lunes, 11 de junio de 2018

Carta al legislador indeciso: tres razones para legalizar el aborto

Texto y foto: Silvina Quintans




Se habla en estos días de una nueva “grieta” entre quienes están a favor y en contra de la legalización del aborto.  No creo que sea necesario ni que sume plantear la cuestión en estos términos.

Estoy a favor de la despenalización y legalización del aborto, pero respeto a la gente que de buena fe se manifiesta en contra. Muchos de ellos son amigos y sé que defienden sus convicciones más íntimas. Por eso no me gusta llamarlos “antiderechos” ni descalificar sus opiniones como medievales u oscurantistas, así como no me gusta que me digan que no estoy “a favor de la vida”, ,o que me llamen asesina porque defiendo el derecho de las mujeres a acceder al aborto.

No me interesa entrar en agresiones, amenazas ni aprietes porque degradaría el paso histórico que estamos dando en estos días: la instalación en la agenda pública de un tema que siempre se había barrido debajo de la alfombra. Un tema que la mayoría de los políticos subestimaba y  evitaba en sus campañas porque lo consideraban “piantavotos”.

El aborto existe, y cada uno de nosotros, de manera personal o a través de alguna mujer cercana, sabemos que la práctica se realiza de forma clandestina en todas las clases sociales. Las mujeres más pobres ponen en peligro su salud y su vida, pero también las mujeres que pueden costear el procedimiento deben hacerlo en la clandestinidad . Estar al margen de la ley implica entrar en una zona oscura donde se incurre en un delito tipificado en el código penal. Ninguna mujer desea abortar y ninguna mujer merece ir a prisión por no desear un embarazo

Durante las exposiciones de los últimos dos meses en el Congreso escuché una frase que coincidió entre militantes a favor y en contra de la despenalización: “el aborto es un fracaso”.
Todos coincidimos en que el aborto es un fracaso, una situación indeseable por la que nadie quiere pasar. Nadie está “a favor” del aborto.  El aborto es el último eslabón de una cadena en la que falló el sistema. El aborto es la última ratio, ninguna mujer con acceso a la anticoncepción llegaría a esa situación extrema. Plantear que la legalización convertiría el aborto en un “método anticonceptivo” es asumir el fracaso de las políticas de salud sexual y reproductiva que evitarían llegar a esa instancia.

El debate no debería encuadrarse como estar a favor o en contra del aborto, nadie está a favor del aborto, ni está en contra de la vida. La verdadera cuestión es aborto clandestino sí o no.

Durante las exposiciones en Diputados hubo coincidencia  en la importancia de la educación sexual para evitar embarazos no deseados. Para esto no hacen falta nuevas leyes,  sino aplicar la ley 26.150 que ya está vigente desde 2006. Sin embargo, sabemos que muchos sectores se han opuesto a la vigencia de esta ley, y que todavía no se aplica de manera pareja ni con los contenidos adecuados.

También hubo coincidencia en que el acceso a los anticonceptivos reduciría las situaciones de aborto. El acceso gratuito a la anticoncepción está contemplado por la Ley 25.673  de salud sexual y procreación responsable, vigente desde 2003, y la ley 26.130 de Anticoncepción Quirúrgica que incorporó la posibilidad de acceder de manera gratuita a la ligadura de trompas y a la vasectomía

Estos puntos, que en algún momento fueron resistidos por varios de los sectores que hoy se oponen a la ley, forman parte de un consenso básico entre quienes tienen hoy en sus manos la legalización del aborto.  Hay que aprovechar estas coincidencias para exigir la aplicación de estas leyes que llevan ya más de diez años de vigencia y que no se aplican por razones presupuestarias o religiosas.

Ahora vayamos a las diferencias. 

Las dos posiciones básicas parten de las siguientes premisas:
·       1)   La persona comienza en la concepción y desde ese momento debe ser protegida jurídicamente de manera plena
·        2)  La vida es un proceso durante el cual se va formando la persona humana y la protección jurídica es gradual.

No existe consenso jurídico, científico y religioso sobre el comienzo de la vida, como se ha visto durante el debate al que asistieron prestigiosos científicos que sustentaron una y otra posición. Cada uno tiene sus argumentos y es difícil encontrar puntos de contacto. Sin embargo, en una sociedad democrática, ambas posiciones deberían poder convivir sin excluirse entre sí. Es necesario entonces encontrar acuerdos posibles.

Van aquí tres argumentos que pueden acercar las posiciones para las personas que están indecisas:

1)      Argumento 1: Conciliar las convicciones personales con las políticas públicas.

Varios de los legisladores que estaban indecisos se definieron a favor de la legalización porque consideraron que si bien no estaban de acuerdo en lo personal, debían legislar en  función del interés general y de la salud de la población.

Muchos de los que estamos a favor de la legalización respetamos profundamente la convicción de quienes creen que la persona empieza en el momento de la concepción. No discutimos las convicciones íntimas o religiosas, que están fuera de todo cuestionamiento y pertenecen a su ámbito privado y personalísimo.  Sin embargo, consideramos que las leyes tienen que garantizar la libertad de todos: de los que creen que la persona comienza con la concepción y de aquellos que creen que la vida es un proceso.

Un estado laico y  respetuoso de las libertades civiles debe respetar a todos y garantizar que cada uno pueda actuar de acuerdo con sus convicciones. Pero mientras aquellos que consideran que la persona comienza con la concepción pueden decidir continuar  con el embarazo no deseado, aquellas mujeres que no comparten esta posición,  se verán forzadas a ser madres. Nadie puede obligar a alguien a abortar, quien no desee hacerlo no lo hará, pero a aquellas mujeres que padecen un embarazo no deseado se las obliga a parir  imponiéndoles convicciones morales o religiosas que no comparten.

Muchas personas católicas apoyan la legalización y no ven contradicción con sus creencias personales porque consideran que en un estado laico todas las posiciones deben ser respetadas. “Yo no lo haría bajo ninguna circunstancia, pero no puedo prohibir que otra persona lo haga”, sería el razonamiento. En Irlanda, uno de los países más católicos del mundo, la población apoyó en un 66% una reforma constitucional que habilita la legalización del aborto.  Jon O’Brien, representante de Católicos por el Derecho a Decidir expuso el último día del debate en Diputados en la Argentina y afirmó que como católicos apoyaban la libertad de conciencia y no veían contradicción en ello.

