jueves, 25 de agosto de 2016

CONTAR LA VIOLENCIA

Texto: Silvina Quintans

Publicado en el blog Damiselas en apuros a propósito de la encuesta sobre violencia machista organizada por #NiUnaMenos que se puede responder hasta el 3 de septiembre. Invitamos a todas las lectoras a que se sumen.



Zapatos rojos,  instalación de arte público.

Sábado a la noche, reunión de parejas. Ellos charlan en un rincón del living, nosotras en otro. Sendas conversaciones van por vías diferentes. Nosotras repasamos una y mil veces las mismas anécdotas del colegio, de los viajes, de tantos años compartidos. De pronto, una en tono jocoso dispara un recuerdo que hacía años habíamos enterrado.

-          ¿Te acordás de aquel día en que íbamos caminando las tres y un tipo nos empezó a seguir?. Estaba oscuro, y yo no me había dado cuenta, pero Uds. me apuraban. Cuando llegamos a casa, él seguía detrás de nosotras y Uds. le empujaron la puerta  encima. No me voy a olvidar nunca –risas- de la imagen del tipo en bolas contra el vidrio mientras nosotras gritábamos del lado de adentro

 Ellos dejaron su conversación, interesados en la anécdota.

-          ¿Y cuando cruzábamos a la mañana la Plaza Las Heras camino a la escuela y los tipos nos gritaban de todo desde los edificios en construcción? ¿Qué teníamos? ¿Doce años?, sigue otra.

-          A mí me apoyó uno en el subte cuando tenía 9 años y viajaba con mi mamá,  me dio mucha impresión y nunca se lo conté a nadie,  confesó otra.

-          Una vez un tipo se paró al lado mío cuando esperaba el colectivo, sacó el pito e hizo algo que yo en ese momento no entendía qué era. Después enfundó de nuevo y se fue. Yo en el momento quedé petrificada, pero llegué a la escuela en estado de shock. Todavía estaba en segundo año, pero nunca más viajé sola al colegio.

Las anécdotas se enhebran una detrás de otra, cada una tiene varias para contar. Ellos miran atónitos, jamás imaginaron que sus parejas habían tenido que pasar por esas situaciones.

Esa noche me fui con una sensación rara. El tono en el que habíamos contado las anécdotas era ajeno a la gravedad de las historias. Las contábamos en tono risueño, nada trágico, como quien relata algo de la vida cotidiana.  Estaba segura de que en cualquier reunión de mujeres que se planteara el tema,  todas tendrían más de una experiencia para sumar, y lo harían con la misma naturalidad.  No hay mujer que no haya tenido que enfrentar en algún momento de su vida la agresión de piropeadores, toquetones, exhibicionistas, acosadores o abusadores.

Contá la violencia machista


No existe ningún estudio sistemático sobre estas y otras violencias (simbólica, económica, psicológica, obstétrica) que padecemos las mujeres a lo largo de nuestra vida. Por eso es muy auspiciosa la iniciativa de la encuesta Contá la Violencia Machista[i] que impulsa el colectivo NiUnaMenos. La encuesta está disponible en la página de internet contalaviolenciamachista.com,  y consiste en un cuestionario de cerca de 200 preguntas en la modalidad de multiple choice,  que se responde de manera anónima, y se puede ir completando por etapas. Al momento de cierre de esta nota, ya había sido respondida por  45.800 mujeres de todo el país, de distintas edades y de todas las extracciones sociales. Con el resultado de esta encuesta se confeccionará el Primer Indice Nacional de Violencia Machista, una herramienta indispensable para elaborar políticas públicas y tomar conciencia de cómo se posiciona nuestra sociedad frente a conductas que muchas veces están naturalizadas.

Vale la pena responder el cuestionario. A medida que una va avanzando, se desnudan situaciones que en muchos casos no habíamos advertido como violentas.  Desde las experiencias callejeras hasta la vida de pareja, desde el ámbito laboral a la sala de partos, desde los pequeños desprecios cotidianos hasta la violencia física. El machismo está presente en cada rasgo de nuestra cultura, aunque a veces pase desapercibido.

