lunes, 5 de junio de 2017

Crónica de la Marcha de las Mujeres de Nueva York

Texto y fotos: Silvina Quintans

Crónica publicada en la edición febrero 2017 de Damiselas en Apuros


El 20 de enero de 2017 el azar quiso que estuviera en New York de vacaciones. Llegamos con mi esposo y con mis hijos adolescentes una semana antes de la inauguración[i] del gobierno de Donald Trump.  Era el reencuentro con la ciudad que conocí hace muchos años, cuando vivía en un pueblo cercano, y la visitaba cada fin de semana. En las avenidas y calles de Manhattan de aquellos tiempos convivían los ricos con los homeless, los vidrios con el ladrillo, los velos con los crucifijos, los turbantes con los kipás. En Wall Street los hombres ostentaban sus  trajes de marca, mientras las mujeres acompañaban los tailleurs con zoquetes y zapatillas. Extrovertida y caleidoscópica, New York era la ciudad de las mil culturas, de las hipérboles, de los contrastes. Una ciudad cuya identidad estaba, precisamente, en lo diverso.


Un cuarto de siglo después intento transmitir esa fascinación a mis hijos. Me encuentro con su atmósfera contradictoria  y multicultural, pero contaminada por el miedo post 11 S que impone policías, scanners e interminables revisaciones para entrar a cada atracción turística. Una ciudad que palpita entre el ritmo cosmopolita de sus habitantes y el manto de sospecha que algunos colocan sobre lo que consideran “extranjero”, aunque el calificativo sea inseparable de su esencia.

Conservar esa identidad diversa en la era Trump parece ser el desafío. A medida que se acercaba la fecha de la inauguración, las consignas se multiplicaban: NOT MY PRESIDENT, decían los pins que vendían dos neoyorkinos indignados frente a la Trump Tower; FIGHT TRUMP EVERYDAY[ii] exhortaba un corazón pintado con tiza en una esquina de Bleecker Street; ERES BIENVENIDO AQUÍ, recibía un gran cartel en español a los visitantes del Highline  –moderno y chic paseo al aire libre- cuyo texto abogaba por la diversidad y manifestaba preocupación “por las palabras y acciones maliciosas que estamos presenciando en todo el país”.

En cada esquina brotaba una protesta, pero si hubo un evento que despabiló a la ciudad cosmopolita, libertaria y plural  fue la Marcha de las Mujeres del 21 de enero, cuya principal convocatoria fue en Washington, pero que se replicó en distintas ciudades del país. En New York la marcha comenzaría a las 11 en Dag Hammarskjold Plaza, a pasos de la sede de la ONU, se dirigiría  a la calle 42,´para luego doblar por la 5ta Avenida hasta llegar a la Trump Tower. 

El dilema familiar se planteó temprano: ¿continuábamos con nuestro plan de visitas a las atracciones  o nos sumábamos a la marcha?.  Decidí dejar que mi cónyuge e hijos enfilaran hacia los sitios turísticos,  y seguí desde el hotel a la tupida multitud de mujeres con gorros rosados que avanzaba por las calles.
 
Nasty women




Son las 11 y no cabe un alfiler en la plaza. Tal vez sea simbólico que estemos enfrente de la ONU: inmigrantes de todas las latitudes se suman al reclamo de las mujeres. La convocatoria realizada por Women’s March  es amplia e incluye, además de derechos de las mujeres, los de personas con discapacidad, inmigrantes, minorías, trabajadores y la protección del medioambiente.

La marcha abarca gente de distintas edades, etnias, religiones y orientación sexual, que porta pancartas con diferentes consignas.  Cada cartel es una declaración de principios, una forma de expresión, la presencia de la palabra. Los hay más o menos modestos, ingeniosos, humorísticos, feroces, sutiles, soeces. Siempre creativos, siempre artesanales.

 NASTY WOMAN[iii] es una de las expresiones más recurrentes. La frase hace referencia a un insulto que profirió en la campaña Donald Trump a Hillary Clinton a falta de mejores argumentos. Las mujeres resignificaron el insulto y lo convirtieron en una bandera. Todas somos nasty women.

La otra palabra que ganó los carteles fue “pussy” en su significado más coloquial: concha. Otra referencia a palabras de Trump, que en un audio de 2005 difundido durante la campaña fanfarroneaba frente a un periodista: "«Cuando eres una estrella, te permiten hacer lo que quieras.  Agarrarlas por la concha (grab their pussy)». La expresión causó repudio generalizado, resucitó una ola acusaciones por acoso sexual contra el magnate,  y fue la gota que rebalsó el vaso para las organizaciones que venían observando la actitud de desprecio por las mujeres del candidato.