En 1975 y tras un largo debate, Francia despenalizó el aborto mediante la llamada Ley Veil, que recibió ese nombre por su impulsora, la entonces ministra de Salud, Simone Veil.  Años después, el Presidente Válery Giscard d’Estaing (1974-1981) sostuvo un tenso diálogo con Juan Pablo II en el Vaticano que le reprochaba al presidente, católico practicante, que la ley fuera sancionada durante su mandato. “”Yo soy católico”, le dijo el entonces gobernante francés al Papa. “Pero soy presidente de la República de un Estado laico. No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos. Como católico estoy contra el aborto; como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización”.

En un país con libertad de cultos y de conciencia, las distintas posiciones deben ser respetadas y las convicciones individuales no deben imponerse sobre las cuestiones de Estado. La libertad de conciencia debe ser garantizada

2)      Argumento 2: Las razones para despenalizar ¿Estamos de acuerdo con que las mujeres que abortan vayan a prisión?  

El código Penal castiga el aborto desde 1921 en los artículos 85, 86 y 87 con penas de reclusión o prisión de uno a cuatro años. La pena se establece tanto para la mujer que se somete al aborto como para la persona que realice el procedimiento. Si se tratara de profesionales de la salud, se los castiga también con la inhabilitación por el doble de tiempo de la pena.  Los únicos casos exceptuados son los del art. 86 incs. 1 y 2, donde se prevé el aborto no punible para casos de  peligro para la vida o salud de la mujer o violación.

La respuesta penal es la última opción de muchas posibles, implica medidas extremas como la privación de la libertad. Cabe entonces preguntarse: ¿Es la sanción penal la respuesta adecuada para una persona que se somete o facilita un aborto?  ¿Queremos enviar a prisión a las mujeres?  ¿Queremos que cargue además del embarazo no deseado y del aborto clandestino, con una pena de cárcel?

La mayoría de las personas que expusieron “en contra” de la legalización, hablaron de acompañar a la mujer durante el embarazo no deseado, se mostraron empáticos hacia su situación. No obstante, mantener la legislación como está ahora implica responsabilizarla de un delito penal con pena de prisión. Si no están de acuerdo con esto, deberían apoyar que cambie la ley. Según un informe de la Defensoría General de la Nación, en los últimos cinco años se formaron 167 causas contra mujeres que habían abortado. “El derecho penal fracasa en su finalidad de prevención”, dice el informe.
¿Es la privación de la libertad la única respuesta posible a una práctica que se realiza masivamente? ¿Cuántas mujeres y cuántos profesionales deberían ir a prisión si la ley vigente se aplicara? ¿Es esto razonable? -¿se imagina alguien una prisión capaz de albergar a todas las personas que practican abortos? ¿sería justo aplicar esta sanción?¿Cómo se haría en la práctica?, ¿Deberían los recursos del estado destinarse a la persecución penal de una práctica que se realiza en situación de necesidad cuando ha fallado todo el sistema para evitar embarazos no deseados?¿Ha dado resultado la criminalización del aborto para evitarlo?

La respuesta penal vigente desde 1921 ha relegado la práctica a la clandestinidad y no evita que los abortos se realicen.  ¿Por qué se insiste entonces en mantener un castigo penal que produce un problema de salud pública condenando a la clandestinidad a miles de personas, y que no previene ni evita que se sigan produciendo los hechos?.

¿Qué ganamos criminalizando el aborto?

3)      Argumento 3: Las razones para legalizar. ¿Por qué el aborto es un problema de salud pública?

La criminalización del aborto conduce a la clandestinidad.  La clandestinidad hace que se realice de manera insegura, en lugares no habilitados y fuera de los controles del Ministerio de Salud.  El aborto clandestino produce muertes, infecciones y complicaciones que pueden dejar secuelas. Impide además aplicar políticas públicas para que la decisión de la mujer se tome con la información adecuada, y que se den nociones de salud sexual y reproductiva para prevenir a futuro.

Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, en 2014 los egresos hospitalarios por aborto en instituciones públicas fueron  47 mil.  Existieron 43 muertes maternas que representan un 17% del total.  Estas cifras son incompletas porque no contemplan el sistema de salud privado, que tiene el  50 por ciento de las camas totales del país, y porque muchos médicos codifican esas muertes con otros padecimientos por temor a represalias, según informó el Ministro de Salud de la Nación Adolfo Rubinstein. Recomendamos repasar su exposición donde fundamenta con claridad e información por qué el aborto debe ser abordado como un problema de salud pública.

A esto se suma la inequidad social que implica que quienes tienen medios económicos puedan acceder a prácticas seguras,  y quienes no los tienen tengan que recurrir a métodos riesgosos.
Se ha probado a lo largo de las audiencias que la  proporción de abortos inseguros aumenta donde las leyes son restrictivas, dando lugar a mayores índices de muerte y morbilidad materna. En aquellos países donde el aborto fue legalizado, en cambio, los abortos inseguros prácticamente no existen. También se han presentado estadísticas referidas a la disminución de la cantidad de abortos en los países que legalizaron la práctica.

  Uruguay legalizó el aborto en 2012 y actualmente tiene la tasa de mortalidad materna más baja de América detrás de Canadá, según las estadísticas presentadas. También se redujeron los casos de mujeres con infecciones u otras dolencias y disminuyó la cantidad de abortos. Los resultados son el producto de muchos años de políticas de prevención y educación, además de la legalización del aborto.  

Detrás de todos estos números y conceptos abstractos hay duras historias que circulan en la clandestinidad. Historias de mujeres que llegan a los hospitales con infecciones por haberse insertado un tallo de perejil, una aguja de tejer o una sonda, o mujeres que han abortado en una clínica sin perder el temor por estar realizando un acto penado por la ley. Historias de falta de educación sexual o  de anticonceptivos que fallan. Historias de adolescentes que viven el embarazo a escondidas, de mujeres que quedan embarazadas a edades avanzadas, o de mujeres que no pudieron cuidarse debido a la violencia de género. En fin, la casuística es infinita pero hay un punto en común:  ninguna esperaba llegar a esa instancia.

La legalización no obligará a nadie a abortar, pero garantizará que aquellas mujeres que tomen la decisión puedan hacerlo de manera segura, que reciban información antes de hacerlo, que ingresen al sistema de salud, y que se erradiquen las prácticas clandestinas.  La maternidad debe ser producto de una decisión, y no debería ser una imposición para nadie.


sábado, 21 de abril de 2018

Avicii


Me encanta Avicii. Su música produjo la magia de acercarme a mi hijo. Solíamos jugar frente al televisor una guerra de canciones que consistía en que cada uno mostrara al otro sus videos musicales en youtube. El conoció a Genesis, Yes, Pink Floyd, y yo a Avicii, Calvin Harris y la nueva música electrónica. Pasábamos horas cabalgando entre música de distintas décadas,y por momentos teníamos la misma edad.

