando se entera de que su hija ha sido castigada y humillada en clase, una práctica extendida y aceptada en la época.

No apruebo los castigos corporales, y menos aún cuando se trata de niñas.

Jo es la encargada de entregarle al docente la carta con las razones por las que Amy no asistirá más a clase. Antes de retirarse del aula, Jo se limpia el barro de las botas en la estera de la entrada “como si quisiera sacurdirse el polvo del lugar”

Muchachas trabajadoras



Si bien todas las mujeres de la casa de los March –salvo Beth y la criada- detestan las tareas domésticas,  la madre les enseña a valorarlas de una manera muy original. En estos días en los que tanto hablamos del trabajo ingrato e invisible que realizamos las mujeres en la casa, la Sra. March decide mostrar su valor a través de lo que hoy llamaríamos un paro de mujeres.

Las hermanas manifiestan su deseo de jugar todo el día y librarse de las tareas domésticas durante las vacaciones. Lejos de sermonearlas,  la madre da rienda suelta a sus hijas para que lo hagan. La trampa está en que ella decide hacer lo mismo, y la casa termina por colapsar. En un rasgo de ironía de la autora, hasta el pájaro de Beth muere de inanición porque en el desorden se olvidan de alimentarlo. Las chicas aprenden que esas pequeñas tareas que nadie valora sirven para que los engranajes de la vida sigan funcionando.

Pero aprenden algo más: el valor del trabajo. El trabajo doméstico es necesario y debe ser respetado, así como el trabajo fuera de la casa es un camino para obtener autonomía. La familia March tuvo un pasado de tranquilidad económica, pero las cosas han cambiado. El padre perdió parte de su fortuna prestándosela a un amigo y ahora se marchó a la guerra, por lo tanto, las mujeres deben arreglarse solas para mantener la casa.

 A diferencia de las discípulas de los manuales de señoritas, que aspiraban a un buen matrimonio como sostén económico, las hermanas March realizan pequeñas tareas que permiten el sostenimiento económico de la familia. Meg trabaja como institutriz de una familia rica y Jo oficia de dama de compañía de su adinerada tía leyéndole todos los días.  Esa ocupación le permite ganar algo de dinero y devorar los libros de la biblioteca mientras su tía se queda dormida.

El trabajo pasa a ser fundamental para esta familia, que de algún modo reproduce la ética norteamericana y protestante. Pero el trabajo es, además, un camino hacia la autonomía y realización personal de las mujeres, según la propia Marmee enseña a sus hijas:

El trabajo es saludable y hay  bastante  para  todas;  nos  libra  del  aburrimiento  y  de  la  malicia,  es bueno para la salud y el espíritu y nos da mayor sentido de capacidad y de independencia que el dinero o la elegancia.

Hay también una dimensión solidaria de este trabajo que ayuda a sostener a esa comunidad de mujeres. Jo detesta leerle a su tía, una mujer rígida y malhumorada, tal vez el único personaje antipático de la novela. Es un trabajo que realiza para contribuir a la familia.

Pero el trabajo también tiene una dimensión de realización personal que hasta entonces era  negada a las mujeres. Por eso debe haber sido revolucionaria para la época la escena en la que Jo visita en secreto al editor de un diario y publica sus cuentos. Ella escribe con pasión y aspira a vivir en el futuro de la escritura, como lo hizo la autora.

Le  faltó  el  aliento  y  escondiendo  la  cabeza  en  el  periódico, derramó  algunas  lágrimas  ingenuas,  porque  ser  independiente  y  ganar las  alabanzas  de  las  personas  que  amaba  eran  los  deseos  más  ardientes de su corazón, y aquello parecía el primer paso hacia tan feliz meta.

Y aunque el interés romántico es uno de los ejes del libro, la energía de Jo está puesta en la escritura, la actividad que más la apasiona y también el medio económico con el que aspira a sostenerse y ayudar a su familia.

Solterita y sin apuro


Ya  no  se  dejan  fortunas  de  esa  manera -dice Meg refiriéndose a las fortunas heredadas - ;  ahora,  para  tener  dinero los hombres tienen que trabajar y las mujeres tienen que casarse. Es un mundo muy injusto

En el caso de la familia March, pobre y sin herencia a la vista, el panorama se amplía en lugar de estrecharse porque las chicas son alentadas a ser autónomas. Frente a la independencia económica, el matrimonio como medio para sobrevivir deja de ser la única opción para estas mujeres. El matrimonio, si llegaba, estaría ligado al amor y no al dinero.

 -Las muchachas pobres no tienen oportunidades, si no se hacen valer -suspiró Meg.
-Entonces seremos solteronas -repuso Jo seriamente.

Jo rompe aquí con el tabú de la soltería. Su madre, lejos de disuadirla, considera que el dinero no debe ser el móvil del matrimonio. Si bien la soltería no era vista como un estado deseable ni alentada por la familia, la Sra. March sorprende con la siguiente respuesta:

-Bien dicho, Jo; más vale ser solteronas felices que casadas desgraciadas o muchachas inmodestas a la caza de maridos -dijo decididamente la señora March -. Recuerden una cosa, hijas mías: su madre está siempre lista para ser su confidente, y vuestro padre para ser vuestro amigo; esperamos y con- fiamos que nuestras hijas, casadas o solteras, constituirán el orgullo y consuelo de nuestras vidas.

La desmitificación de la soltería sigue siendo una asignatura pendiente. Las mujeres solteras aún son estigmatizadas, burladas o descalificadas por su elección de vida. La idea de “solteronas felices” que esgrime la Sra. March en aquellos tiempos debió haber parecido un oxímoron. Su postura todavía resulta moderna: una madre que alienta a sus hijas a ser ellas mismas y a buscar  su camino.
Hace varios días que intento terminar esta nota, releo el libro, lo subrayo, tomo notas. Hay coincidencias que se parecen mucho al destino, porque mientras intento cerrar el texto la televisión repite una publicidad de vino dulce. “Fragmentos de Mujercitas”, anuncia un cartel y luego se escucha la voz en off de la Sra. March mientras se muestran los pasos que sigue una chica para convertirse en bailarina.