Durante la campaña, Trump había descalificado a Megyn Kelly, moderadora del primer debate republicano, con una grosera referencia a su ciclo menstrual:   "le salía sangre de su… donde sea". En el segundo debate embistió contra Carly Fiorina, única candidata mujer por su partido: “Mira esa cara ¿puede alguien votar por eso?”, le espetó. Durante los años en que fue propietario del concurso Miss Universo –del que tuvo que alejarse luego de sus declaraciones xenófobas-, presionaba a la ex ganadora del certamen Alicia Machado para que bajara de peso llamándola “Miss Piggy”. Gordas, feas, perras, cerdas son algunas de las palabras que fue sembrando en su participación en los medios.  

La misoginia llevó a las mujeres a convocar a una marcha de repudio un día después de su asunción. Pero más allá de sus declaraciones, las promesas de Trump auguran un retroceso en los derechos ganados por las mujeres durante de décadas de lucha. WOMEN’S RIGHTS ARE HUMAN RIGHTS (Los derechos de las mujeres son derechos humanos)[iv], recordaban las pancartas durante la marcha.

La designación de jueces conservadores en la Corte Suprema de Justicia podría dar marcha atrás con el histórico fallo Roe vs. Wade, que en 1973 reconoció el derecho al aborto. Trump también afirmó durante la campaña que restringiría el programa Planned Parenthood[v] si continuaban realizándose abortos en sus instalaciones. Se trata de una red nacional de clínicas de salud femenina y planificación familiar que ofrece a poblaciones vulnerables -además de abortos legales que son un ínfimo porcentaje-,  exámenes ginecológicos y tratamientos para enfermedades de transmisión sexual. La restricción presupuestaria afectaría gravemente la salud de las mujeres beneficiadas por el programa[vi].

Trump prometió también terminar con el Obamacare, el sistema de salud pública, que, entre otras cosas, abarca la cobertura del control de natalidad.

Tampoco el derecho a la igualdad salarial o los derechos laborales forman parte de las prioridades de Trump, que en algún momento afirmó: “un embarazo es una cosa maravillosa para la mujer y para el marido, pero es un inconveniente para una empresa.”

Todas estas razones hicieron que, como en las épicas marchas de los setenta, las mujeres volvieran a salir a la calle a luchar por sus derechos. Uno de los carteles más celebrados en esta marcha reproducía la frase: I CAN’T BELIEVE I STILL HAVE TO PROTEST THIS SHIT[vii] (No puedo creer que todavía tenga que protestar por esta mierda)

Demasiados problemas para un cartel

Estamos apelmazados pero somos solidarios, sonreímos cuando pisamos a otro, pedimos disculpas por ocupar su espacio vital, avanzamos con cuidado por donde podemos. Pasan las horas, estoy atascada en la plaza Dag Hammarskjold, y me dedico a escudriñar mi limitado horizonte visual.

Un hombre lleva un bebé en una mochila; el bebé queda cada vez más apretado entre la espalda de su padre y la multitud. Llora desconsoladamente, la mamá se para de frente y le canta, trata de armar un micromundo entre tanta gente. Aguantan así durante una media hora hasta que un policía los autoriza a que pasen a través de una valla y se alejen hacia algún lugar más aireado. Detrás de mí hay otros dos bebés en un cochecito doble que custodia su papá, cada uno lleva un cartel: PASEO CON MI PAPA (la nena), IGUALDAD DE DERECHOS PARA MI HERMANA (el nene). Los padres que participan en la marcha se ocupan de los niños, acompañan a las mujeres, muestran que ellos también participan de las tareas de cuidado. 

Los chicos marcan presencia a lo largo de toda la marcha. Más adelante encontraré una nena que lleva un cartel multicolor: I’M INTERESTED IN HUMAN RIGHTS AND I VOTE IN 2028 (Me interesan los derechos humanos y voy a votar en 2028). Un nene de ascendencia oriental cuelga una cartulina con la leyenda: FUTURE AGAINST HATE (El futuro contra el odio). Otra nena sostiene su pancarta con el texto BLACK LIVES MATTER (Las vidas negras importan), emblema del movimiento contra la violencia racial que surgió en 2013 luego del asesinato del joven negro Trayvon Martin en manos de la policía.


Desde mi rinconcito escucho a un grupo de mujeres mayores que rememora las antiguas luchas de los años 70. Una de ellas increpa al policía que contiene a la multitud detrás de un vallado, y le advierte que si no libera la zona, la gente se va a descomponer. Aparece entonces una organizadora con chaleco fosforescente del  lado envidiable de la valla,  y admite que el evento se les fue de las manos, que hay muchísima más gente de la que estaba programada, y que no avanzamos porque todas las calles están saturadas. La gente empieza a corear “que empiece la marcha ya”, pero no hay caso.  