Ten more days es mi tema favorito. Lo escuché por primera vez en el auto, una noche muy lluviosa en la que llegábamos a un rincón con calles de arena en la costa más lejana de la provincia de Buenos Aires. La canción nos arrullaba mientras tratábamos de buscar amparo frente a la tormenta. Avicii nunca habrá pasado por ese lejano pueblito, pero yo no puedo dejar de asociar la letanía nostálgica de la canción con aquella oscuridad. La música tiene esa extraña trascendencia:conjuga otros espacios y otros tiempos.


https://www.youtube.com/watch?v=21hoWeMro6Y

domingo, 29 de octubre de 2017

En defensa de las viajeras

EN DEFENSA DE LAS VIAJERAS

Texto: Silvina Quintans
[s1] 
He de partir
Pero arremete ¡viajera![i] (Alejandra Pizarnik)



Caperucita se alejó del camino establecido y un lobo malo se la comió. Mi hijo estaba en cuarto grado cuando una maestra  decidió contarles el lado B del clásico infantil.  Según la docente, el relato empezó a circular de manera anónima en una época en la que existían muchos riesgos para las mujeres que se internaban solas por los caminos. Las violaciones eran habituales y por eso había que enseñar a las niñas desde la más tierna infancia a no circular solas ni alejarse del sendero establecido. Caperucita se aventura en el bosque por el lugar prohibido y llega a la casa donde la espera el lobo, que mediante argucias le hace sacarse la ropa y acostarse con él. Los dos están desnudos en la cama y él se la come, en sentido metafórico, claro.

La maestra contó a los chicos cómo, en el contexto de la época, el cuento tenía el objetivo de amedrentar a las mujeres. Pero ellos aún eran chicos para la lección, y yo me enteré de la historia porque los escuché riendo en el asiento trasero del auto –con la picardía que a esa edad genera lo prohibido- al grito de “El lobo se violó a Caperucita”.  De más está explicar que a los pocos días la maestra renunció a su puesto, enojada por la incomprensión de los padres/madres que se fueron a quejar y pusieron en grito en el cielo.

La historia de Caperucita vino a mi cabeza con el caso del crimen de Marina Menegazzo y María José Coni en Ecuador. Como Caperucitas modernas, las chicas tuvieron la osadía de alejarse del camino establecido, y allí estaba el lobo esperándolas. Porque las niñas no deben andar solas por el bosque, su lugar es mantener el fuego del hogar y cocinar pasteles, como bien le enseñó la abuela a Caperucita.

Desde hace siglos se enseña que el lugar de las mujeres es el hogar y la familia, mientras son los hombres los que salen a cazar, a traer el sustento, a la aventura. Las mujeres que se arriesgan a la intemperie quedan expuestas a su propia suerte. Son ellas las “víctimas propiciatorias” –como las llamó un funcionario-, las que se exponen, y  los lobos sueltos simplemente aprovechan la oportunidad.

Frente al crimen de las viajeras mendocinas diarios y revistas repararon en “las-mujeres-que-viajan-solas” etiqueta con la que se rotula  a aquellas que viajan sin la compañía de un hombre, aunque se trate de un grupo de dos, cuatro o diez. 

Viajeras existieron siempre, porque la curiosidad es atributo de la condición humana. Riesgos existen en todas partes, sobre todo entre las paredes del hogar. Según estudios recientes, las mujeres corren más riesgo de ser atacadas en su casa que en la calle. En un mundo en el que pareciera ser que las mujeres debemos pedir permiso o justificar el hecho de salir solas, muchas hemos incorporado el viaje como parte esencial de nuestras vidas.

Alguna vez escuché que a cada persona se le deben varias vidas, y la manera más intensa de vivirlas –para mí- es viajando. Como Marina y María José, desde muy joven me calcé la mochila ansiosa por cruzar el horizonte, pero comencé a viajar mucho antes que eso. Fue cuando tenía cuatro o cinco años y con mi mamá mirábamos un ciclo de documentales que se llamaba La Vuelta al Mundo.

Porque mamá nunca me contó el cuento de Caperucita, pero sí me enseñó de sus suspiros cada vez que veía el Taj Mahal por televisión. Y yo me prometí que allí iría, que algún día visitaría el Taj Mahal, el monumento más hermoso del mundo, que viajaría y llegaría a aquellos lugares que ella nunca había podido pisar.

La educación sentimental en la mochila


-          - Qué planes tenés para tu futuro?, solía preguntarme un exnovio con mucha solemnidad.
-          - Viajar, le respondía. 
-          - Via-jar, via-jar – se burlaba con voz nasal y arrugando la nariz-.Eso no es un plan de vida ¿no pensás en independizarte, tener tu casa, formar una familia?

Todas esas ideas me parecían remotas y extrañas. Lo único que sabía era que quería viajar. Viajar todo el tiempo posible y lo más lejos que pudiera.

La incompatibilidad, como podía esperarse,  terminó con el noviazgo. Pocos meses después, él trabajaba en una compañía de seguros y yo viajaba por Estados Unidos y Europa con el mínimo de plata y el máximo de tiempo. 

Jamás volvería a ser la misma después de ese año lejos de casa. Mi mundo plano y bidimensional incorporó la perspectiva. Mi cabeza era como una galería de arte con bocetos desnudos que se llenaban de detalles y minúsculas sutilezas, algunos cuadros torcidos y otros  dados vuelta. Matices desconocidos, colores que ni siquiera podía nombrar,  la música de otras ciudades,  la consistencia de otros cielos.  Aprender a mirar lo nunca visto, recuperar el asombro,  ser extranjera en el mejor sentido, el del extrañamiento.  Lejos de los libros románticos y de las telenovelas, muchas recibimos nuestra educación sentimental con la mochila al hombro. 

Si no me hubiera colgado la mochila, no habría visto a las mujeres llorar a sus muertos a la distancia en las cremaciones de Benarés, mientras los hombres se sentaban alrededor de la hoguera con la calma de quien comparte una charla de fogón. Ni a las madres y abuelas que festejaban el bar mitzvá de su hijo o nieto a través de un alambrado en el Muro de los Lamentos, donde todavía rezan por separado. Ni a la mujer que caminaba descalza sobre la tierra, a metros de donde los caciques –hombres- resolvían las cuestiones de la comunidad con sus sombreros y bastones de mando, en el pueblo de San Juan Chamula, en Chiapas.