Procura ser algo espléndido, y asegurate asombrarlos a todos algún día.  Puede que seas pequeña, pero si te lo propones brillarás tan intensamente como el sol, si sientes que tu valor reside en ser algo meramente decorativo, tengo miedo de que algún día  pienses que eso es todo lo que realmente eres. Ve, aduéñate de tu libertad y descubre las cosas hermosas que surgen de ello. Si tienes tantos dones extraordinarios, ¿cómo podrías llevar una vida ordinaria?

Apago la televisión y cierro el viejo libro forrado de verde que guardo desde mi infancia. Recuerdo a mi abuela, sentada en la puerta de su casa, con tantos sueños inconclusos. Pienso en las libertades y en todos los libros que le fueron negados. 

Todas quisimos ser Jo alguna vez, aunque no lo supiéramos.

jueves, 30 de agosto de 2018

Crónica de la marcha por la universidad pública


Texto y fotos: Silvina Quintans


SOMOS LA PRIMERA GENERACIÓN DE UNIVERSITARIOS


                                         NO QUEREMOS SER LA ÚLTIMA

Eso dice el enorme cartel que llevan los estudiantes de  Universidad de Lanús.

“Mi viejo murió y mi mamá limpia casas por hora. Yo soy primera generación de universitarios, nadie en mi familia pudo estudiar, todos tuvieron que salir a trabajar de chicos. Estoy en segundo año de Ciencias Políticas, estoy muy contento, es una universidad muy buena, enseñan muy bien”, dice Federico mientras avanza con la bandera.

Esta historia es la de muchos de los jóvenes que marchan esta noche por Avenida de Mayo en defensa de la única herramienta que puede nivelar las oportunidades en un país cada vez más desigual.  La historia de Federico desmiente los dichos de la Gobernadora María Eugenia Vidal : “Nadie que nace en la pobreza hoy llega a la Universidad”.  La educación pública es la que abre la puerta a  los 38 mil alumnos del quintil más pobre de la población que cursan en las 14 universidades ubicadas en el Conurbano bonaerense, según un informe de la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE). [i] En muchas de ellas más del 70% de los egresados son primera generación de universitarios. Pero aún si fueran ciertos los dichos de Vidal, sería motivo para redoblar el esfuerzo en educación superior de calidad y no una excusa para retacearla.

La marcha convocada por distintas organizaciones para defender las universidades públicas que padecen serios problemas presupuestarios y aún no han arreglado la paritaria docente que venció en febrero,  avanza como un río desde Congreso a Plaza de Mayo. Llueve fiero, sopla sudestada, se abren y cierran paraguas; hay antorchas, banderas, consignas, pancartas, bombos, orquestas, instalaciones y performances. Una de las más creativas es la del Grupo de Teatro “Las Estatuas” con sus figuras hieráticas que avanzan caracterizadas como alumnos y docentes sumidos en la pobreza. “Venimos a la marcha como grupo de teatro con vocación social y militante para defender la educación pública”, explica Diego, director del grupo,  sin perder la compostura de su personaje.


La competencia por la venta de pañuelos se desata en las esquinas. Cada vendedor tiene su stock de colores: verde por el  aborto legal, anaranjado por la separación de la iglesia del Estado. Hasta aquí, lo conocido, pero a la hora de defender la educación pública no hay acuerdo: hay quienes los venden blancos, rojos o  azules.  Nadie ofrece pañuelos celestes.

En la esquina del Teatro Liceo, un grupo de madres y padres desafía la lluvia y enarbola una bandera con la sigla MaPaC. Son las madres y padres autoconvocados del Colegio Nacional  Buenos Aires, una agrupación que se formó en 2016 ante un conflicto similar que  involucra a los alumnos de colegios que dependen de las Universidades Nacionales. El CNBA  está sin clases desde hace cuatro semanas, las familias se agruparon para defender la educación pública y el regreso de sus hijos a las aulas. Muy cerca de allí, lo Centros de Estudiantes de  escuelas secundarias desfilan y cantan sus consignas en lenguaje inclusivo.  En las mochilas todavía flamean los pañuelos verdes.

Laura, Secretaria General del Centro de Estudiantes de Ciencias Médicas de Rosario, está en quinto año de medicina y vino a manifestar desde su ciudad con un grupo de estudiantes. “Estamos sin  cursar y sin rendir desde hace un mes. Sin educación pública no hay futuro, necesitamos una respuesta urgente”

La oferta gastronómica de la marcha es variada: en la esquina de 9 de Julio y Avenida de Mayo, el humo de los choripanes esfuma el perfil de Evita dibujado sobre el edificio del Ministerio de Desarrollo Social. Cerca de Plaza de Mayo,  a la oferta clásica de panes y churros se agregan las hamburguesas veganas y los sándwich de lentejas y garbanzos.

Sobre la calzada avanzan columnas de partidos políticos, agrupaciones gremiales, estudiantiles, universitarias y carteles con consignas

MAS EDUCACION MENOS CLERO
LAS LUCHAS JUSTAS NO SE ABANDONAN HASTA QUE SE CONQUISTAN
CURSO SIN CALEFACCION, MIRA SI NO VOY A MARCHAR POR LA LLUVIA

“En la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA hace tres meses que estamos sin gas. Hay una reducción notable del presupuesto con incidencia en la parte de investigación. No se pagan subsidios para insumos,  reactivos y equipos importados. No se puede sostener la investigación con la falta de estos elementos. No están pagando los subsidios y becas para estudiantes que concursaron hace un año. Muchos están pensando en irse del país o  buscando trabajos que no tienen que ver con aquello para lo que se formaron”, informa el Dr. Daniel Tomsic, profesor de  Fisiología del comportamiento animal de la carrera de Biología.