El policía nos explica amablemente que no se puede avanzar, pero autoriza a salir a quienes lo deseen, siempre que caminen en sentido contrario al que debería circular la marcha. Las mujeres mayores se retiran. Quedo apretada contra el vallado, sorprendida por la falta de organización. Espero más de una hora allí hasta que decido salir aunque tenga que retroceder. Inesperadamente termino en una zona destinada a fotógrafos y periodistas, por la que circulo libremente durante más de una hora, hasta que un policía poco simpático me echa por carecer de credencial. Hasta que eso sucede, saco cientos de fotos de las orgullosas portadoras de carteles:

GIRLS JUST WANNA HAVE FUNDAMENTAL RIGHTS[viii] (Las chicas solo quieren derechos fundamentales)

RAISING A SON WHO RESPECTS WOMEN (Criando un hijo que respeta a las mujeres)


I MARCH 4 MY DAUGHTERS (Marcho por mis hijas, dice el cartel que sostiene un hombre negro)

FIGHT BACK (algo así como “Peleala”, junto al dibujo de una mujer de los años 50 sacando músculo)

MI ABUELO HAS DONE MORE FOR THIS COUNTRY THAN TRUMP EVER WILL  (Mi abuelo hizo más por este país de lo que alguna vez hará Trump  – Letras dibujadas sobre una bandera americana) 

LATINA AND PROUD (Latina y orgullosa)

THIS WOMAN’S PLACE IS IN REVOLUTION (El lugar de esta mujer es la revolución)

I AM NO LONGER ACCEPTING THE THINGS I CANNOT CHANGE. I AM CHANGING THE THINGS I CANNOT ACCEPT.  (No acepto más las cosas que no puedo cambiar, cambio las cosas que no puedo aceptar, frase de la famosa feminista afroamericana Angela Davis)


FREE MELANIA (Liberen a Melania)

REAL MEN SHARE POWER (Los hombres verdaderos comparten el poder, sostiene la pancarta de un hombre)

PROUD NASTY MOM MARCHING WITH NASTY DAUGHTER (Madre nasty orgullosa marchando con su nasty hija, el cartel lo sostiene la madre) - MY MOM RAISED A NASTY WOMAN (Mi madre crió una nasty woman, este cartel lo sostiene la hija adolescente que marcha del brazo de la mamá del cartel anterior)

WAKE ME FROM THIS NIGHTMARE (Despiértenme de esta pesadilla, dice el cartel del hombre gay con pussyhat)

TOO MANY PROBLEMS FOR ONLY ONE SIGN (Demasiados problemas para un solo cartel, sintetiza la pancarta de un chico)

A diferencia de nuestras marchas, los carteles son todos diferentes y hay pocas consignas fijas. No hay organizaciones con banderas políticas, sindicales o sociales. No hay bombos, cánticos ni micros escolares. Extraño las melodías y las voces desafinadas que suelen poner ritmo desde los megáfonos. El hambre aprieta y nadie vende choripán, gaseosas o souvenires.  Tampoco encuentro un alma caritativa que me venda el emblema de la marcha: el pussyhat. Muero por calzarme uno.

Gatos y gorros

La palabra pussy que Trump utilizó con tanta liviandad dio lugar al símbolo distintivo de la marcha: el pussyhat. Estos gorros rosados con orejas de gato formaron una marea en la Marcha de Washington. Muchas mujeres y hombres también los llevaron en NYC, aunque en menor número. El Pussyhat Project fue creado por dos emprendedoras californianas: la guionista Krista Suh y la  arquitecta Jayna Zweiman. El proyecto consistía en tejer a mano todos los sombreros rosados que fuera posible como marca de presencia, identidad y lucha.

 Una página de internet facilitaba los moldes con los que se confeccionaron más de sesenta mil sombreros que lucieron las tejedoras o regalaron a quienes asistieran a la marcha.  Durante meses grupos de mujeres se reunieron para tejer como forma de revalorizar el trabajo manual y la solidaridad.

THIS PUSSY EATS RESPECT (Esta pussy se alimenta con respeto), posa para mi cámara una chica abrigada con su pussyhat rosa bebé.

El Pussy Hat recicla dos elementos relacionados con las mujeres y muchas veces menospreciados: el tejido y el color rosa, que se convierten en símbolo de fuerza. Pero el concepto que subyace detrás de los gorros y de la tácita empatía que reina en la marcha es el de sisterhood, hermandad o sororidad. Mujeres que se unen, que se ayudan y comprenden, que luchan juntas por sus derechos.
Sigo buscando un pussyhat para lucir en la marcha. La consigna es que sea artesanal y gratuito, así que nadie se anima a lucrar con él.  Nadie los vende.

Atardece. Llevo más de seis horas inmersa en la marcha, estoy hambrienta y tengo frío. Desvío por una calle lateral para volver al hotel. Dos chicas extienden unos cartones en una vereda solitaria. Se inclinan sobre el suelo y dibujan sus consignas con marcadores rosados y violetas.  Un hombre les toma fotos, pero a ellas no les importa: están muy concentradas en la pintura de los carteles.