No habría visto los colores del mercado de Tlacolula, en Oaxaca, donde las mujeres se cubren la cabeza con pañuelos de colores y venden manjares hechos de pequeños insectos. Ni habría saboreado una fruta impronunciable en el mercado flotante de Damnoen Saduak en Tailandia, donde las mujeres pregonan sus productos desde los botes, al amparo de sus sombreros cónicos y puntiagudos.

 No habría visto la cadencia de las campesinas con dignidad de  pasarela,  que llevaban  sus recipientes de metal en la cabeza, mientras balanceaban sus saris de colores al borde de una ruta en Rajasthán. O a las ancianas de Chiapas,  que adelantan la frente al resto del cuerpo porque de allí sale el soporte de la bolsa con la que cargan la cosecha en la espalda. Ni a la viejita que segaba el campo en las afueras de Minsk, mientras cantaba una letanía, cerca del memorial que guarda tierra de cientos de aldeas arrasadas por los nazis.

Ni a las mujeres malayas con la sensualidad insinuada a través de túnicas y velos de seda. Ni a las mujeres rusas que me ofrecían sus rublos a cambio de un pantalón de jean en plena perestroika de Moscú. Ni a la mujer cubierta de pies a cabeza con una burka negra, unos pasos detrás de su esposo,  en una lujosa tienda de Champs Elysées.

No habría visto en los museos majas desnudas ni vestidas, ni mujeres con cuello Modigliani, ni segadoras de cuerpos encorvados, ni Venus de formas voluptuosas. No habría Libertad guiando al pueblo, ni mujeres que danzan en ronda sobre un fondo azul, ni las mujeres de Picasso desgajadas por el llanto.

Si no me hubiera colgado la mochila al hombro, tendrían menos colores las piezas de mi caleidoscopio.

Mujeres con baules, valijas o mochilas. Solitarias, en manada, en pareja.  Jóvenes, maduras, definitivamente viejas.  El viaje ocupa también un lugar importante en el imaginario de las mujeres. Ya sea como vía de escape,  búsqueda interior, curiosidad o  mera sed de aventura, las mujeres reivindicamos nuestro derecho a tajear el horizonte.

Viajeras en pantalla




Alicia corrió detrás del conejo y se metió en el País de las Maravillas.  Se agrandó, se achicó  y  exploró lugares jamás imaginados, pero la ilusión terminó  cuando despertó bajo un árbol en el regazo de su hermana.  Dorothy, la protagonista de El Mago de Oz, es otra damita que recorrió los confines, conoció seres extraordinarios, peleó con brujas bien malas, llegó al final del arco iris,  y terminó su travesía  con una elocuente moraleja: “There’s no place like home”. Las protagonistas de los cuentos infantiles son inquietas y curiosas, pero el final de su aventura estará signado por el tranquilizador regreso al hogar.

Julia Roberts siente que su vida no tiene sentido y se lanza al mundo a Comer rezar amar. Viaja por Italia, India y Bali para descubrir su destino en los brazos de un brasileño interpretado por el ibérico Javier Bardem.  De la misma forma Diane Lane en Bajo el sol de la Toscana  se lanza a esa zona de Italia después de un divorcio conflictivo, padece su soledad mientras arregla una maltrecha mansión,  para finalmente encontrarse a sí misma en brazos de un joven bohemio de cuidada desprolijidad. Hasta la melancólica y sensible Delphine,  protagonista de la película francesa  El Rayo Verde de Eric Rohmer, decide emprender sola sus vacaciones, pero se siente inadecuada en todas partes, hasta que termina iluminada por el rayo en cuestión en un atardecer frente al mar, bajo el abrazo de un muchacho bien parecido.

 La independencia no es más que un gesto para estas mujeres que viajan para encontrar al príncipe azul. El regreso al hogar de El Mago de Oz es reemplazado por los brazos masculinos, en estas historias de mujer madura que viaja “buscándose a sí misma”. El viaje para estas películas es un vehículo para encontrar pareja y reencausarse en aquello que se espera del lugar de una mujer: “There’s no place like home”.

El cielo de Dorothy en el mago de Oz es el infierno de Shirley Valentine (Pauline Collins en la versión cinematográfica).  Si de viajeras maduras se trata, allí está la inglesa para sacudir todos los prejuicios. Una mujer anclada en la monotonía de la vida familiar,  invisible para quienes la rodean, que un buen día viaja a Grecia para nunca más volver. Shirley había perdido el espíritu rebelde e inquieto de su adolescencia, y el viaje despierta una parte suya que había estado dormida durante tantos años de sopor matrimonial.  En su travesia irá ganando la confianza necesaria para construir una nueva vida, aunque eso implique abandonar su zona de confort. 

Otra que se anima a abandonar la niebla londinense para instalarse más allá del horizonte es Julia (Kate Winslet), la protagonista de Hideous Hinky, una mujer que viaja con sus dos hijas pequeñas a principios de los años 70 a Marrakech para huir de la comodidad burguesa. Julia enfrentará la miseria con trabajos precarios, tendrá amores y desamores, y pagará el costo de haber huido con sus hijas a una cultura lejana. La película está basada en la autobiografía de Esther Freud, hija del pintor Lucien Freud y nieta del mismísimo Sigmund.

Marruecos también es el escenario de  El cielo protector, la novela de Paul Bowles llevada al cine por Bernardo Bertolucci, en la que una mujer y dos hombres emprenden un viaje sin demasiada planificación por ese país.  El viaje se convierte en un descenso a los infiernos cuando muere Port (John Malkovich), el esposo de la protagonista.  Kit (Debra Winger)  queda sola en el desierto y es allí que se une a una caravana donde es tomada como amante por el jefe. Kit queda encerrada en una terraza, aislada en un mundo sin palabras, sexual, primitivo.

El exotismo como motor de la sensualidad es también el tema en Pasaje a la India, la novela de E.M. Forster, llevada al cine por David Lean. La maestra inglesa Adela Quested (Judy Davis) llega a la India en época del Raj. Lejos del esnobismo británico, quiere conocer la “verdadera India” pero, aturdida por una cultura que no termina de entender, imagina el ataque sexual de un médico indio en la visita a unas cuevas. El juicio por violación desnuda las tensiones de la sociedad colonial victoriana, pero es la propia Adela quien frustra el proceso cuando reconoce que todo ha sido una alucinación. Una joven que viaja a un lugar que desborda todos sus sentidos.