En los ‘90 el psicoterapeuta Luis Bonino acuñó el término “micromachismos”,  que definió como “Pequeños y cotidianos controles, imposiciones y abusos de poder de los varones en relaciones de pareja, al que diversos autores y autoras (…) han llamado pequeñas tiranías, terrorismo íntimo, violencia “blanda”, “suave” o de muy baja intensidad, tretas de dominación, machismo invisible o sexismo benévolo. Comportamientos que son especialmente invisibles y ocultos para las mujeres que los padecen.”[ii]

Avanzar en la encuesta puede ser una revelación para aquellas que alguna vez pensamos que habíamos vivido ajenas a las situaciones de violencia.

Tarde de domingo

-          ¿Alguna vez un desconocido te mostró imprevistamente sus genitales en un espacio público (calle, plaza, transporte)?

Mamá se pone incómoda, duda, y finalmente me pide que responda que sí, que más de una vez una persona desconocida le había mostrado sus genitales en la calle. Es domingo a la tarde, afuera hace frío y está nublado. La sobremesa duró un rato largo, y después, como quien propone un juego, le pregunté si quería que respondiéramos juntas la encuesta sobre violencia machista.  Como le cuesta lidiar con la computadora, ella me dicta las respuestas y yo completo los casilleros.

Entonces me cuenta que cuando era muy joven un hombre en la calle la había agarrado de un brazo y la había metido dentro de un auto. Llevaba los genitales al aire. Ella logró zafarse, temblando llegó a la esquina, donde pidió ayuda a unos muchachos a los que siempre esquivaba porque le gritaban groserías. Uno de ellos la vio tan asustada que la acompañó hasta su casa.

Le cuento mis propias historias de exhibicionismo: un hombre masturbándose en la parada del colectivo mientras me miraba fijo (yo tenía 13), un tipo que salió desnudo en una playa desierta y nos empezó a correr haciendo gestos obscenos, uno escondido en un umbral una noche que volvía a casa…

-:¿Alguna vez sentiste vergüenza o te sentiste culpable de ser mujer?

Yo no dudo, nunca tuve vergüenza ni sentí culpa, al contrario. Ella, en cambio, duda, y contesta que sí, que sintió vergüenza de ser mujer.

-          ¿Alguna vez te descalificaron en privado por alguna acción u opinión tuya diciendo “y qué se puede esperar, si sos mujer…”? (Por ejemplo: al realizar una maniobra conduciendo un automóvil)

Si, muchas, respondemos al unísono y reímos.

-          ¿Alguna vez abandonaste tu educación o no aprovechaste una oportunidad de capacitación por tu condición de mujer

Yo no, le digo con suficiencia, sin advertir que fue gracias al camino que ella y mi abuela habían abierto en la familia. Mamá me cuenta que ella pudo estudiar gracias a mi abuela. Mi abuela era miembro de una familia sefaradí donde las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas, mientras sus hermanos estudiaban en la universidad.  Corrían las primeras décadas del siglo XX, y en la próspera casa familiar no se podía concebir que una mujer estudiara. No se trataba de una cuestión económica sino de un tema cultural.

Cuando mi abuela formó su propio hogar, mi abuelo quiso repetir la historia: sacaría a mi mamá y a mi tía de la escuela, mientras el hijo varón seguía estudiando. Entonces ella lo enfrentó por primera y única vez: “o dejás estudiar a las chicas o me voy”. Las chicas estudiaron: una psicología, la otra Bellas Artes, esta última contra la voluntad de sus padres, que la consideraban una carrera indecente.  Mamá desafió a su familia, y luego continuó estudiando arte después de casada.

Sin embargo, a la hora de contestar la encuesta, me pide que responda que no pudo aprovechar todas las oportunidades por su condición de mujer. Entonces recuerdo las veces que se enojaba porque nadie respetaba su tiempo cuando pintaba en el taller que había armado en un cuarto de la casa de mi infancia. Su condición de esposa y madre había opacado su vocación de artista.

-          ¿Alguna vez un docente o un profesor ya sea en la primaria, en la secundaria o en la universidad; te hizo una propuesta sexual como condición para aprobar una materia, un examen o una prueba?

Me cuenta que un afamado artista con el que hizo un taller de pintura una vez la arrinconó en el taller mientras posaba para un cuadro. Ella era muy joven, le dio una cachetada y salió corriendo. Se sonroja aún cuando lo cuenta, todavía le da mucha vergüenza.