 A pocos metros de donde pintan, sobre la 5ta Avenida, la marcha es ruidosa y colorida, como si corriera una primavera a destiempo entre tanto gris invernal. La avenida es un río de aguas rosadas que fluye entre el cemento. Pero aquí, a  pocos metros, donde las chicas pintan sus carteles, queda el gris del invierno. Les pido prestado un marcador para improvisar mi propio cartel. Atravieso la marcha de regreso al hotel y levanto con orgullo mi pancarta:  #NiUnaMenos.











[i]  Inauguration day es el término que utilizan los estadounidenses para el día de la asunción del mando
[ii] “Lucha contra Trump todos los días”
[iii] “Mujer horrible”
[iv] “Women’s rights are human rights”
[vi] Apenas dos días después de la marcha, Trump firmó una orden ejecutiva restringiendo los fondos estatales a organizaciones que realizaran abortos, entre ellas, Planned Parenthood.
[vii] “No puedo creer que todavía deba protestar por esta mierda”. Esta consigna también fue utilizada en las marchas Black Lives Matter en 2013 y en la huelga del Lunes Negro en Polonia, en octubre de 2016.
[viii] Las chicas solo quieren derechos fundamentales – juego de palabras con el título de la canción  Las chicas solo quieren divertirse (Girls just wanna have fun) hit de Cindy Lauper en los años 80

domingo, 4 de junio de 2017

Historias desobedientes en la marcha #NiUnaMenos

Texto y fotos: Silvina Quintans


A las cuatro de la tarde la esquina de Rivadavia y Entre Rios hierve de consignas, cintas violetas, cantos, bombos, carteles pintados de #NiUnaMenos. Una nena intenta pegar un dibujo sobre la reja del Congreso, un viejito solitario se para sobre un balde con un cartel en nombre de los jubilados, una chica enarbola el reclamo por la lucha de las mujeres kurdas, las Mumalá avanzan con sus ramilletes de globos negros.

En el tumulto un grupo minúsculo de mujeres levanta su cartel.

HISTORIAS DESOBEDIENTES
30 Mil motivos
HIJAS E HIJOS DE GENOCIDAS
Por la memoria, la verdad y la justicia

Seis mujeres al borde del llanto, temblorosas pero firmes, se plantan en la esquina. La gente no tarda en reaccionar: las rodean, les preguntan, las abrazan. La historia tomó fuerza hace un par de semanas,  cuando Mariana D.,  hija del represor Miguel Etchecolatz, concedió una extensa entrevista a la Revista Anfibia en la que contaba que había decidido cambiar su apellido porque, según sus palabras, “nada emparenta mi ser a este genocida”.

A la historia de Mariana siguieron las de otras hijas de represores de la última dictadura cívico militar.  Analía Kalinec es la hija de Eduardo Emilio Kalinec, juzgado por participar en interrogatorios y tormentos en los centros clandestinos de detención El Atlético, Banco y El Olimpo. “Es muy duro saber que mi papá empuñaba una picana con las mismas manos con las que me tocaba. Y que la misma voz que me sigue diciendo que me quiere es la que dio orden de muerte y de tortura. ¿Cómo puedo hacer para unir en la misma persona a mi papá y al Doctor K?”, se preguntaba Analía en una carta.

Erika Lederer  es hija del segundo jefe de la maternidad clandestina del Hospital Militar de Campo de Mayo, y también rescató su historia: “recuerdo el no poder hablar, los golpes, la vergüenza, los textos prohibidos, las películas vedadas y, principalmente, lo mal fundado de los argumentos por los cuales habría uno de creer que su visión de la historia era la correcta. Creo que todo ello fue deslegitimando la figura paterna y me permitió interpelarlo e interpelarme”, relataba en un reportaje.

Ayer en la marcha, Erika lucía emocionada y decidida. Era la primera aparición pública de un grupo que va sumando voces a través de una página de Facebook: Historias Desobedientes y con faltas de ortografía. Erika nos cuenta que es muy difícil romper el pacto de silencio que reina en las familias, hasta ahora son apenas seis las mujeres que desandan su historia para compartirla,  y según anticipa se acaban de sumar dos más.

Estas son las mujeres que hoy, 3 de junio de 2017, levantan su bandera en la esquina del Congreso. Estos son los motivos por los que, según declaran en su página de Facebook, se unieron a la marcha:  “nuestros cuerpos fueron ayer y hoy presa del terror y las violencias, por las mujeres que dan el primer paso en las luchas, por las que no están, por todas las que queremos estar vivas y vivir tranquilas en una sociedad libre, las Hijas de Genocidas nos unimos mañana a la Marcha por #NiUnaMenos. #VivasNosQueremos. #MemoriaVerdadyJusticia”

Si pudiera llevarme una postal de la marcha de ayer contra la violencia de género, llevaría la imagen de estas mujeres, y el momento inolvidable en el que una multitud se paró frente a ellas y las aplaudió sin pausa durante varios minutos.