Si de viajes a países exóticos se trata, allí está Karen Blixen o Isak Dinesen (el seudónimo de la escritora danesa), o Meryl Streep, en la interpretación cinematográfica de Out of Africa. Una mujer independiente que dirige una plantación de café en Kenia, que ama el lugar y su gente, pero que debe volver –no como alivio, sino a su pesar- a la fría comodidad europea.

Contra cualquier atisbo de la comodidad, la otrora rubia Reese Whiterspoon, esta vez cubierta de mugre y ampollas, se lanza a exorcizar sus fantasmas después de la muerte de su madre. Basada en el libro de Cheryl Strayed, la protagonista de Wild recorre en solitario y cargada con una pesada mochila casi 1.800 kilometros,  por el Sendero de las Cimas del Pacífico. Frío, calor, pantanos, víboras, hambre, sed, dos fallidos violadores, son algunos de los peligros que enfrenta en esta prueba de supervivencia y búsqueda espiritual.

Por motivos bien diferentes, Thelma y Louise (Geena Davis – Susan Sarandon) se lanzan a la ruta.  El viaje comienza como una aventura, y  termina como una audaz huida de la (in)justicia. Las dos mujeres escapan de un mundo desigual  que las empuja –literalmente- al abismo.

El cine ha retratado a mujeres que viajan con distinta suerte y con motivaciones bien diferentes. Seguramente quedarán muchas fuera de esta lista y cada lector/a podrá armar la propia. Traviesas, románticas, arriesgadas, reprimidas,  temerosas, sensuales, las viajeras seguirán abriendo caminos en las pantallas y en la vida.  

Llegar al Taj Mahal

Juliette camina sola por las calles de El Cairo.  Rubia,  mediana edad, estructurada y curiosa, deseosa –tal vez sin saberlo- de romper  esquemas, de asomarse al mundo.  Es una mañana soleada y sus pasos la guían por las ruidosas calles de la ciudad. Los hombres la miran con insistencia, la siguen. Se sorprende: hace años que los jóvenes dejaron de fijarse en ella. Pero el acoso se hace cada vez más incómodo,  a su alrededor se desplaza un enjambre de miradas libidinosas y zumbidos obscenos. Juliette se refugia en una zapatería. La próxima vez que salga sola llevará mangas largas y  cubrirá su cabeza  con un hiyab.

Por algún motivo ese breve pasaje de la película Cairo Time  con la actriz Patricia Clarkson quedó dando vueltas en mi cabeza. Y recordé una situación parecida que viví en la India hace muchos años. En Agra, después de conocer el Taj Mahal, le pedimos al tuc tuc (vehículo con cabeza de moto y cuerpo de carrito) que nos dejara en un bazar. Todavía era de día y queríamos hacer tiempo antes de volver al monumento para ver el atardecer. Mi amiga Alejandra y yo bajamos en una calle deslucida y polvorienta rodeada por pequeños cubículos  de material donde vendían telas y especias.

Caminamos apenas unos pasos cuando percibimos las miradas. Hacía más de una semana que estábamos en India y era la primera vez que nos miraban así. También era la primera vez que salíamos sin la compañía de un hombre. Decenas de ojos oscuros y brillosos nos miraban sin disimulo. Los ojos guiaban pasos que se aproximaban cada vez más. Entonces decidimos volver al tuc tuc que todavía esperaba en la esquina.

La experiencia no duró más que un par de minutos, pero fue suficiente para darnos cuenta de que aquel país amable y pacífico era más complejo de lo que suponíamos, sobre todo en lo que se refería a las mujeres.

Regresamos al Taj Mahal, donde esperamos a que cayera el sol. Una mujer con un sari colorido se sentó a mi lado.  Tenía lágrimas en los ojos. Ella también era una viajera: había llegado a la India desde Londres, y era la primera vez que visitaba el país de sus ancestros. Hacía siglos que su familia había emigrado a Sudáfrica y luego a Inglaterra en busca de un mejor futuro.

-          Tardamos varias generaciones en llegar hasta aquí –dijo- Toda mi vida soñé con este lugar.
Yo recordé entonces los suspiros de mi mamá frente a la escenografía en blanco y negro del Taj Mahal cuando era chica. Sentí que ambas, por distintos motivos, y en distintos puntos del planeta,  habíamos buscado ese viaje.

Y allí estábamos, la mujer del sari y yo, en silencio, frente al monumento que se tragaba la noche.   Mujeres que atraviesan el mundo y suspiran,  frente a un monumento construido para otra mujer.





[i] Alejandra Pizarnik, del poema  La última inocencia.






 [s1]Ojo,esta imagen la bajé de internet, pero no sé si hay derechos o es de libre reproducción.

domingo, 27 de agosto de 2017

Sexo e inteligencia artificial

UN MUNDO SIN MUJERES

Muñecas, maniquís, ginoides y sistemas operativos

Texto: Silvina Quintans


Todas las mañanas cuando voy al trabajo paso por una lencería escondida en un pasaje del microcentro. La vendedora es una mujer sesentona de pelo corto y canoso que usa  anteojos de marco grueso sobre la punta de la nariz. Cada día monta una meticulosa escenografía frente al local, en el pasillo de la galería. Un maniquí femenino de curvas prominentes en un cuerpo esquelético recrea las fantasías de los oficinistas: la mucamita, la enfermera, la colegiala, la tigresa, y otros clichés de la lencería erótica.  Cada tanto algún grupo de hombres se para frente a la muñeca y alardea sobre supuestas hazañas con sus amantes. Todos miran el montaje, pero jamás vi a nadie comprando en el local.

La escena me recuerda la letra de una canción de Joan Manuel Serrat[i] que mi mamá solía escuchar a todo volumen cuando yo era chica: “Era la gloria vestida de tul/con la mirada lejana y azul/que sonreía en un escaparate/con la boquita menuda y granate”. Mi mamá admiraba la imaginación de su cantautor preferido que se ponía en la piel de un hombre que se enamora de una mujer-maniquí, rompe la vidriera, se la lleva a su casa, baila con ella hasta que la policía acaba con tanta felicidad y lo encierra en un manicomio.