-          ¿Alguna vez fuiste excluida de alguna actividad familiar (por ejemplo: decidir una inversión, elegir un destino de vacaciones, participar de la organización de un funeral, etc.) por tu condición de mujer?

Se ríe, sí, muchas veces. Las inversiones las manejaba tu papá, lo mismo que todas las decisiones económicas.

-          :Antes del parto (durante el embarazo), durante el parto o después del parto, ¿te fue difícil o imposible preguntar o manifestar tus miedos o inquietudes porque el personal de salud no te respondía o lo hacía de mala manera?

-          La experiencia de la atención en el parto, ¿ te hizo sentir vulnerable, culpable o insegura?

Mamá me cuenta la noche que pasó internada antes de mi nacimiento. “Me dejaron un montón de horas, yo les decía que las contracciones dolían mucho, que ya estaba, pero las enfermeras me descalificaban, me decían que no podía doler tanto, que eran cosas de primeriza. La única que me escuchó fue la mujer que estaba en la cama de al lado, que les gritó que me atendieran porque estaba por parir. Y tenía razón”.

Rasurado, episiotomía, maniobras inconsultas, falta de explicaciones. La experiencia de mi primer parto fue tan traumática como la de mamá.

La tarde continúa con nuevas revelaciones. Cuando llegamos a las relaciones de pareja,  prefiero que pasemos de largo las preguntas porque no quiero conocer la intimidad entre mis padres.

Llegamos a la conclusión de que muchas cosas no han cambiado: el acoso callejero, la violencia obstétrica, el ninguneo diario, el lugar subalterno al que nos resignamos casi sin darnos cuenta.

ARISING

“Todas fuimos víctimas alguna vez”

La frase está estampada debajo de una mirada de ojos oscuros, en un muro de la muestra Arising (Resurgiendo) de Yoko Ono en el Malba[iii].  La artista invita a mujeres de cualquier edad, de todos los países de Latinoamerica a enviar su testimonio de algún daño que hayan sufrido por su condición de mujer. Los testimonios se imprimen junto con las fotografías de las miradas de las protagonistas y se cuelgan en un muro gigantesco.

Escribe una mujer de ojos graves:

Sus ojos, dos cuchillos afilados que atravesaron mi cuerpo/ Sus manos, decididas y más fuertes que las mías/ Solo hubo silencio y solo sigue habiendo silencio

Otra mujer, con uno de sus ojos morados:

Algo en el aire me dice que tenemos que gritar hasta que retumbe la tierra y todo se transforme. La violencia con la que se convive no es natural.

Los testimonios pinchan como agujas. En la pared de enfrente se proyecta un video llamado “Violación”. Una mujer es seguida por un camarógrafo hasta la exasperación por avenidas, callejones, su trabajo, su casa.

Más allá, una obra llamada “Fly”, muestra una mosca que se posa sobre el cuerpo de una mujer desnuda. La mujer gime, grita, llora ¿goza?. Un cuerpo desnudo, ofrecido, inerte. En este micromundo blanco, los ruidos perturban, sobresaltan, desesperan. ¿Es la mosca o la mujer quien gime? Frente a la mosca que se posa sobre los pezones, sobre el sexo, que hurga en cada rincón del cuerpo con una vibración que ya no es zumbido sino gemido, los testimonios toman otra dimensión.

La violencia estalla en cada palabra, en cada imagen, en cada sonido. La violencia se transforma en reverberación. Y una sale de la muestra temblorosa, lívida como la mujer desnuda, grave como las miradas anónimas estampadas las paredes.

Ten coraje
Ten rabia
Estamos resurgiendo

Dicen las “instrucciones” escritas en el muro.






jueves, 11 de agosto de 2016

ARGENTINIDAD AL PALO – EL DIA DESPUES DEL ESCANDALO CORDERA

Columna de Silvina Quintans para Radio Continental.

Escuchar las reacciones que generaron las declaraciones de Gustavo Cordera ante un grupo de estudiantes de TEA enciende una luz de esperanza. Se empiezan a cuestionar temas silenciados, a desnaturalizar situaciones que pasaban desapercibidas. Lo de Cordera fue brutal, dejó crudamente expuesto algo que es la punta de un iceberg.