“Gracias por apoyarnos –dijo una con lágrimas en los ojos- no es sencillo para nosotras y necesitamos este abrazo”.  La marcha suma voces desobedientes, valientes y necesarias.


jueves, 20 de octubre de 2016

Miércoles negro

Texto, foto y audio: Silvina Quintans




No pasa muy seguido que una se sienta parte de la Historia (así, escrita con mayúscula). Pero ayer las personas que participamos de la marcha convocada por NiUnaMenos sentimos que atesorábamos un pedacito de historia. 

La Historia a veces viene envuelta en algún hecho cotidiano y otras en un evento extraordinario. A veces no sabemos reconocerla, nos pasa por al lado, y recién la vemos a través de los ojos del tiempo. Pero en días como el de ayer la miramos de frente y nos sentimos protagonistas.  Fueron miles los paraguas que desafiaron la lluvia y desfilaron desde el Obelisco hasta Plaza de Mayo al grito de Ni una menos /  Vivas nos queremos. Fuimos miles las mujeres que por primera vez nos sentimos parte de la Historia, así, con mayúsculas. 

Alguna vez les contaremos esta historia a  nuestros nietos y nietas. Tal vez empecemos a contarla así:
Y llegaron bajo la lluvia. Las mujeres de caras talladas, las chicas de pelos de colores, las de  raros peinados nuevos, las de carteles, las de banderas, las que cantaban, las que gritaban, las que marchaban en silencio.
Y llegaron bajo la lluvia. Las estudiantes, las docentes, las sindicalistas, las amas de casa, las  hijas, las madres, las abuelas.  

Y había que verlas. Llegaban por las avenidas, por las calles, por debajo de la tierra. Llegaban en columnas, en pequeños grupos o en solitario. Caminaban a paso firme, se deslizaban sobre sillas de ruedas o empujaban cochecitos de bebé. Enarbolaban banderas, levantaban consignas, marchaban en silencio. Todas bajo la misma lluvia.

NO NACI MUJER PARA MORIR POR SERLO

DISCULPE LAS MOLESTIAS, PERO NOS ESTÁN MATANDO

ES MAS FACIL EDUCAR A UNA MUJER FUERTE QUE REPARAR A UNA MUJER ROTA

MUJER BONITA ES LA QUE LUCHA

Estas son algunas de las consignas que resistían bajo el agua.



Fue una marcha ruidosa y silenciosa al mismo tiempo. Por momentos afloraba un sonido ululante, como aquel que hacíamos de chicas cuando jugábamos a los indios.  Un grito que nos hacía sentir parte de una identidad ancestral. 

Y también llegaron ellos, vestidos de negro, acompañando cada paso.

Cada tanto se intercalaba algún vendedor ambulante que ofrecía chipás, paraguas o pilotos negros reforzados. Pero la estrella de la tarde fue el ingenioso comerciante que ofrecía su mercadería al  grito de “La lluvia es machista, combátala con un piloto”. 

Caminé sola y en silencio durante dos horas.  La lluvia sumaba brillo a las cosas, creaba una cierta épica. Durante largo rato marché cerca de un hombre que filmaba con su celular haciendo amplios paneos debajo de un paraguas. Pensé que filmaría para algún medio, pero después me di cuenta de que estaba con su esposa y sus hijos. La mujer llevaba un bebé en una mochila y una nena de la mano. El bebé y la nena iban muy emponchados,  pegados a la mujer que los protegía  con un paraguas. El hombre iba unos pasos adelante concentrado en conseguir una buena filmación. Cada tanto le sacaba una foto a la mujer que hacía equilibrio entre el bebé, la nena, el paraguas y la cartera. 

Ayer fue un día histórico, pero la historia no cambia en un día.

Tendremos que marchar muchas veces para que el muchacho de la filmación –de intenciones nobles, sin dudas-  guarde la cámara en el bolsillo, camine a la par de su esposa y le tienda la mano a su hija.  

Tendremos que parar muchas veces más para que se termine la trata de personas, para que se nos pague lo mismo por igual tarea, para que se repartan de manera equitativa las tareas domésticas y de cuidado, para que nadie se sienta con derecho a decirnos una grosería o a tocarnos sin nuestro permiso, para que se respete nuestra voz sin descalificarnos.