Muy cerca de allí,  un chico con pañuelo verde enarbola una pancarta con una frase de Paulo Freire: LA EDUCACION NO CAMBIA EL MUNDO, CAMBIA A LAS PERSONAS QUE VAN A CAMBIAR EL MUNDO.



domingo, 19 de agosto de 2018

Un Día del Niño para Juanito Laguna

Texto: Silvina Quintans
Ilustración: Juanito Laguna remontando su barrilete (Antonio Berni, 1973)


Una  madrugada de abril de 2015,  un niño y dos niñas de 9, 10 y 15 años rompieron la vidriera de una juguetería de Neuquén y robaron seis muñecos de peluche. Un patrullero  los atrapó unas cuadras más adelante, pero cuando los policías se disponían a arrestarlos, llegó el dueño del local. El hombre  se acercó alertado por los ruidos y cuando vio la escena pidió que los liberaran. Al día siguiente las niñas volvieron a la juguetería acompañadas por su madre : “yo le voy a pagar, venimos a  pedirle perdón”.  La chica de 15 era madre adolescente y la familia estaba compuesta por cinco hermanos que vivían en situación de precariedad.

Cada  Día del Niño recuerdo esa historia y las palabras de Francisco Gallo, el dueño de la juguetería: “Yo no puedo condenar a un pibe que no llega al techo de un auto y tiembla como una hoja como si fuera un delincuente. Tengo sensaciones encontradas porque me robaron, pero también entiendo que no se llevaron cualquier cosa. No estaban buscando celulares para revenderlos. Se llevaron algo que deseaban. Un Mickey, un Spiderman... Si el Estado y el Gobierno no hacen algo por los chicos, es la sociedad la que tiene el deber de hacerlo. Yo sólo pongo un grano de arena”, 

Jugar es un derecho reconocido por la Convención sobre los  Derechos del Niño. El artículo 31 establece que los niños y niñas tienen derecho al descanso y al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes. Sin juego no hay aprendizaje, no hay integración, no se comprenden las reglas. Conocemos el mundo a través del juego.

Frente a tantas necesidades y urgencias, plantear el derecho al juego puede parecer una  utopía, pero olvidarlo es asumir que hay niños sin derecho a la infancia. Los niños son niños, más allá de su situación social.

 Hace tiempo en una casa de comidas rápidas un chiquito se acercó para pedirme que le comprara una cajita feliz. Yo tenía una hamburguesa en mi bandeja y se la ofrecí. “No tengo hambre, ya comí, es por el juguete”.

Cada Día del Niño pienso en esa infancia invisible, en la de los chicos y chicas que olvidamos que son niños.  En los que vemos en los semáforos, en los bares, en las calles, en las esquinas repartiendo estampitas,  haciendo malabares, vendiendo chucherías,  durmiendo en camitas improvisadas en la vereda.  En aquellos a los que miramos con desconfianza, a los que ignoramos o reclamamos que actúen como adultos,

Hace tiempo volvía del trabajo aturdida con tantas noticias y con las urgencias de la vida cotidiana. Tropecé en el andén del subte con unos chiquitos de unos siete años que jugaban en el piso con una figurita vieja y rota.  Reían mientras trataban de hacerla girar. El mundo parecía encerrado en ese dibujito despintado,  que en cualquier momento podía darse vuelta y mostrar una cara más amable.  Un mundo que podía cambiar.   

Este Día del Niño, como cada año vendrá la imagen de nuestra propia infancia, la de nuestros hijos, y ojalá también la de tantos chiquitos que hacen vida de adultos pero que también tienen derecho a jugar.


lunes, 11 de junio de 2018

Carta al legislador indeciso: tres razones para legalizar el aborto

Texto y foto: Silvina Quintans




Se habla en estos días de una nueva “grieta” entre quienes están a favor y en contra de la legalización del aborto.  No creo que sea necesario ni que sume plantear la cuestión en estos términos.

Estoy a favor de la despenalización y legalización del aborto, pero respeto a la gente que de buena fe se manifiesta en contra. Muchos de ellos son amigos y sé que defienden sus convicciones más íntimas. Por eso no me gusta llamarlos “antiderechos” ni descalificar sus opiniones como medievales u oscurantistas, así como no me gusta que me digan que no estoy “a favor de la vida”, ,o que me llamen asesina porque defiendo el derecho de las mujeres a acceder al aborto.

No me interesa entrar en agresiones, amenazas ni aprietes porque degradaría el paso histórico que estamos dando en estos días: la instalación en la agenda pública de un tema que siempre se había barrido debajo de la alfombra. Un tema que la mayoría de los políticos subestimaba y  evitaba en sus campañas porque lo consideraban “piantavotos”.

El aborto existe, y cada uno de nosotros, de manera personal o a través de alguna mujer cercana, sabemos que la práctica se realiza de forma clandestina en todas las clases sociales. Las mujeres más pobres ponen en peligro su salud y su vida, pero también las mujeres que pueden costear el procedimiento deben hacerlo en la clandestinidad . Estar al margen de la ley implica entrar en una zona oscura donde se incurre en un delito tipificado en el código penal. Ninguna mujer desea abortar y ninguna mujer merece ir a prisión por no desear un embarazo

Durante las exposiciones de los últimos dos meses en el Congreso escuché una frase que coincidió entre militantes a favor y en contra de la despenalización: “el aborto es un fracaso”.
Todos coincidimos en que el aborto es un fracaso, una situación indeseable por la que nadie quiere pasar. Nadie está “a favor” del aborto.  El aborto es el último eslabón de una cadena en la que falló el sistema. El aborto es la última ratio, ninguna mujer con acceso a la anticoncepción llegaría a esa situación extrema. Plantear que la legalización convertiría el aborto en un “método anticonceptivo” es asumir el fracaso de las políticas de salud sexual y reproductiva que evitarían llegar a esa instancia.