El rock siempre se presentó, al menos en el discurso, como un ámbito libertario. Sabemos que forma parte de una industria que no está separada del sistema al que critica. Pero aún con ese halo crítico, no puede despegarse de actitudes que parecen prehistóricas. Y lo mismo se puede decir del reggaetón, de la cumbia, del cuarteto, incluso del futbol. Uno lo escucha hablar a Cordera y parece un dinosaurio que sigue manteniendo prejuicios que atrasan y están fuera de época.

No es rebeldía, no es contracultural, es precámbrico. El machismo y la misoginia atrasan, porque contra hombres como Cordera surge un chico como Jonatan, que con valentía denunció el hecho en Facebook, o los miles de hombres que se sumaron a las marchas por la igualdad de género, o los hombres que nos acompañan cada día, que nos tratan como personas, nos escuchan, nos dan un lugar y no se les caen los anillos por asumir tareas que todavía se consideran de mujeres.

El machismo atrasa, y una muestra de eso es el rechazo masivo de las declaraciones de Cordera que parece un animal prehistórico herido, tambaleándose y tratando de sostener viejas consignas. Pero al mismo tiempo se escuchan denuncias como la que trascendió hoy de una estudiante que acusa a cinco hombres de haberla violado en un departamento al que había ido con uno de ellos. O el pedido de juicio oral para Alexis Zárate, el jugador de futbol acusado de violar a una joven mientras ella dormía con su novio, amigo del violador.

Hombres jóvenes que comparten aquellos códigos rancios según los cuales los machos se reparten las minas, las comparten, las señalan y después brindan mientras comentan sus “proezas”. A veces disfrazados de publicidades que invocan una supuesta complicidad masculina, otras disfrazados de camaradería, de espíritu de cuerpo frente a las minas.

Esta mañana escuchaba a una chica muy valiente que se animó a denunciar a un músico de rock que había abusado de ella durante años. ¿Cuántas veces se habla de forma despectiva de las “grouppies”? ¿Cuántas veces los muchachos –muchos de ellos ya no tan muchachos- se ufanan de sus “hazañas” incluso delante del público que festeja? ¿Cuántas veces se dice que la única motivación de los músicos es levantarse minitas? ¿Cuántas de esas minitas son tomadas y descartadas como si fueran objetos?¿Cuántas son menores de edad?


Queda un sabor agridulce después de todo lo que sucedió en las últimas 24 horas. El sabor dulce de la reacción casi unánime de los medios y de la sociedad en repudio de tanta misoginia. El sabor agrio de que sigue muriendo una mujer cada 30 horas, de que siguen existiendo violaciones y se sigue cuestionando a las víctimas, el sabor agrio de que todavía sigamos pidiendo por #NiUnaMenos.

Para quienes no hayan escuchado, aquí van las declaraciones de Cordera


viernes, 29 de julio de 2016

CON AMIGOS ASÍ... (A propósito del "boludeo" y de las campañas publicitarias por el "Mes del Amigo"

Columna de Silvina Quintans para Radio Continental.

Hoy es el último día de lo que algunos, empeñados en estirar los réditos económicos del 20 de julio, han dado en llamar “Mes del amigo”.

La definición de amigo fue cambiando con los años. Y así como las redes sociales modificaron el concepto, la publicidad llevó la definición a límites que jamás hubiéramos sospechado.

¿Podríamos llamar amigo a alguien que te baja del auto y te larga a pata a la madrugada en la soledad de la Costanera?¿O a un grupo de sádicos que te atan a un poste, te arrancan los pelos del pecho de raíz, y después se mandan a mudar dejándote ahí atado?

Parece que sí, porque según la propaganda de una bebida alcohólica “donde hay amigos, hay boludeo”. Así que a respirar hondo, bancársela y sonreir.

Y eso no es todo: en la misma línea, otra publicidad de un servicio de internet,  tiene como protagonista a un joven bromista  que, según él mismo asume, a veces se pone pesado. Este muchacho tiene la feliz idea de  ridiculizar a un “amigo” excedido de peso viralizándolo en las redes sociales con la cola de una ballena. Si alguien quería saber de qué se trata el cyberbullying, esta propaganda lo ilustra. Y para que quede bien claro, se ve luego a un grupete de chicos de escuela primaria riéndose a carcajadas de la imagen trucada del gordito. Pero, se entiende que todo vale porque son amigos, o, como dice más adelante,  “no nos reimos de vos sino con vos”

El bromista sigue con su carrera desenfrenada de provocaciones y a otro lo hace pelearse con la novia para que se pueda juntar con los muchachos.