Y tendremos que marchar muchas veces más para que no haya crímenes atroces como el  de Lucía Pérez, Alicia Muñiz, María Soledad Morales, Adriana y Cecilia Barreda, Carolina Aló, Natalia Melman, Liliana Tallarico, Fabiana Gandiaga, María Marta García Belsunce, Paulina Lebbos, Nora Dalmaso, Houria Moumni, Cassandre Bouvier, Rosana Galliano, Wanda Taddei, Angeles Rawson, Melina Romero,  Lola Chomnalez, Daiana García, Andrea Castana, Gabriela Parra, Chiara Páez, Candela Rodríguez, Marina Menegazzo y María José Coni, y tantas otras vidas robadas.

Habrá que seguir marchando, pero no dejemos pasar esta oportunidad de construir una sociedad más justa. Como dice la canción de la inolvidable Aretha Franklin: todo lo que pedimos es respeto.


Clickear para escuchar audio de columna Miércoles Negro por Radio Continental

domingo, 16 de octubre de 2016

Sumate al Club de las Madres Imperfectas

Texto: Silvina Quintans



Foto tomada de la página http://clubdemalasmadres.com/

Para escuchar la columna en Radio Continental sobre Madres Imperfectas hacer click en Columna Madres Imperfectas

Hace un par de semanas una modelo relató ante las cámaras de televisión que tuvo a su hijo de más de 4 kilos después de 36 horas de trabajo de parto sin anestesia:  “Fue como un parto animal, me puse de cuclillas, buscando la posición más cómoda”.  Envidio su entereza mientras recuerdo mis propios partos y cómo le rogaba al médico que me pusieran la anestesia ante los embates de las contracciones.  Me pregunto: ¿seré una mala madre?

Para estas fechas asedian las fotos de mujeres espléndidas  junto a sus hij@s  también impecables.  Un mundo sin ojeras, iluminado como una estampita, donde relucen  ambientes en colores pastel, ropas vaporosas y sonrisas blanqueadas bajo una catarata de títulos:

SER MADRE ENCENDIO MI PASION,  . 

SER MADRE ME HACE SENTIR UNA MUJER COMPLETA

DESDE QUE NACE UN HIJO TU VIDA YA NO ES MÁS TUYA

TRATO DE CONFIAR EN MI INSTINTO Y NO GUIARME POR LOS MANDATOS

CUANDO ESTOY CON MI BEBÉ SOY UN NIÑO MÁS

ME LEVANTO Y ME ACUESTO PENSANDO EN MI HIJA

JAMAS IMAGINE QUE IBA A AFLORAR EN MI SEMEJANTE INSTINTO ANIMAL

Me atraganto con todos estos títulos mientras intento que mi hijo adolescente enhebre una oración con sujeto y predicado, y amenazo al preadolescente con tirar el celular a la basura si lo sorprendo frente a la pantalla un minuto más. La casa está desordenada, la luz es penumbrosa, mi pelo está erizado por la humedad y mis cuerdas vocales empiezan a emitir reclamos cada vez más agudos. Me convierto en una aterradora versión de Doña Florinda.

Madraza, leona, madre osa, supermami, heroína. Desde siempre hemos escuchado que las madres tenemos poderes especiales, instintos, perspicacia, una habilidad única para hacer muchas cosas a la vez, y una sabiduría ancestral para consolar a un bebé que llora, fabricar un disfraz con dos harapos, detectar cualquier peligro que aceche a nuestros polluelos, cocinar sabores imbatibles  y librar a la familia de la pátina de tierra sobre los muebles.

Me siento juzgada  por las páginas de la revista. Mamás siempre dispuestas, preocupadas hasta la obsesión  por la alimentación sana de sus hijos, por el rendimiento académico, por los logros deportivos, por sus méritos artísticos.  Mamás que nunca levantan la voz, que viven en un permanente éxtasis maternal, incansables, bonitas, perfectas.

¿Seré una mala madre? ¿Existe ese estado de felicidad permanente? ¿Por qué me siento culpable cuando pongo límites y también cuando no los pongo? Me pregunto todas estas cosas, mientras la televisión me recuerda que debo desinfectar mi casa, porque las bacterias acechan y, como bien sabemos, “las mamás pasamos el 99,9% del tiempo 
pensando en nuestros hijos”.

Mamás políticamente perfectas

La perfección maternal  tampoco afloja a la hora de las urnas. La maternidad es también un arma política en Estados Unidos. Michelle Obama,  abogada que dejó de lado su profesión para ocupar el lugar de primera dama,  se autodefinió como “mom in chief” (mamá en jefe).  Manifestó que aunque trabajó durante muchos años, su prioridad siempre fue  la educación de sus hijas. “Cuando pienso en los temas que enfrenta nuestra nación –declaró-, pienso en lo que significan para mis hijas”.

Michelle se diferencia así de  la ex primera dama demócrata y primera candidata mujer a la presidencia Hillary Clinton, muy criticada porque en 1992 espetó a un periodista una frase que hizo historia: “Supongo que podría haberme quedado en casa a hornear galletas y tomar el té, pero lo que decidí fue desarrollar mi profesión”.  Su frase no cayó bien entre las amas de casa y abrió una brecha entre las “working moms” (madres que trabajan) y las “at home moms” (madres que se quedan en casa).