El debate no debería encuadrarse como estar a favor o en contra del aborto, nadie está a favor del aborto, ni está en contra de la vida. La verdadera cuestión es aborto clandestino sí o no.

Durante las exposiciones en Diputados hubo coincidencia  en la importancia de la educación sexual para evitar embarazos no deseados. Para esto no hacen falta nuevas leyes,  sino aplicar la ley 26.150 que ya está vigente desde 2006. Sin embargo, sabemos que muchos sectores se han opuesto a la vigencia de esta ley, y que todavía no se aplica de manera pareja ni con los contenidos adecuados.

También hubo coincidencia en que el acceso a los anticonceptivos reduciría las situaciones de aborto. El acceso gratuito a la anticoncepción está contemplado por la Ley 25.673  de salud sexual y procreación responsable, vigente desde 2003, y la ley 26.130 de Anticoncepción Quirúrgica que incorporó la posibilidad de acceder de manera gratuita a la ligadura de trompas y a la vasectomía

Estos puntos, que en algún momento fueron resistidos por varios de los sectores que hoy se oponen a la ley, forman parte de un consenso básico entre quienes tienen hoy en sus manos la legalización del aborto.  Hay que aprovechar estas coincidencias para exigir la aplicación de estas leyes que llevan ya más de diez años de vigencia y que no se aplican por razones presupuestarias o religiosas.

Ahora vayamos a las diferencias. 

Las dos posiciones básicas parten de las siguientes premisas:
·       1)   La persona comienza en la concepción y desde ese momento debe ser protegida jurídicamente de manera plena
·        2)  La vida es un proceso durante el cual se va formando la persona humana y la protección jurídica es gradual.

No existe consenso jurídico, científico y religioso sobre el comienzo de la vida, como se ha visto durante el debate al que asistieron prestigiosos científicos que sustentaron una y otra posición. Cada uno tiene sus argumentos y es difícil encontrar puntos de contacto. Sin embargo, en una sociedad democrática, ambas posiciones deberían poder convivir sin excluirse entre sí. Es necesario entonces encontrar acuerdos posibles.

Van aquí tres argumentos que pueden acercar las posiciones para las personas que están indecisas:

1)      Argumento 1: Conciliar las convicciones personales con las políticas públicas.

Varios de los legisladores que estaban indecisos se definieron a favor de la legalización porque consideraron que si bien no estaban de acuerdo en lo personal, debían legislar en  función del interés general y de la salud de la población.

Muchos de los que estamos a favor de la legalización respetamos profundamente la convicción de quienes creen que la persona empieza en el momento de la concepción. No discutimos las convicciones íntimas o religiosas, que están fuera de todo cuestionamiento y pertenecen a su ámbito privado y personalísimo.  Sin embargo, consideramos que las leyes tienen que garantizar la libertad de todos: de los que creen que la persona comienza con la concepción y de aquellos que creen que la vida es un proceso.

Un estado laico y  respetuoso de las libertades civiles debe respetar a todos y garantizar que cada uno pueda actuar de acuerdo con sus convicciones. Pero mientras aquellos que consideran que la persona comienza con la concepción pueden decidir continuar  con el embarazo no deseado, aquellas mujeres que no comparten esta posición,  se verán forzadas a ser madres. Nadie puede obligar a alguien a abortar, quien no desee hacerlo no lo hará, pero a aquellas mujeres que padecen un embarazo no deseado se las obliga a parir  imponiéndoles convicciones morales o religiosas que no comparten.

Muchas personas católicas apoyan la legalización y no ven contradicción con sus creencias personales porque consideran que en un estado laico todas las posiciones deben ser respetadas. “Yo no lo haría bajo ninguna circunstancia, pero no puedo prohibir que otra persona lo haga”, sería el razonamiento. En Irlanda, uno de los países más católicos del mundo, la población apoyó en un 66% una reforma constitucional que habilita la legalización del aborto.  Jon O’Brien, representante de Católicos por el Derecho a Decidir expuso el último día del debate en Diputados en la Argentina y afirmó que como católicos apoyaban la libertad de conciencia y no veían contradicción en ello.

En 1975 y tras un largo debate, Francia despenalizó el aborto mediante la llamada Ley Veil, que recibió ese nombre por su impulsora, la entonces ministra de Salud, Simone Veil.  Años después, el Presidente Válery Giscard d’Estaing (1974-1981) sostuvo un tenso diálogo con Juan Pablo II en el Vaticano que le reprochaba al presidente, católico practicante, que la ley fuera sancionada durante su mandato. “”Yo soy católico”, le dijo el entonces gobernante francés al Papa. “Pero soy presidente de la República de un Estado laico. No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos. Como católico estoy contra el aborto; como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización”.

En un país con libertad de cultos y de conciencia, las distintas posiciones deben ser respetadas y las convicciones individuales no deben imponerse sobre las cuestiones de Estado. La libertad de conciencia debe ser garantizada

2)      Argumento 2: Las razones para despenalizar ¿Estamos de acuerdo con que las mujeres que abortan vayan a prisión?  

El código Penal castiga el aborto desde 1921 en los artículos 85, 86 y 87 con penas de reclusión o prisión de uno a cuatro años. La pena se establece tanto para la mujer que se somete al aborto como para la persona que realice el procedimiento. Si se tratara de profesionales de la salud, se los castiga también con la inhabilitación por el doble de tiempo de la pena.  Los únicos casos exceptuados son los del art. 86 incs. 1 y 2, donde se prevé el aborto no punible para casos de  peligro para la vida o salud de la mujer o violación.