Un paréntesis aquí: para estas propagandas el Dia del Amigo parece ser patrimonio exclusivo de estos grupos de amigotes. La única presencia femenina es la de esta mujer desquiciada que destruye a palazos una tablet porque el muchacho se quiere juntar con sus amigos, como si ella no tuviera vida propia y viviera obsesionada con retenerlo a sol y a sombra. Se sabe que las mujeres somos brujas, no tenemos amigas, vivimos pendientes de cada paso de nuestro hombre, carecemos de sentido del humor y no somos capaces de comprender los sutiles códigos del “boludeo”.

Si quedara alguna duda sobre la intención de estas campañas, aquí va la voz autorizada de los “creativos” (dicho esto sin ironía) que idearon una de ellas: “Creemos que un amigo es quien te da un corto en la nuca, es quien cita constantemente a tu hermana, remarca al máximo tus defectos físicos y se lleva una sonrisa a cambio. Ser amigo de alguien es poder explotar toda la impunidad que te da la confianza”,

Y ahí viene el slogan: “Si hay amigos, hay boludeo”, o, si se quiere ser más preciso,  “si hay amigos, hay bullying”.


Yo paso, gracias, para amigos así, prefiero una tarjeta con una frase cursi, un oso de peluche o la vieja publicidad de los 80 en la que aparecía un grupo de amigos y amigas tocando el piano, cantando, soñando. “Mis amigos son unos bolas, pero son mis amigos”, decía el remate.




lunes, 25 de julio de 2016

Dormir en la vereda

Texto: Silvina Quintans

Desocupados, Antonio Berni, 1934
A Ramón se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de Carolina.

-          Soy de lágrima fácil –se disculpa-. Ella, en cambio, no llora nunca.

Ella lo mira, en silencio, sus ojos fuertes sostienen la mirada. Dice que no sabe llorar, que no le sale como a él. Acaba de salir de la carpa improvisada en la Plaza del Congreso donde se resguardan del frío y guardan sus pocas pertenencias.  Julieta[i], de un año y medio, sonríe y se agarra de la pierna de su mamá.

-          Con Carolina pasamos muchas cosas juntos, es una compañera de oro. Yo no estaría aquí si no fuera por ella. Cuando vivíamos en el Chaco a veces no teníamos para comer, pero siempre salíamos adelante. Todavía no teníamos a los chicos, soñábamos con tener esta familia. Allí no había trabajo y decidimos venir a Buenos Aires. Ella siempre me dio fuerza, es optimista, yo soy un poco llorón.

El frío aprieta en esta noche de mayo frente al edificio del Congreso, donde se debaten las leyes y el destino del país. 

-          Nos quisieron llevar debajo de la autopista, no querían que la gente nos viera. Afeamos el paisaje,  pero no tenemos dónde ir. Aquí por lo menos estamos más seguros.

Ramón y Carolina se instalaron con su familia en la plaza hace un par de meses, cuando cerró el restaurante donde él trabajaba de parrillero. El se quedó sin sueldo y sin plata para pagar el hotel donde vivían. Les cobraban $ 8500 por un par de habitaciones sin baño ni cocina. El doble de lo que costaría el alquiler de un departamento. Sin sueldo ni garantías, de un día para otro quedaron en la calle.

-          Nunca pensé que estaría en esta situación. La gente que critica a aquellos que viven en la calle no tiene idea de lo que es no tener un baño, una comida caliente, abrigo, una cama. Aquí yo me despierto varias veces durante la noche porque tengo miedo de que vengan a robarnos. El frío tampoco permite dormir.

Los días son difíciles en la intemperie.  Les tocaron semanas enteras de lluvia: humedad en el suelo,  en las frazadas, en las entrañas. La ropa mojada, una constelación de objetos transpirados.
Sus hijos, salvo la beba, nunca dejaron de ir al colegio.  Bien peinados y con ropa limpia, nadie sospecha que viven en situación de calle. Los chicos rogaron a sus padres que no avisen en la escuela lo que están viviendo.

-          Ud. sabe cómo son los pibes, se burlan de los que tienen la piel oscura, son extranjeros o les falta plata. Ni hablar si vivís en la calle. Por eso prefirieron no decir nada.