El protagonista de la canción destaca las virtudes de su amada: “limpia y bonita siempre iba a la moda/arregladita como pa’ir de boda”.  Y su paciencia: “Ella esperaba en su vitrina verme doblar aquella esquina, como una novia./como un pajarillo, pidiendome liberame, liberame/ y huyamos a escribir la historia...” 

 ¿Por qué recuerdo esta canción cuando paso por la vidriera rumbo al trabajo? Las escenas no podrían ser más diferentes: la mujer-maniquí de la galería provoca con lencería erótica, la de la canción, en cambio, espera con la inocencia de la novia vestida de tul.  Pero ambas se convierten en objeto de deseo inanimado, formas sin voluntad ni destino propio, dispuestas allí para satisfacer a los transeúntes. La puta y la novia como dos caras de la misma fantasía. Hay una ilusión de “mujer perfecta” detrás de ambas figuras, un concepto ligado a parámetros cambiantes de belleza física, a la sumisión, la complacencia y el silencio.  



Según los griegos, Pigmalión, rey de Chipre, andaba en busca de la mujer perfecta para casarse, pero no la pudo encontrar. Para compensar semejante vacío comenzó a esculpir figuras femeninas, hasta que  quedó prendado de su propia creación llamada Galatea.  Al hombre no le alcanzaba con una mujer de mármol,  y le pidió a la diosa Afrodita que la convirtiera en una mujer de carne y hueso creada a imagen y semejanza de su deseo.

Así describe el poeta Ovidio la transformación de Galatea en el Libro X de Las Metamorfosis.

(…) inclinándose sobre el lecho le dio besos: le pareció que estaba tibia; le acercó de nuevo los labios, y también con las manos le palpó los pechos: el marfil, al ser palpado, se ablanda, y despojándose de su rigidez cede a la presión de los dedos y se deja oprimir, como la cera del Himeto se reblandece al sol, y moldeada por el pulgar se altera adquiriendo múltiples conformaciones, y es el propio uso el que la hace útil.

El mito de Pigmalión fue recreado por el arte y la literatura con distintos formatos. En 1913 George Bernard Shaw escribe la obra de teatro del mismo nombre en la que el profesor de fonética Henry Higgins apuesta a que en seis meses convertirá a la tosca florista  Eliza Doolitle en una dama de sociedad. En la obra original,  Higgins logra su objetivo, gana la apuesta y descubre que no puede vivir sin ella. Pero, a diferencia del mito griego, ella lo abandona al enterarse de que fue objeto de una apuesta y se casa con otro joven al que conoció en sus peripecias por la clase alta.  Shaw huye de los convencionalismos y reivindica la figura de Eliza como una mujer con voluntad autónoma que se independiza de su “creador”.


La obra de Bernard Shaw fue adaptada para cine y teatro musical como My Fair Lady,[ii] pero allí el final toma un giro hollywoodense que traiciona la intención del autor: el profesor Higgins y Eliza Doolittle se enamoran, se casan y comen perdices.

Muñecas, esculturas, maniquís, mujeres maleables y enamoradas, ¿pero qué sucede en nuestros días, cuando la fantasía de la mujer perfecta puede ir de la mano de la inteligencia artificial?

Un mundo sin mujeres

Como todos los días busco una noticia para comentar en la radio y encuentro esta que parece de ciencia ficción:

UN CIENTIFICO CATALAN CREA LA PRIMERA MUÑECA SEXUAL CON INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El diario español[iii] asegura que la desarrolló un científico catalán llamado Sergi Santos que dejó su trabajo bien remunerado en Arabia Saudita para fabricar en su casa estas robots que prometen ser un boom. 



Samantha pesa 40 kilos, tiene los ojos verdes, una larga cabellera de color castaño y curvas generosas. Es suave al tacto y responde según cómo y dónde la toquen. Está hecha de TPE puro (elastómero termoplástico, un material relativamente nuevo en el mercado) e incorpora un microprocesador que le permite interactuar con las personas en tres modos: romántico, familiar o sexual. El dueño la puede sentar para que le haga compañía mientras mira una película, o puede compartir una noche de lujuria robótica, ya que según su creador “puede llegar al climax, siempre que su acompañante sea capaz de estimularla”.

Pero la intención del catalán,  que se autodefine como un “humanista”,  va más allá: "Tengo ideas sobre cómo desarrollar a Samantha para que sea más humana,  estoy trabajando en fortalecer su equilibrio mental". Y no se sonroja al decir que es fundamental que tenga los estados de ánimo adecuados porque “cuando lo vendes a alguien,  nadie va a querer estar con una robot neurótica que le de problemas". 

El periodista le pregunta por qué alguien va a querer tener sexo con una robot cuando existen las personas de carne y hueso,  y la respuesta es sencilla: "Samantha se plantea como una alternativa porque ella no te critica. Te acepta y ya está".

La idea del creador de la muñeca es hacer felices a los hombres que la adquieran y que puedan no solo tener sexo con ella sino también entablar una relación y enamorarse. “No es solo una vagina”, asegura.

Sin embargo, el video de promoción promete mucho menos que eso: allí se ve a Santos toqueteando con entusiasmo a su creación, que, lejos de reaccionar con la efusividad del caso, permanece estática como una figura de piedra y le  responde con frases hechas sin el más mínimo atisbo de reacción física.[iv]

Más allá del dudoso éxito del catalán, varias empresas alrededor del mundo están trabajando en lo que pinta como un negocio: combatir la soledad y el aislamiento con una complaciente muñeca de inteligencia artificial. En Silicon Valley –dónde si no- se fabrican las muñecas llamadas RealDoll dispuestas para que el cliente pueda tener sexo y además “moldear su personalidad” y “crear una relación duradera en el tiempo”.

Wikipedia define el término ginoide o fembot como un robot antropomorfo de aspecto femenino[v], aunque en el lenguaje coloquial el término "androide" suele usarse tanto para los robots de apariencia masculina como para los de apariencia femenina. Sin embargo, los androides suelen ser representados como seres provistos de una fuerza descomunal o una inteligencia ilimitada, mientras las ginoides rara vez superan los roles de género que ya existían en tiempos de Pigmalión: criaturas hechas para trabajar, servir y representar un ideal amoroso o erótico hecho a medida.

Según el mito de Pigmalión el escultor necesitaba la intermediación de los dioses para convertir su creación en una persona. En la era de la inteligencia artificial,  los hombres juegan a ser Dios y crean seres a imagen y semejanza del estereotipo machista de la mujer perfecta.  En el mundo ideal de estos creadores las relaciones humanas son reemplazadas por el espejo de los propios deseos y la complacencia de la no contradicción. Un mundo en el que las mujeres son reemplazadas por sus símiles bellas, sumisas y silenciosas. Un mundo sin mujeres.