En los 90 aparecieron las “soccer moms”, madres futboleras que viven pendientes de las actividades de sus hijos y conducen largos kilómetros para llevarlos a los partidos,   y las “hockey moms”, del mismo estilo, pero en versión hockey sobre hielo.

La ex gobernadora republicana de Alaska Sarah Palin, madre de cinco hijos,  ha esgrimido como argumento de campaña su condición de “hockey mom”. “¿Saben cuál es la diferencia entre un pitbull y una hockey mom? – preguntó alguna vez- El lápiz labial”. La hockey mom es multitasking, sabia y dura para soportar la adversidad.

Sarah Palin y Michelle Obama militan en veredas opuestas en  política, ideología y  modo de vida. Sin embargo, ambas suscriben a una suerte de hipermaternidad que ha dado en llamarse el “New Momism”[i] .  Esta tendencia abarca tanto a madres trabajadoras como a aquellas profesionales que aspiran al ideal de la madre perfecta y deciden dejar sus carreras para dedicarse a la crianza de sus hijos.

En 2005 la autora Katherine Ellison publicó un libro que se convirtió en best seller:  The Mommy Brain (El cerebro de la mamá), allí sostiene que las mujeres son más inteligentes después de tener hijos. Según este libro, las maternidad hace que las mujeres se tornen más perceptivas, eficientes, resilientes, motivadas  y emocionalmente inteligentes.

La enumeración de virtudes me exaspera. Me topo entonces con “The Mommy Myth” (El mito de las mamás), un libro escrito por las Dras.  Susan Douglas and Meredith Michaels que me devuelve el alma al cuerpo. Las profesionales convocan a redefinir la función materna en terminos más realistas. Afirman que la maternidad es la asignatura pendiente del movimiento de mujeres.

En una entrevista con la cadena CBS, Douglas define el “New Momism” en estos  términos: “Es el mito romántico de la madre perfecta. Es un papel que ninguna mujer podrá alcanzar jamás. Su lista de cosas para hacer incluye: insuflar  a Mozart hacia su útero, utilizar tarjetas de álgebra con su hijo de seis meses, enseñar a su hijo de tres años a leer a James Joyce, manejar cinco horas hasta un partido de futbol, y además lucir sexy y feliz todo el tiempo”[ii]

El problema que no tiene nombre

Una mañana de abril de 1959,  cuatro mujeres conversaban en un café de los suburbios prósperos de Nueva York.  Una de ellas, madre de cuatro hijos, hablaba de “el problema”, un problema que no tenía nombre,  que apenas podía definir, pero que todas conocían bien. En aquella sociedad próspera de posguerra en la que las amas de casa tenían garantizada una vida de tranquilidad y confort, ellas sentían un malestar, un vacío que no podían expresar. Tenían todo aquello a lo que se suponía debían aspirar: una casa en los suburbios, hijos, electrodomésticos. Pero nada de eso les alcanzaba.

Esa conversación pescada al azar sobre “el problema que no tiene nombre”, sobre aquella insatisfacción de las amas de casa desesperadas,  inspiró “La mistica de la feminidad”,  un libro escrito por la activista estadounidense Betty Friedan, que ganó el Pulitzer en 1964 y marcó a varias generaciones.

Al final de la Segunda Guerra Mundial,  las mujeres, que habían salido a ocupar los puestos laborales de los hombres,  fueron incentivadas a retornar a la  vida hogareña.  Era indispensable elevar el índice de natalidad y que los hombres retomaran sus empleos.  Asentadas las conquistas de generaciones anteriores, como el derecho al voto o a la educación, las mujeres quedaron anestesiadas entre  las paredes del hogar, enredadas en una maraña de tareas domésticas.

Betty Friedan identificó las raíces del malestar de la vida hogareña en una mística de lo femenino que se difundía a través de la educación, la publicidad y los medios de comunicación. Una mujer que desde la infancia había sido criada, educada y preparada para casarse, tener hijos, cuidarlos y mantener la estabilidad emocional en el hogar. Debía, además, apuntalar la carrera profesional de su marido, porque –se sabe- detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer.

No puedo dejar de pensar en Betty Draper, la esposa del protagonista de la serie Mad Men, siempre insatisfecha con su vida confortable y vacía, o en April Wheeler, la protagonista del libro  Revolutionary Road de Robert Yates –en el cine protagonizada por Kate Winslet y Leonardo di Caprio-, que se ahoga en las angustias de una vida sin sentido.

Friedan aspiraba a que las mujeres salieran de sus casas y buscaran la realización como profesionales. Pero no pudo prever la conflictiva convivencia que enfrentarían la maternidad y el trabajo. Ganamos el derecho al sustento y a la realización personal, pero eso no nos liberó del mandato del hogar. La doble carga lejos de liberar, acentuó la exigencia.