La respuesta penal es la última opción de muchas posibles, implica medidas extremas como la privación de la libertad. Cabe entonces preguntarse: ¿Es la sanción penal la respuesta adecuada para una persona que se somete o facilita un aborto?  ¿Queremos enviar a prisión a las mujeres?  ¿Queremos que cargue además del embarazo no deseado y del aborto clandestino, con una pena de cárcel?

La mayoría de las personas que expusieron “en contra” de la legalización, hablaron de acompañar a la mujer durante el embarazo no deseado, se mostraron empáticos hacia su situación. No obstante, mantener la legislación como está ahora implica responsabilizarla de un delito penal con pena de prisión. Si no están de acuerdo con esto, deberían apoyar que cambie la ley. Según un informe de la Defensoría General de la Nación, en los últimos cinco años se formaron 167 causas contra mujeres que habían abortado. “El derecho penal fracasa en su finalidad de prevención”, dice el informe.
¿Es la privación de la libertad la única respuesta posible a una práctica que se realiza masivamente? ¿Cuántas mujeres y cuántos profesionales deberían ir a prisión si la ley vigente se aplicara? ¿Es esto razonable? -¿se imagina alguien una prisión capaz de albergar a todas las personas que practican abortos? ¿sería justo aplicar esta sanción?¿Cómo se haría en la práctica?, ¿Deberían los recursos del estado destinarse a la persecución penal de una práctica que se realiza en situación de necesidad cuando ha fallado todo el sistema para evitar embarazos no deseados?¿Ha dado resultado la criminalización del aborto para evitarlo?

La respuesta penal vigente desde 1921 ha relegado la práctica a la clandestinidad y no evita que los abortos se realicen.  ¿Por qué se insiste entonces en mantener un castigo penal que produce un problema de salud pública condenando a la clandestinidad a miles de personas, y que no previene ni evita que se sigan produciendo los hechos?.

¿Qué ganamos criminalizando el aborto?

3)      Argumento 3: Las razones para legalizar. ¿Por qué el aborto es un problema de salud pública?

La criminalización del aborto conduce a la clandestinidad.  La clandestinidad hace que se realice de manera insegura, en lugares no habilitados y fuera de los controles del Ministerio de Salud.  El aborto clandestino produce muertes, infecciones y complicaciones que pueden dejar secuelas. Impide además aplicar políticas públicas para que la decisión de la mujer se tome con la información adecuada, y que se den nociones de salud sexual y reproductiva para prevenir a futuro.

Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, en 2014 los egresos hospitalarios por aborto en instituciones públicas fueron  47 mil.  Existieron 43 muertes maternas que representan un 17% del total.  Estas cifras son incompletas porque no contemplan el sistema de salud privado, que tiene el  50 por ciento de las camas totales del país, y porque muchos médicos codifican esas muertes con otros padecimientos por temor a represalias, según informó el Ministro de Salud de la Nación Adolfo Rubinstein. Recomendamos repasar su exposición donde fundamenta con claridad e información por qué el aborto debe ser abordado como un problema de salud pública.

A esto se suma la inequidad social que implica que quienes tienen medios económicos puedan acceder a prácticas seguras,  y quienes no los tienen tengan que recurrir a métodos riesgosos.
Se ha probado a lo largo de las audiencias que la  proporción de abortos inseguros aumenta donde las leyes son restrictivas, dando lugar a mayores índices de muerte y morbilidad materna. En aquellos países donde el aborto fue legalizado, en cambio, los abortos inseguros prácticamente no existen. También se han presentado estadísticas referidas a la disminución de la cantidad de abortos en los países que legalizaron la práctica.

  Uruguay legalizó el aborto en 2012 y actualmente tiene la tasa de mortalidad materna más baja de América detrás de Canadá, según las estadísticas presentadas. También se redujeron los casos de mujeres con infecciones u otras dolencias y disminuyó la cantidad de abortos. Los resultados son el producto de muchos años de políticas de prevención y educación, además de la legalización del aborto.  

Detrás de todos estos números y conceptos abstractos hay duras historias que circulan en la clandestinidad. Historias de mujeres que llegan a los hospitales con infecciones por haberse insertado un tallo de perejil, una aguja de tejer o una sonda, o mujeres que han abortado en una clínica sin perder el temor por estar realizando un acto penado por la ley. Historias de falta de educación sexual o  de anticonceptivos que fallan. Historias de adolescentes que viven el embarazo a escondidas, de mujeres que quedan embarazadas a edades avanzadas, o de mujeres que no pudieron cuidarse debido a la violencia de género. En fin, la casuística es infinita pero hay un punto en común:  ninguna esperaba llegar a esa instancia.

La legalización no obligará a nadie a abortar, pero garantizará que aquellas mujeres que tomen la decisión puedan hacerlo de manera segura, que reciban información antes de hacerlo, que ingresen al sistema de salud, y que se erradiquen las prácticas clandestinas.  La maternidad debe ser producto de una decisión, y no debería ser una imposición para nadie.


sábado, 21 de abril de 2018

Avicii


Me encanta Avicii. Su música produjo la magia de acercarme a mi hijo. Solíamos jugar frente al televisor una guerra de canciones que consistía en que cada uno mostrara al otro sus videos musicales en youtube. El conoció a Genesis, Yes, Pink Floyd, y yo a Avicii, Calvin Harris y la nueva música electrónica. Pasábamos horas cabalgando entre música de distintas décadas,y por momentos teníamos la misma edad.