Ramiro está en primer año y según su papá “pinta para genio”. El sonríe con timidez mientras sostiene en brazos a la beba y juega con ella. Martina, la de 9, adora leer. Va guardando todos los libros que le regala la gente adentro de una mochilita, y prometió que cuando tengan una casa va a armar una biblioteca para tenerlos a mano. La mayor tiene quince, nunca descuidó los estudios, aunque también ayuda con el cuidado de la beba.

-          Yo estoy muy orgulloso de mi familia, es lo más valioso que tengo. Nos mantenemos unidos.  Para mí lo más importante es que no pierdan la educación. Van a jornada simple a la escuela porque también quiero que pasen tiempo con nosotros.  Veo que hay gente que deja a sus hijos en la puerta por la mañana y los buscan a las cinco de la tarde. Nosotros pasamos tiempo con ellos, revisamos la tarea, conversamos, los acompañamos. Aun en estas circunstancias, nunca dejamos de comer juntos.

Las pertenencias de Ramón, Carolina y sus hijos caben en una especie de iglú hecho con bolsas de plástico.  El nos cuenta que adentro tiene un mueblecito que compró para mirar televisión.  Es una de las pocas cosas que le quedan de cuando tenía un hogar, y lo guarda para cuando vuelva a estar bajo techo.  La humedad fue corroyendo todo lo demás, incluso la ropa que quedaba dentro de una valija.
.- No acepto dinero de nadie. Solo quiero volver a trabajar

Un canal de televisión contó la historia hace unos días. Su carpa y el drama de su familia, que hasta entonces parecían invisibles, se corporizaron como si hubieran sido tocados por una varita mágica.  En pocas horas empezó a llegar la ayuda.  Y allí estábamos un grupo de madres del colegio de mi hijo, conmovidas por la historia que habíamos visto en televisión, dispuestas a ayudar en lo que necesitaran. Mientras charlábamos en la puerta de la carpa, varias personas se acercaron con la misma idea. Una mujer llegó en bicicleta con hojas de carpeta para la escuela. Otra acercó una bolsa con ropa de marca. “Ramón, vi su historia en televisión, Ud. es un gran ejemplo para sus hijos”, le dice antes de volver al auto último modelo mal estacionado. Según nos cuentan, una mujer se ofreció para dar clases particulares de francés a Ramiro, porque es la materia que más le cuesta.

Un chico con gorra y ropa deportiva se queda junto a la carpa. “Vengo a darle ánimo a la familia, yo también viví desde chico en situación de calle y me duele verlos así a ellos”

Apenas se emitió el informe, el sindicato gastronómico le ofreció trabajo a Ramón en su oficio y   consiguió un hotel para la familia. Una documentalista de la cadena Al Jazeera gestionó el dinero para el depósito de un departamento, y el sindicato se ofreció a otorgar la garantía.

Ramón nos recibe con todas estas buenas noticias, es su último día en la calle y está feliz de volver a trabajar. Se queja de la desidia de las autoridades, habla de los diputados y senadores que transitaron cada día a su lado sin mirarlo, de la solidaridad de la gente que se acerca desde que salió el informe en televisión.

Le preguntamos si necesita algo más. Carolina pide ropa para los chicos, pañales para Julieta, libros para la biblioteca que algún día armará Martina. Le cuesta pedir y recalca varias veces que no aceptan dinero. Ramón, ojos abrillantados,  nos dice que también necesita algo. Se acerca a cada una de nosotras y nos da un abrazo cargado de lágrimas. “Gracias por no dejarnos solos”, murmura.

A pocos metros de Ramón, otra carpa aloja a María Schoo, Licenciada en Historia del Arte y restauradora, que también quedó  en la calle con su marido contador público.  Al otro lado de la plaza, otras familias acampan junto a sus hijos que llegan de cartonear.  Todos ellos invisibles, la televisión tal vez nunca pase por allí.  [ii]





[i] Los nombres de todos los niños fueron modificados.