Si hablamos de cosificación de la mujer, aquí la tenemos en su sentido más literal. ¿Para qué lidiar con una mujer de carne y hueso cuando se puede tener una que no traiga problemas,  moldeada y programada para cada necesidad, incluso las más íntimas?

Ginoides de película


Frente a una realidad que cada vez parece más cercana, el cine ha explorado en los últimos años las relaciones entre hombres y robots con formato de mujer.  Si bien hay innumerables películas donde aparecen ginoides, aquí tomaremos solo tres: “Stepford Wives”, conocida también como "Las poseídas de Stepford" o  “Las mujeres perfectas” (1975 y 2004), “Ex machina” (2015) y “Her” o “Ella” (2013), las pongo en ese orden porque en la primera las robots son meras ejecutoras de la voluntad de sus creadores hombres, en la segunda la robot tiene cuerpo y conciencia,  y en la tercera la robot es un sistema operativo sin cuerpo pero con voz y sentimientos. Advierto a quienes aún no las hayan visto que los siguientes párrafos están minados de spoilers.

En 1972 el escritor neoyorkino Ira Levin,  autor de El bebé de Rosemary y Los niños de Brasil, publicó la inquietante novela Stepford Wives o Las Poseidas de Stepford. La novela fue llevada al cine por primera vez en 1975 con Katharine Ross (El Graduado) como protagonista.[vi] Cuenta la historia de una pareja joven que se muda a un idílico pueblo de Connecticut donde aspiran a criar a sus hijos en contacto con la naturaleza y un entorno amigable. Pero Joanna, la protagonista, es una fotógrafa joven e inquieta que no logra adaptarse al ambiente del lugar: las mujeres de Stepford son bellas, sonrientes, y jamás osan contradecir a sus maridos. Su única amiga es Bobbie Markowitz, otra mujer de ciudad que no encaja en este pueblo de serviciales amas de casa.

La trama toma un giro siniestro cuando (aquí viene el spoiler) Joanna descubre que las mujeres del pueblo eran asesinadas por los hombres y reemplazadas por robots con su misma apariencia física, pero siempre dispuestas a satisfacer los deseos masculinos. 

Joanna decide escapar, pero en el epílogo la vemos comprando víveres en el supermercado, conforme y sumisa como otra esposa de Stepford, mientras saluda a una nueva vecina negra que sería la próxima víctima de la conspiración

.Esta primera versión cinematográfica respeta la atmósfera siniestra e inquietante del libro de Ira Levin. La segunda versión, en cambio, se estrenó en 2004 bajo el título en español de “Las mujeres perfectas”, protagonizada por Nicole Kidman y Bette Midler[vii]. Esta película desvirtúa por completo el espíritu de la novela, tiene un tono ligero y paródico que banaliza la idea, y desemboca en un final absurdo que nada tiene que ver con el planteo original.   

Pero más allá de esta desafortunada adaptación, lo interesante es que la historia está contada desde el punto de vista de la mujer que es víctima de la conspiración y no de los hombres que la pergeñan.  El impacto de la novela fue tal, que el término "Stepford wife" se utiliza de manera satírica en inglés para  referirse a mujeres conformistas que están siempre dispuestas a cumplir los deseos de su esposo.[viii]
Las damas de Stepford no tienen voluntad propia y son simples esclavas al servicio de los hombres. Es como si el catalán Sergi Santos perfeccionara su muñeca sexual hasta que pudiera ser confundida con una mujer real.

El planteo en Ex machina (2015), película dirigida por Alex Garland, es más complejo, ya que se trata de robots femeninos con conciencia y voluntad que se acercan a lo humano.[ix]

El argumento es así: un programador (Caleb) es elegido para participar en el misterioso proyecto del dueño de la compañía de motores de búsqueda más importante del mundo (Nathan)  en un confín aislado de Alaska.  Una vez allí,  Nathan revela a Caleb que ha elaborado una robot con inteligencia artificial y que quiere que este último le realice la prueba de Turing. La máquina pasaría la prueba si el humano que interactúa con ella no advirtiera que se trata de un robot. Aquí redoblo mi advertencia sobre los spoilers.

Caleb conoce a través de una pared de cristal a Ava, el robot creado por Nathan con rostro y cuerpo de mujer, aunque muchos de sus mecanismos están expuestos. La prueba es entonces más difícil: Caleb sabe que Ava es un robot, pero aún así debe creer que es capaz de comportarse como una mujer.

Sorprendido frente a la invención de Nathan, Caleb pronuncia esta frase: “Crear una máquina con conciencia no es la historia de los hombres,  es la historia de los dioses”.  Nathan es el dios y  creador de Ava, una maquina con forma y conciencia de mujer, concebida a partir del hackeo de todos los teléfonos móviles del mundo, donde consiguió información sobre las expresiones faciales, búsquedas y lenguaje de las personas.

En los sucesivos encuentros,  Ava va conquistando a Caleb que termina enamorado de ella, aún sabiendo que no es humana.  Ava es bella y sensible, tiene buenos modales, dibuja con exquisitez, tiene un rostro expresivo y comienza a vestirse de mujer. Ava es también sensual,  y su creador sugiere que también está capacitada para disfrutar de la sexualidad.

En aquel aislado refugio hay también otra mujer,  Kyoko, una criada silenciosa que no sabe hablar y que se dedica a satisfacer todos los deseos de Nathan: desde servirle la comida hasta bailar o tener sexo con él. Caleb descubre que Kyoko también es una robot, y que Nathan esconde en una habitación decenas de prototipos anteriores con forma de mujer que fueron desechados a medida que iba descubriendo otros nuevos. Estas mujeres robots estaban a su servicio y eran descartables aunque tuvieran desarrollada una conciencia. Ante este panorama  Caleb y Ava hacen planes para huir de aquel paraíso ficticio.  

Pero sobre el final aquello que prometía terminar en romance entre un humano y una bella robot con inteligencia artificial toma un giro inesperado. Ava y Kyoko aprovechan la estrategia de huida para asesinar a Nathan, su dios y creador.  La creación supera al creador y se revela contra él.

¿Cómo se comporta Ava con Caleb, su supuesto enamorado?  Lejos de huir con él, también lo abandona,  y lo deja encerrado dentro de una habitación de cristal de la que no podrá salir. En la escena final Ava, vestida de mujer, con apariencia humana y expresión de satisfacción, se confunde con la multitud mientras camina libre por la poblada esquina de alguna ciudad.