Ten more days es mi tema favorito. Lo escuché por primera vez en el auto, una noche muy lluviosa en la que llegábamos a un rincón con calles de arena en la costa más lejana de la provincia de Buenos Aires. La canción nos arrullaba mientras tratábamos de buscar amparo frente a la tormenta. Avicii nunca habrá pasado por ese lejano pueblito, pero yo no puedo dejar de asociar la letanía nostálgica de la canción con aquella oscuridad. La música tiene esa extraña trascendencia:conjuga otros espacios y otros tiempos.


https://www.youtube.com/watch?v=21hoWeMro6Y

domingo, 29 de octubre de 2017

En defensa de las viajeras

EN DEFENSA DE LAS VIAJERAS

Texto: Silvina Quintans
[s1] 
He de partir
Pero arremete ¡viajera![i] (Alejandra Pizarnik)



Caperucita se alejó del camino establecido y un lobo malo se la comió. Mi hijo estaba en cuarto grado cuando una maestra  decidió contarles el lado B del clásico infantil.  Según la docente, el relato empezó a circular de manera anónima en una época en la que existían muchos riesgos para las mujeres que se internaban solas por los caminos. Las violaciones eran habituales y por eso había que enseñar a las niñas desde la más tierna infancia a no circular solas ni alejarse del sendero establecido. Caperucita se aventura en el bosque por el lugar prohibido y llega a la casa donde la espera el lobo, que mediante argucias le hace sacarse la ropa y acostarse con él. Los dos están desnudos en la cama y él se la come, en sentido metafórico, claro.

La maestra contó a los chicos cómo, en el contexto de la época, el cuento tenía el objetivo de amedrentar a las mujeres. Pero ellos aún eran chicos para la lección, y yo me enteré de la historia porque los escuché riendo en el asiento trasero del auto –con la picardía que a esa edad genera lo prohibido- al grito de “El lobo se violó a Caperucita”.  De más está explicar que a los pocos días la maestra renunció a su puesto, enojada por la incomprensión de los padres/madres que se fueron a quejar y pusieron en grito en el cielo.

La historia de Caperucita vino a mi cabeza con el caso del crimen de Marina Menegazzo y María José Coni en Ecuador. Como Caperucitas modernas, las chicas tuvieron la osadía de alejarse del camino establecido, y allí estaba el lobo esperándolas. Porque las niñas no deben andar solas por el bosque, su lugar es mantener el fuego del hogar y cocinar pasteles, como bien le enseñó la abuela a Caperucita.

Desde hace siglos se enseña que el lugar de las mujeres es el hogar y la familia, mientras son los hombres los que salen a cazar, a traer el sustento, a la aventura. Las mujeres que se arriesgan a la intemperie quedan expuestas a su propia suerte. Son ellas las “víctimas propiciatorias” –como las llamó un funcionario-, las que se exponen, y  los lobos sueltos simplemente aprovechan la oportunidad.

Frente al crimen de las viajeras mendocinas diarios y revistas repararon en “las-mujeres-que-viajan-solas” etiqueta con la que se rotula  a aquellas que viajan sin la compañía de un hombre, aunque se trate de un grupo de dos, cuatro o diez. 

Viajeras existieron siempre, porque la curiosidad es atributo de la condición humana. Riesgos existen en todas partes, sobre todo entre las paredes del hogar. Según estudios recientes, las mujeres corren más riesgo de ser atacadas en su casa que en la calle. En un mundo en el que pareciera ser que las mujeres debemos pedir permiso o justificar el hecho de salir solas, muchas hemos incorporado el viaje como parte esencial de nuestras vidas.

Alguna vez escuché que a cada persona se le deben varias vidas, y la manera más intensa de vivirlas –para mí- es viajando. Como Marina y María José, desde muy joven me calcé la mochila ansiosa por cruzar el horizonte, pero comencé a viajar mucho antes que eso. Fue cuando tenía cuatro o cinco años y con mi mamá mirábamos un ciclo de documentales que se llamaba La Vuelta al Mundo.

Porque mamá nunca me contó el cuento de Caperucita, pero sí me enseñó de sus suspiros cada vez que veía el Taj Mahal por televisión. Y yo me prometí que allí iría, que algún día visitaría el Taj Mahal, el monumento más hermoso del mundo, que viajaría y llegaría a aquellos lugares que ella nunca había podido pisar.

La educación sentimental en la mochila


-          - Qué planes tenés para tu futuro?, solía preguntarme un exnovio con mucha solemnidad.
-          - Viajar, le respondía. 
-          - Via-jar, via-jar – se burlaba con voz nasal y arrugando la nariz-.Eso no es un plan de vida ¿no pensás en independizarte, tener tu casa, formar una familia?

Todas esas ideas me parecían remotas y extrañas. Lo único que sabía era que quería viajar. Viajar todo el tiempo posible y lo más lejos que pudiera.

La incompatibilidad, como podía esperarse,  terminó con el noviazgo. Pocos meses después, él trabajaba en una compañía de seguros y yo viajaba por Estados Unidos y Europa con el mínimo de plata y el máximo de tiempo. 

Jamás volvería a ser la misma después de ese año lejos de casa. Mi mundo plano y bidimensional incorporó la perspectiva. Mi cabeza era como una galería de arte con bocetos desnudos que se llenaban de detalles y minúsculas sutilezas, algunos cuadros torcidos y otros  dados vuelta. Matices desconocidos, colores que ni siquiera podía nombrar,  la música de otras ciudades,  la consistencia de otros cielos.  Aprender a mirar lo nunca visto, recuperar el asombro,  ser extranjera en el mejor sentido, el del extrañamiento.  Lejos de los libros románticos y de las telenovelas, muchas recibimos nuestra educación sentimental con la mochila al hombro. 