[ii] Según el informe presentado en mayo por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el 32,5% de los argentinos es pobre. En los últimos meses cayeron en la indigencia 315.000 personas y se sumaron 1.400.000 nuevos pobres.
Unicef presentó hace pocas semanas su primer informe multidimensional de pobreza infantil.  En diciembre de 2015 el 30% de los niños nacidos en el país eran pobres.  Esto se traduce en cuatro millones de niños, de los cuales 350 mil están en situación de pobreza extrema.

sábado, 9 de julio de 2016

BICENTENARIO



Columna de Silvina Quintans para Radio Continental

  Foto tomada de http://veronicamartorell.blogspot.com.ar
 En la película La Terminal,  Tom Hanks pasa meses sin poder salir del aeropuerto porque el país del que proviene desaparece por una revolución y su pasaporte pasa a ser papel pintado. Tom Hanks es lo que técnicamente se llama un apátrida y que la ONU define como  “cualquier persona a la que ningún Estado considera destinataria de la aplicación de su legislación.”

Una definición fría y técnica, pero que tiene efectos devastadores sobre 10 millones de personas en el mundo. Cada diez minutos nace un niño sin nacionalidad.

Un apátrida no puede viajar de un país a otro porque no tiene pasaporte. No puede votar. En muchos casos se les niega el acceso a la salud, a la educación, a la seguridad social o a la jubilación. No consiguen un trabajo estable y legal. 

Hace muy poco hablábamos aquí de la cantidad de indocumentados que existen en nuestro país. Gente que nació aquí, que pertenece a esta patria, pero que por distintas razones no accedió a su documentación, una situación comparable a la del apátrida,  en un estado que debería conceder los derechos de ciudadanía a todos los que nacen en él.  

La palabra “apátrida” nos hace pensar en la falta de patria. Y tal vez sea la primera forma de abordar una palabra que ha sido bastardeada muchas veces, utilizada de manera solemne, brutal o demagógica. Una palabra de la que abusaron, por ejemplo, los gobiernos militares. Cuando uno piensa en su negación, en la ausencia de patria,  en la situación del “apátrida”, toma conciencia del sentido de pertenencia y de los derechos que implica, aunque en muchos casos no se cumplan. 

Esta mañana me tomé el trabajo de buscar la palabra “patria” en el diccionario de la RAE. 1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.  

Esta última dimensión, la afectiva, es la que vibra en cada uno y la más difícil de definir. Porque en ese punto, el afectivo, cada uno habrá armado su propia patria. Para mí, allí está la mirada vidriosa de mi abuelo español cada vez que yo rendía un examen en la facultad, el orgullo por haber migrado a un país que le permitió a su nieta terminar la universidad, la patria está también en esa visión de la Cordillera que aparece de golpe cuando uno viene de horas de andar por las llanuras.  La idea de que uno se aleja un poco de la ciudad y lo esperan esas extensiones infinitas de tierra y de horizonte. La solidaridad, las puertas abiertas, las charlas de café, los amigos, la familia, el afecto, todo eso para mí es la patria, o debería serlo. 

Como dice Borges: “Nadie es la patria, pero todos lo somos”. 

Y hay otra cita que me gusta mucho y que suelo recordar en estas fechas. Pertenece al escritor argentino Federico Jeanmaire, de un libro que se llama, precisamente, La Patria.

“A pesar de tantas porquerías que se han hecho a partir de su mal uso. Me gusta, todavía hoy, esta noche, la palabra patria. Me parece necesaria a la hora de unir algunas cuestiones. Imprescindible, casi (…). Estoy convencido de que se trata de algunas cosas, apenas, muy pocas, pero al mismo tiempo insustituibles. Cosas que llevamos clavadas, guardadas, amontonadas entre los pliegues del cuerpo. Y que se llevan con uno, siempre. A cualquier parte. A todas partes.”

viernes, 24 de junio de 2016

UN HOMENAJE A GRACIELA MANCUSO



Una nota musical, una canción, una voz: hay sonidos que despiertan un recuerdo olvidado. Yo tenía 13 o 14 años y cada noche me sentaba con los auriculares en el piso del living para celebrar un ritual.  Un ritual secreto, penumbroso, tan solitario como la nostalgia de la adolescencia.  El cable de los auriculares era un cordón umbilical que me unía a un mundo acuoso, cálido, uterino: el de la radio. Allí estaba la voz de Graciela Mancuso que me hablaba a mí, tan menudita, tan tímida, acurrucada en un rincón. Esa voz  exploraba mundos imaginarios, descubría músicas lejanas, notas que sonaban diferente. Una voz que me hacía crecer.