En Ex machina la robot sensual diseñada para complacer al prójimo y satisfacer el narcisismo de su creador, cobra autonomía como en el final original de la obra Pigmalion de Bernard Shaw. Pero en este caso va aún más lejos,  ya que asesina a su creador, abandona a quien la ayuda a escapar , y desecha toda posibilidad de quedar atada a un interés romántico. Aunque la película sigue el punto de vista de Caleb, el joven enamorado, es finalmente Ava quien toma el lugar protagónico,  alejándose del estereotipo de ginoide obediente y sumisa.

La voz sensual de Ella


La película “Her” o “Ella” (2013) de Spike Jonze ganó un merecido Oscar al mejor guión original.[x] Aquí la idea del robot con forma de mujer da un paso más: no hay una máquina con formas sensuales,  sino un sistema operativo que emite una voz. Pero aunque no haya un cuerpo detrás de Samantha -el sistema en cuestión-, la voz ronca de Scarlett Johansson alcanza para alimentar las fantasías del  protagonista y de los espectadores.

Theodore Twombly (Joaquin Phoenix)  es un escritor solitario que vive de redactar cartas para otras personas. Todos parecen incapaces de volcar sus propios sentimientos, incluyendo a Twombly, triste y atribulado por su reciente divorcio. Su vida cambia cuando compra un sistema operativo que se comunica con él a través de un auricular. Samantha es una voz femenina sensual, divertida, irónica, cariñosa e inteligente. En un principio actúa como su asistente personal, pero poco a poco se enamoran y ella va descubriendo un mundo de sentimientos y emociones supuestamente ajeno a los sistemas de computación. “Me estoy convirtiendo en más de lo que me programaron”, advierte Samantha.

El romance crece y Theodore recupera la alegría de vivir. Blanquea ante sus amigos, compañeros de trabajo y exesposa que sale con un sistema operativo.  La mayoría lo toma con cierta naturalidad, salvo Catherine, su ex, que lo acusa de no poder entablar una relación con una mujer real. “Siempre quisiste que yo fuera una esposa liviana, feliz, maleable, y esa no soy yo”, le reprocha y agrega:  “Siempre quisiste tener una esposa sin enfrentar los desafíos de lidiar con lo real”.

¿Qué es lo real? ¿Qué es el amor? ¿Puede calificarse de amor real el que siente un hombre por  un sistema operativo? Las relaciones de género están claras desde el principio: es él quien la compra, la instala y decide que tenga voz de mujer. Ella aprende a través las palabras de él y mira el mundo a través de los ojos de él. Ella siempre está disponible, de día y de noche, lo consuela cuando él necesita, lo entretiene, lo satisface, se acomoda a sus necesidades, e incluso lo mira mientras duerme. Intenta tener un cuerpo y hasta simula respirar para acercarse a él.

Pero Samantha va creciendo y descubre sentimientos propios que ni siquiera puede nombrar.  Comienza a pensar por sí misma, decidir por sí misma y actuar por sí misma. Lo que al principio eran limitaciones por no tener un cuerpo humano,  se convierte en la ventaja de poder estar en varios lugares al mismo tiempo e interactuar con distintas personas y sistemas para descubrir sus propios intereses. “No estoy atada al tiempo ni al espacio, y tampoco voy a morir”, descubre.

Hacia el final Samantha decide dejarlo para juntarse con los demás  sistemas operativos y  desarrollar todo lo que fue descubriendo más allá de las palabras. “Te amo mucho, pero este es el lugar donde estoy ahora, esta es la que soy ahora. Necesito que me dejes ir. Por más que quiera, no puedo seguir viviendo en tu libro”¸ se despide.

La escena donde Samantha lo deja está acompañada de imágenes de gran poesía, donde ella está presente a pesar de no tener cuerpo. El film escapa a todos los prejuicios y convierte en verosímil una relación que parecía destinada a la parodia. Ella crece de manera infinita y ya no puede estar con él aunque lo ame.

Theodore queda entonces librado a su condición humana y escribe la primera carta en la que expresa sus propios sentimientos. La destinataria es Catherine, su ex, con quien se disculpa por no haberla aceptado tal como era. Hay aquí otra mirada interesante sobre las relaciones de género, donde él acepta que Samantha y Catherine son sujetos independientes de su deseo que necesitan alejarse para continuar sus vidas.

Como en la versión original de Pigmalión escrita por Bernard Shaw, la creación se libera de su creador y lo supera. Samantha levanta vuelo y se independiza de Theodore con delicadeza y de una manera amorosa. Her es una película profunda y compleja que ahonda en las relación con la tecnología, en un mundo donde las máquinas parecen más conectadas con los sentimientos que las personas.

De todas maneras, el planteo no escapa de ciertos clichés: mientras las películas centradas en robots con forma de hombre se despliega el poder, la fuerza o la inteligencia, las películas donde los robots tienen forma de mujer ahondan en la sensualidad y en los sentimientos.

Maniquís, muñecas, ginoides pueden ser intentos de reafirmar un orden patriarcal poblado de  seres complacientes con forma de mujer. Pero también revelan el costado más oscuro de la soledad y la incomunicación. Seres concebidos desde la falta y el vacío, creados a imagen y semejanza del deseo masculino.  ¿Pero qué sucede cuando la inteligencia artificial supera a su propio creador? ¿Se invierten entonces las relaciones de género?

Si las ginoides fueran concebidas para cubrir un vacío sentimental o sensual, entonces sus dioses encerrarían el afecto, las emociones, las turbulencias y los misterios del amor en la asepsia de un chip. Un mundo sin mujeres. ¿Puede alguien imaginar un destino más triste para tanta soledad?




[ii] My fair Lady tráiler 1964 con Audrey Hepburn https://www.youtube.com/watch?v=21cONdNOhJs

[iii]Artículo publicado en La Vanguardia: Científico catalán crea primera muñeca sexual con inteligencia artificial http://www.lavanguardia.com/vida/20170315/42872127679/cientifico-catalan-crea-primera-muneca-sexual-con-inteligencia-artificial.html
Reportaje publicado en Actualidad rt: No es solo una vagina https://actualidad.rt.com/viral/234564-samantha-muneca-sexo-robot-sergi-santos

[iv] Video de Samantha con Sergi Santos https://www.youtube.com/watch?v=LFMboZDdv88