Si no me hubiera colgado la mochila, no habría visto a las mujeres llorar a sus muertos a la distancia en las cremaciones de Benarés, mientras los hombres se sentaban alrededor de la hoguera con la calma de quien comparte una charla de fogón. Ni a las madres y abuelas que festejaban el bar mitzvá de su hijo o nieto a través de un alambrado en el Muro de los Lamentos, donde todavía rezan por separado. Ni a la mujer que caminaba descalza sobre la tierra, a metros de donde los caciques –hombres- resolvían las cuestiones de la comunidad con sus sombreros y bastones de mando, en el pueblo de San Juan Chamula, en Chiapas.

No habría visto los colores del mercado de Tlacolula, en Oaxaca, donde las mujeres se cubren la cabeza con pañuelos de colores y venden manjares hechos de pequeños insectos. Ni habría saboreado una fruta impronunciable en el mercado flotante de Damnoen Saduak en Tailandia, donde las mujeres pregonan sus productos desde los botes, al amparo de sus sombreros cónicos y puntiagudos.

 No habría visto la cadencia de las campesinas con dignidad de  pasarela,  que llevaban  sus recipientes de metal en la cabeza, mientras balanceaban sus saris de colores al borde de una ruta en Rajasthán. O a las ancianas de Chiapas,  que adelantan la frente al resto del cuerpo porque de allí sale el soporte de la bolsa con la que cargan la cosecha en la espalda. Ni a la viejita que segaba el campo en las afueras de Minsk, mientras cantaba una letanía, cerca del memorial que guarda tierra de cientos de aldeas arrasadas por los nazis.

Ni a las mujeres malayas con la sensualidad insinuada a través de túnicas y velos de seda. Ni a las mujeres rusas que me ofrecían sus rublos a cambio de un pantalón de jean en plena perestroika de Moscú. Ni a la mujer cubierta de pies a cabeza con una burka negra, unos pasos detrás de su esposo,  en una lujosa tienda de Champs Elysées.

No habría visto en los museos majas desnudas ni vestidas, ni mujeres con cuello Modigliani, ni segadoras de cuerpos encorvados, ni Venus de formas voluptuosas. No habría Libertad guiando al pueblo, ni mujeres que danzan en ronda sobre un fondo azul, ni las mujeres de Picasso desgajadas por el llanto.

Si no me hubiera colgado la mochila al hombro, tendrían menos colores las piezas de mi caleidoscopio.

Mujeres con baules, valijas o mochilas. Solitarias, en manada, en pareja.  Jóvenes, maduras, definitivamente viejas.  El viaje ocupa también un lugar importante en el imaginario de las mujeres. Ya sea como vía de escape,  búsqueda interior, curiosidad o  mera sed de aventura, las mujeres reivindicamos nuestro derecho a tajear el horizonte.

Viajeras en pantalla




Alicia corrió detrás del conejo y se metió en el País de las Maravillas.  Se agrandó, se achicó  y  exploró lugares jamás imaginados, pero la ilusión terminó  cuando despertó bajo un árbol en el regazo de su hermana.  Dorothy, la protagonista de El Mago de Oz, es otra damita que recorrió los confines, conoció seres extraordinarios, peleó con brujas bien malas, llegó al final del arco iris,  y terminó su travesía  con una elocuente moraleja: “There’s no place like home”. Las protagonistas de los cuentos infantiles son inquietas y curiosas, pero el final de su aventura estará signado por el tranquilizador regreso al hogar.

Julia Roberts siente que su vida no tiene sentido y se lanza al mundo a Comer rezar amar. Viaja por Italia, India y Bali para descubrir su destino en los brazos de un brasileño interpretado por el ibérico Javier Bardem.  De la misma forma Diane Lane en Bajo el sol de la Toscana  se lanza a esa zona de Italia después de un divorcio conflictivo, padece su soledad mientras arregla una maltrecha mansión,  para finalmente encontrarse a sí misma en brazos de un joven bohemio de cuidada desprolijidad. Hasta la melancólica y sensible Delphine,  protagonista de la película francesa  El Rayo Verde de Eric Rohmer, decide emprender sola sus vacaciones, pero se siente inadecuada en todas partes, hasta que termina iluminada por el rayo en cuestión en un atardecer frente al mar, bajo el abrazo de un muchacho bien parecido.

 La independencia no es más que un gesto para estas mujeres que viajan para encontrar al príncipe azul. El regreso al hogar de El Mago de Oz es reemplazado por los brazos masculinos, en estas historias de mujer madura que viaja “buscándose a sí misma”. El viaje para estas películas es un vehículo para encontrar pareja y reencausarse en aquello que se espera del lugar de una mujer: “There’s no place like home”.

El cielo de Dorothy en el mago de Oz es el infierno de Shirley Valentine (Pauline Collins en la versión cinematográfica).  Si de viajeras maduras se trata, allí está la inglesa para sacudir todos los prejuicios. Una mujer anclada en la monotonía de la vida familiar,  invisible para quienes la rodean, que un buen día viaja a Grecia para nunca más volver. Shirley había perdido el espíritu rebelde e inquieto de su adolescencia, y el viaje despierta una parte suya que había estado dormida durante tantos años de sopor matrimonial.  En su travesia irá ganando la confianza necesaria para construir una nueva vida, aunque eso implique abandonar su zona de confort. 

Otra que se anima a abandonar la niebla londinense para instalarse más allá del horizonte es Julia (Kate Winslet), la protagonista de Hideous Hinky, una mujer que viaja con sus dos hijas pequeñas a principios de los años 70 a Marrakech para huir de la comodidad burguesa. Julia enfrentará la miseria con trabajos precarios, tendrá amores y desamores, y pagará el costo de haber huido con sus hijas a una cultura lejana. La película está basada en la autobiografía de Esther Freud, hija del pintor Lucien Freud y nieta del mismísimo Sigmund.