El programa se llamaba Experiencias e iba a de 22 a 2 por la FM de Continental.  Allí se podía escuchar una voz amiga y  música que no tenía aire en otros espacios.  Allí descubrí por primera vez los temas de The Wall, el disco de Pink Floyd que había prohibido la dictadura, o La vida secreta de las plantas, una obra maestra de Stevie Wonder. Cada media hora pasaban tres temas de “Música nacional contemporánea”, un género que antes de la Guerra de Malvinas casi no tenía espacio en las radios.  Por allí desfilaban desde Spinetta, Charly o León Gieco hasta Pastoral o Vivencia. 

Muchos de los que crecimos en la época de la dictadura intuíamos en los programas de Graciela Mancuso (Flecha Juventud, Experiencias, Sonrisas) un resquicio de libertad y creatividad. Una educación sentimental para adolescentes que nos congregábamos en un espacio imaginario guiados por la música. Un cuarto propio. La radio como refugio.

Esta mañana la muerte de Graciela Mancuso me devolvió los recuerdos olvidados y un sentimiento enorme de gratitud. La radio, ese lugar que con las vueltas de los años otra vez me ampara. Sin aquellas palabras y sin tanta música, no la habría descubierto. Gracias, Graciela.


SOLSTICIO DE INVIERNO 2016



Texto y foto: Silvina Quintans

 “Feliz solsticio de invierno”, desea una amiga de Facebook. Es una médica de Villa Pehuenia que atendió a Nico este verano, cuando estuvo internado unas horas  en un centro de salud por una gastroenteritis.  Charlamos un rato largo mientras goteaba el suero en el brazo de mi hijo. Me contó sobre las “veranadas”, cuando sale de recorrida para dar asistencia a las poblaciones trashumantes,  de la vida en la Cordillera, de las limitaciones, del invierno blanco. Imaginé las araucarias cubiertas de nieve, el olor de la leña, las montañas silenciosas, el lago rígido y congelado.  El amparo y el desamparo del frío.  Nico resucitaba de a poco al ritmo de la hidratación,  mientras nosotras seguíamos conversando.  La ventana devolvía los colores hirientes del verano. Seis meses después de aquel solsticio estival a los pies de la Cordillera, la misma médica me recuerda que el otro solsticio comienza en aquel rincón que alguna vez imaginé como mi lugar en el mundo.     

Hoy fue un día más en la radio, salí al mediodía y regresé cuando empezaba a oscurecer. Decidí cambiar de camino para volver a casa y atravesar el Parque Rivadavia. El pasto seco, los árboles pelados,  la gente paseando perros, el olor del frío. En un rincón del parque que da sobre la calle Rosario hay dos araucarias gigantescas con hojas bellas y hostiles como puercoespines. Alguien decidió aislarlas con un cerco de cinta amarilla, como si pertenecieran a otra geografía. Presumo que fueron segregadas para evitar que el desprendimiento de sus ramas lastime a algún transeúnte. Esta tarde me detuve a mirarlas, tan altas, majestuosas, distantes. Alguien las trajo de lejos, las plantó, las vio crecer, y ahora las separa del resto como si fueran reinas desterradas. El invierno es la estación de la soledad.

Llego a casa y chequeo en el balcón los dos plantines de araucaria que trajimos de Pehuenia en el verano y que plantamos en macetas. Casi insignificantes, pinchudos, invadidos por una horda extrovertida de helechos. Se me ocurre que el invierno son estas hojas retraídas como agujas.
Ya es la noche del solsticio, la noche elegida cada año para buscar pequeñas señales, hilos invisibles que conducen los días, como si el sentido existiera. Trato de tejer un destino de araucarias, ramas que entrelazan solsticios con geografías. Durante varios años con un grupo de escritores y gente aficionada a las letras hacíamos el ejercicio de relatar este día corto y esta noche larga. El grupo que convocaba mi amiga y profesora Cecilia Sorrentino se disgregó y la costumbre se fue perdiendo. Todavía extraño la nocturnidad de aquellos relatos. Tal vez por eso me emocioné al leer esta mañana aquella frase:  “Feliz solsticio de invierno”. Como si necesitara las palabras para despertarme de tanto invierno.