 Han pasado más de cincuenta años desde la publicación del ensayo de Betty Friedan que daba por tierra con la idea de perfección de la vida doméstica. La escritora hablaba de una profesionalización del ama de casa, a la que se le ofrecían cada día productos más específicos para que sintiera que su tarea requería cierta habilidad.

Me explico entonces el desconcierto que me asalta cada vez que recorro las góndolas del supermercado. Nada cambió desde los tiempos de Betty  Friedan y me asaltan varias preguntas existenciales: ¿llevo el desengrasante líquido,  en crema o en polvo?, ¿qué diferencia hay entre el limpiador para cocina, para baño o para dormitorio?,  ¿Es necesario que compre tres tipos distintos de productos para el piso: cerámica, mate o plastificados?.
La publicidad promete que contaré con la ayuda de un tipo musculoso para las arduas tareas de limpieza, pero en la práctica lo único que brilla es su ausencia. Me ilusiono con las virtudes de las amas de casa de los comerciales: mamás que  saben pasar el trapo hasta que todo brilla, eliminar los gérmenes, elegir el pañal perfecto, borrar las pisadas del perro, dejar todo listo para que el marido y los hijos jueguen en el suelo sin temor a ensuciarse.

Cuando pensábamos que Susanita finalmente había sucumbido a la rebeldía de Mafalda, allí están los medios y la publicidad para recordarnos nuestra extraordinaria capacidad innata para los quehaceres del hogar.

Clubes de madres desesperadas

A toda mujer le gustaría gozar del éxito profesional, ser una buena amiga, una novia amorosa, tener las manos hechas, el pelo humectado y ser madre.  Pero esta ambición desmedida puede liquidarte,

Así se presentaba en 2012 la página de Según Roxi[iii], serie on line que contaba las desventuras de Roxi, mamá de Clarita, que –como muchas madres- lidia con  la fauna de la puerta de la escuela, tiene una casa desordenada, un auto rociado con galletas, juguetes y bebidas, y un trabajo que le cuesta conciliar con sus demás obligaciones.

La serie desmitifica la maternidad y toma con humor las exigencias desmedidas. Tuvo tanto éxito que se convirtió en libro, obra de teatro y adaptó su formato a la televisión.
Según Roxi es el reflejo de la necesidad de muchas madres de despojarse del estigma de la madre perfecta, habilidosa, instintiva, infalible e incondicional que ahoga desde otros medios de comunicación.

 En Estados Unidos, el blog Her Bad Mother estuvo entre los 25 más influyentes de 2012 según la revista TIME. [iv]. Otro gran éxito es el libro Scary Mommy, que figura entre la lista de los más vendidos de The New York Times, con una página muy consultada en internet. [v]

“Yo era mejor madre antes de ser madre”, clama una de las participantes de la página española Club de Malasmadres[vi], que recoge experiencias, errores y secretos de madres hartas de tanta perfección, con una cuidada estética basada en antiguas fotografías. “Venimos a reivindicar que seguimos siendo mujeres y no somos perfectas, ni superwomans, y que, además, no nos conviene nada tener superpoderes”, dice al diario El País de España Laura Baena, creadora de la página, y agrega: “Queremos ser madres y también mujeres. Estamos hartas de que nos etiqueten como progenitoras. Independientemente de tu manera de criar a tu hijo, lo que nos une es el sentimiento de culpa que nos acecha, la búsqueda de nuestro espacio, la lucha diaria por seguir siendo nosotras mismas, por no perder esos intereses que nos movían antes de ser madre y, sobre todo, por encima de todo, el sentido del humor y la autocrítica”.

Tengo muy asumido que estoy del lado de las malasmadres, muy lejos de las madres perfectas. No tengo superpoderes, ni un instinto especial. No pienso el 99.9 % del tiempo en mis hijos, como exige una publicidad de desinfectante. Tampoco soy buena cocinera, no limpio el baño hasta sacarle brillo, no sé coser dobladillos ni forrar cuadernos. A veces me olvido de comprar el regalito para que lleven al cumpleaños y no tengo idea de cuáles son los temas que entran para la próxima prueba. Pero sigo sintiendo que, a pesar de todas mis falencias, los quiero con toda el alma, me alegra verlos contentos y me desgarra verlos sufrir.

Termino de ordenar la casa y depongo la batalla con mis hijos. Descubro que mientras escribía, uno de ellos estiró su cama y ordenó la montaña de papeles. El más chico se despereza y se acerca para darme un abrazo.

Antes de cerrar la computadora, anoto una frase de Roxi: “La maternidad es un trabajo que nadie sabe cómo hacer, pero todos tienen una opinión para dar y algo para criticar. #quiéntepreguntó.”