Marruecos también es el escenario de  El cielo protector, la novela de Paul Bowles llevada al cine por Bernardo Bertolucci, en la que una mujer y dos hombres emprenden un viaje sin demasiada planificación por ese país.  El viaje se convierte en un descenso a los infiernos cuando muere Port (John Malkovich), el esposo de la protagonista.  Kit (Debra Winger)  queda sola en el desierto y es allí que se une a una caravana donde es tomada como amante por el jefe. Kit queda encerrada en una terraza, aislada en un mundo sin palabras, sexual, primitivo.

El exotismo como motor de la sensualidad es también el tema en Pasaje a la India, la novela de E.M. Forster, llevada al cine por David Lean. La maestra inglesa Adela Quested (Judy Davis) llega a la India en época del Raj. Lejos del esnobismo británico, quiere conocer la “verdadera India” pero, aturdida por una cultura que no termina de entender, imagina el ataque sexual de un médico indio en la visita a unas cuevas. El juicio por violación desnuda las tensiones de la sociedad colonial victoriana, pero es la propia Adela quien frustra el proceso cuando reconoce que todo ha sido una alucinación. Una joven que viaja a un lugar que desborda todos sus sentidos.

Si de viajes a países exóticos se trata, allí está Karen Blixen o Isak Dinesen (el seudónimo de la escritora danesa), o Meryl Streep, en la interpretación cinematográfica de Out of Africa. Una mujer independiente que dirige una plantación de café en Kenia, que ama el lugar y su gente, pero que debe volver –no como alivio, sino a su pesar- a la fría comodidad europea.

Contra cualquier atisbo de la comodidad, la otrora rubia Reese Whiterspoon, esta vez cubierta de mugre y ampollas, se lanza a exorcizar sus fantasmas después de la muerte de su madre. Basada en el libro de Cheryl Strayed, la protagonista de Wild recorre en solitario y cargada con una pesada mochila casi 1.800 kilometros,  por el Sendero de las Cimas del Pacífico. Frío, calor, pantanos, víboras, hambre, sed, dos fallidos violadores, son algunos de los peligros que enfrenta en esta prueba de supervivencia y búsqueda espiritual.

Por motivos bien diferentes, Thelma y Louise (Geena Davis – Susan Sarandon) se lanzan a la ruta.  El viaje comienza como una aventura, y  termina como una audaz huida de la (in)justicia. Las dos mujeres escapan de un mundo desigual  que las empuja –literalmente- al abismo.

El cine ha retratado a mujeres que viajan con distinta suerte y con motivaciones bien diferentes. Seguramente quedarán muchas fuera de esta lista y cada lector/a podrá armar la propia. Traviesas, románticas, arriesgadas, reprimidas,  temerosas, sensuales, las viajeras seguirán abriendo caminos en las pantallas y en la vida.  

Llegar al Taj Mahal

Juliette camina sola por las calles de El Cairo.  Rubia,  mediana edad, estructurada y curiosa, deseosa –tal vez sin saberlo- de romper  esquemas, de asomarse al mundo.  Es una mañana soleada y sus pasos la guían por las ruidosas calles de la ciudad. Los hombres la miran con insistencia, la siguen. Se sorprende: hace años que los jóvenes dejaron de fijarse en ella. Pero el acoso se hace cada vez más incómodo,  a su alrededor se desplaza un enjambre de miradas libidinosas y zumbidos obscenos. Juliette se refugia en una zapatería. La próxima vez que salga sola llevará mangas largas y  cubrirá su cabeza  con un hiyab.

Por algún motivo ese breve pasaje de la película Cairo Time  con la actriz Patricia Clarkson quedó dando vueltas en mi cabeza. Y recordé una situación parecida que viví en la India hace muchos años. En Agra, después de conocer el Taj Mahal, le pedimos al tuc tuc (vehículo con cabeza de moto y cuerpo de carrito) que nos dejara en un bazar. Todavía era de día y queríamos hacer tiempo antes de volver al monumento para ver el atardecer. Mi amiga Alejandra y yo bajamos en una calle deslucida y polvorienta rodeada por pequeños cubículos  de material donde vendían telas y especias.

Caminamos apenas unos pasos cuando percibimos las miradas. Hacía más de una semana que estábamos en India y era la primera vez que nos miraban así. También era la primera vez que salíamos sin la compañía de un hombre. Decenas de ojos oscuros y brillosos nos miraban sin disimulo. Los ojos guiaban pasos que se aproximaban cada vez más. Entonces decidimos volver al tuc tuc que todavía esperaba en la esquina.

La experiencia no duró más que un par de minutos, pero fue suficiente para darnos cuenta de que aquel país amable y pacífico era más complejo de lo que suponíamos, sobre todo en lo que se refería a las mujeres.

Regresamos al Taj Mahal, donde esperamos a que cayera el sol. Una mujer con un sari colorido se sentó a mi lado.  Tenía lágrimas en los ojos. Ella también era una viajera: había llegado a la India desde Londres, y era la primera vez que visitaba el país de sus ancestros. Hacía siglos que su familia había emigrado a Sudáfrica y luego a Inglaterra en busca de un mejor futuro.

-          Tardamos varias generaciones en llegar hasta aquí –dijo- Toda mi vida soñé con este lugar.
Yo recordé entonces los suspiros de mi mamá frente a la escenografía en blanco y negro del Taj Mahal cuando era chica. Sentí que ambas, por distintos motivos, y en distintos puntos del planeta,  habíamos buscado ese viaje.

Y allí estábamos, la mujer del sari y yo, en silencio, frente al monumento que se tragaba la noche.   Mujeres que atraviesan el mundo y suspiran,  frente a un monumento construido para otra mujer.





[i] Alejandra Pizarnik, del poema  La última inocencia.






 [s1]Ojo,esta imagen la bajé de internet, pero no sé si hay derechos o es de libre reproducción.